Opinión
Sebastián Beltrán Gaete/AgenciaUno
La Confech y la superioridad a patadas
Las inminentes elecciones de la UC ofrecen una oportunidad para que los dialogantes avancen. También en la Chile y las demás universidades hay que disputar la representación a quienes toleran la intimidación. La superioridad universitaria debe probarse escuchando al adversario, no pateándolo.
Les tiraron bencina y aguarrás. Los golpearon, escupieron. Los atacaron con palos y gas pimienta. Una alumna del movimiento Solidaridad fue filmada mientras la pateaban inmisericordes, una y otra vez. Una decena de alumnos tuvo que recibir atención sanitaria tras los ataques; cuatro fueron derivados al hospital. No hubo intercambio de argumentos. Hubo cuerpos obligados a retroceder ante la fuerza.
No conviene borrar la asimetría llamando “enfrentamiento” a un encuentro desigual. Unos manifestaban simplemente una posición; otros procuraron impedirla a golpes. La diferencia no es de intensidad, sino de naturaleza. Discrepar no equivale a agredir. La presencia del adversario no constituye una provocación que autorice a castigarlo.
La Confech reúne federaciones universitarias: la presunta flor y nata de nuestro sistema educativo. Si quienes han recibido mayores oportunidades de formación sustituyen las razones por patadas, ¿qué están aprendiendo?
Allí donde una multitud presuntamente educada se arroga el derecho de expulsar al discrepante, deja de actuar como comunidad universitaria y adopta la conducta de una horda.
El fenómeno sorprende poco. En junio, estudiantes de Solidaridad UC ya habían sufrido agresiones al manifestarse contra otro paro. La reiteración enseña una lección funesta: disentir puede costar una golpiza. Llevamos demasiado tiempo discutiendo si destruir, quemar o agredir merece indulgencia cuando se invoca una causa noble. La impunidad se aprende; la coartada también.
Hay además una pedagogía de la soberbia. Max Weber impugnó a los “profetas de cátedra”: el profesor no debe aprovechar su posición para imponer convicciones. El académico que prefiere la admiración del principiante al examen del contradictor no forma personas libres: recluta seguidores. Halaga la juventud para gobernarla. El discípulo obtiene una identidad; el maestro efebofílico, una pequeña feligresía.
Centenares de Jacksons necesitan decenas de Atrias. Se retroalimentan jóvenes seguros de su superioridad y tutores dispuestos a trazar la frontera entre puros e impuros. He criticado en Atria la descalificación del escéptico como “inaceptable” (véase aquí: Razón bruta revolucionaria, p. 30). No les atribuyo los golpes; cuestiono la educación política que convierte el desacuerdo en falta moral. Si el otro encarna el mal, escucharlo huele a traición y excluirlo comienza a parecer un deber.
El ego que se proclama emancipado puede acabar arrodillado ante su propia doctrina. Denuncia el egoísmo ajeno mientras exige reconocimiento incondicional para sí. Ama a la humanidad, pero no soporta al ser humano que tiene delante. La violencia revela entonces una incapacidad para convivir con lo que no se domina.
¿Qué tiene que decir Laura Mlynarz, líder de la Confech, sobre los hechos? ¿tiene algo que decir? Tal vez los valide en su foro interno. ¿No corre por ella, en última instancia, una pulsión leninista, declarada públicamente por el partido en el que milita?
Una agresión colectiva no es jamás accidental. Si convocar no equivale a golpear, obliga, empero, a no encubrir. La Confech debe decidir si representa a quienes discuten o concede a los violentos un veto sobre todos los demás.
La política consiste en construir un ámbito común donde quepan iguales y distintos. Esa apertura manda impedir que alguien imponga su verdad a golpes. ¿Buscan los agresores provocar represalias? Cualquiera sea su intención, responder con otra pandilla consumaría su triunfo: la discusión terminaría reemplazada por la fuerza.
No hace falta inventar un pasado inocente para recuperar una tradición mejor: la Chile de Rolando Mellafe, Carla Cordua y Juan Gómez Millas; la Católica del padre Alberto Hurtado, Mario Góngora y Eduardo Frei Montalva. Laicos y socialcristianos enseñaron a pensar el país más allá de la tribu. Las inminentes elecciones de la UC ofrecen una oportunidad para que los dialogantes avancen. También en la Chile y las demás universidades hay que disputar la representación a quienes toleran la intimidación. La superioridad universitaria debe probarse escuchando al adversario, no pateándolo.
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