ANÁLISIS
Pete Hegseth (BBC)
Estados Unidos se alista para la guerra que viene
Washington no está intentando solamente anticipar cuáles serán las armas de las próximas décadas. También está comenzando a transformar la organización que deberá desarrollarlas, incorporarlas, modificarlas y, llegado el momento, reemplazarlas mientras combate.
El Pentágono acaba de poner en marcha una iniciativa tan ambiciosa como reveladora sobre la manera en que Estados Unidos comienza a prepararse para las guerras del futuro. Se llama Proyecto Meridian y tendrá apenas 120 días para intentar responder una pregunta enorme: ¿cómo se combatirá durante las próximas décadas?
Impulsado por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, Meridian deberá anticipar las tecnologías y capacidades que podrían transformar el campo de batalla, identificar vulnerabilidades estadounidenses y proponer soluciones concretas. Su horizonte será extraordinariamente amplio: desde el dominio subterráneo hasta el espacio cislunar, entre la Tierra y la Luna. El informe final, acompañado por un anexo clasificado, deberá estar listo a fines de enero de 2027.
Entre sus principales figuras estarán Elon Musk; Palmer Luckey, fundador de la empresa de tecnología militar Anduril; y el ex presidente de la Cámara de Representantes Newt Gingrich. A ellos se sumarán especialistas provenientes de la industria tecnológica, la academia, las políticas públicas y la seguridad nacional.
La presencia de Musk y Luckey abre inevitables interrogantes sobre potenciales conflictos de interés, considerando los contratos que sus empresas hoy mantienen con el Departamento de Defensa. Pero también reconoce una realidad: buena parte de las tecnologías que están transformando la guerra se desarrolla fuera de las estructuras tradicionales del Pentágono y a una velocidad que sus procedimientos convencionales de adquisición tienen dificultades para seguir. Y allí comienza la parte más interesante.
Más allá de Meridian
Meridian es solamente una pieza dentro de una transformación mucho mayor. Junto con él aparece el Proyecto Agincourt, destinado a experimentar con una nueva manera de desarrollar, adquirir y desplegar sistemas autónomos y robóticos. Su propósito es acercar a quienes combaten, quienes desarrollan las tecnologías y quienes las producen, reduciendo el tiempo entre la aparición de una necesidad operacional y la llegada de una solución al campo de batalla.
El nombre no es casual. En Agincourt, en 1415, los arqueros ingleses y galeses armados con sus arcos largos desempeñaron un papel decisivo frente a un ejército francés numéricamente superior. La lección, sin embargo, no fue simplemente la victoria de una nueva tecnología sobre otra. Tecnología, organización, entrenamiento, terreno y táctica se combinaron de una manera diferente.
Más de seis siglos después, el desafío vuelve a ser sorprendentemente parecido.
Agincourt servirá además como transición hacia una iniciativa todavía más trascendente: el Autonomous Warfare Command, AutoWarCom, un nuevo mando militar de cuatro estrellas especializado en guerra autónoma, robótica y sistemas no tripulados. Su puesta en marcha está prevista para octubre de 2027 y requerirá la participación del Congreso.
La secuencia resume la magnitud del cambio: Meridian piensa la guerra futura, Agincourt acelera la experimentación y adquisición de nuevas capacidades, y AutoWarCom las institucionaliza.
No se trata, por tanto, simplemente de comprar más drones. Estados Unidos comienza a modificar estructuras, procedimientos, presupuestos y carreras profesionales para unas Fuerzas Armadas en las que los sistemas autónomos dejarán progresivamente de ser capacidades complementarias para transformarse en una dimensión permanente de las operaciones.
Las lecciones de Ucrania
Pero existe una tentación frente a estos anuncios, que es imaginar una revolución tecnológica que volverá obsoletas las formas anteriores de combatir. Y eso es un error, porque la guerra de Ucrania está demostrando precisamente lo contrario.
En un mismo campo de batalla conviven drones FPV y artillería; inteligencia artificial e infantería; imágenes satelitales y trincheras; guerra electrónica y campos minados; vehículos no tripulados y tanques; drones guiados mediante fibra óptica y fortificaciones que soldados de generaciones anteriores reconocerían inmediatamente.
De esta forma, la transformación militar del siglo XXI parece producirse menos mediante la sustitución de lo antiguo por lo nuevo que mediante su superposición.
Pero Ucrania está mostrando algo más: ninguna ventaja tecnológica permanece demasiado tiempo sin respuesta. Primero, aparece un nuevo dron y surge una contramedida. Luego, la contramedida obliga a modificar el dron. Entonces, el adversario vuelve a responder y el ciclo comienza nuevamente.
En esas condiciones, la innovación ya no puede producirse solamente antes de una guerra, sino que debe continuar durante ella.
Esta puede ser una de las grandes lecciones que Estados Unidos está extrayendo de Ucrania. Una capacidad militar decisiva del futuro no será únicamente disponer de la tecnología más avanzada, sino aprender, producir y adaptarse más rápido que el adversario. Y eso supone un desafío formidable para unas estructuras de adquisición diseñadas durante décadas para desarrollar sistemas que podían tardar años en llegar a las fuerzas.
Ahí reside probablemente la verdadera importancia de Meridian, Agincourt y AutoWarCom. Washington no está intentando solamente anticipar cuáles serán las armas de las próximas décadas. También está comenzando a transformar la organización que deberá desarrollarlas, incorporarlas, modificarlas y, llegado el momento, reemplazarlas mientras combate.
Existe, finalmente, una paradoja. Mientras el Pentágono intenta imaginar el campo de batalla de 2030, 2040 o 2050, algunas de las respuestas aparecen diariamente a miles de kilómetros de Washington. Porque Ucrania no nos está mostrando exactamente cómo será la próxima guerra, sino algo quizás más importante: que la guerra del futuro contendrá, simultáneamente, mucho del pasado y mucho del futuro.
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