Opinión
Archivo (AgenciaUno)
A propósito del empleo: la vacante que nunca existió
La estadística registra al desempleado cuando el problema ya ocurrió. La decisión económica que contribuyó a producirlo pudo tomarse meses antes, dentro de una empresa que decidió no expandirse, no invertir o no contratar.
Chile discute cuántos empleos puede crear el plan de emergencia, pero la pregunta más incómoda está antes: por qué dejaron de aparecer las vacantes. Despidos, menor contratación e informalización pueden terminar en las mismas cifras, aunque describen crisis distintas. Sin distinguirlas, también podemos equivocarnos de remedio.
Entre mayo y julio de 2026, la ocupación en Chile prácticamente no varió: cayó apenas 0,2% en doce meses. Sin embargo, el número de desempleados aumentó 10,4%. Los cesantes crecieron 9,4% y quienes buscaban trabajo por primera vez lo hicieron en 20,9%. El deterioro fue particularmente visible en el empleo asalariado formal, que disminuyó 2,4%, al mismo tiempo que aumentaba la ocupación informal.
La paradoja es reveladora: la crisis laboral es evidente, pero el mecanismo que la está produciendo lo es bastante menos.
Una persona puede estar desempleada porque perdió su trabajo o porque lleva meses intentando conseguir el primero. En un caso aumentan las entradas al desempleo; en el otro disminuyen las salidas desde él. La tasa de desocupación reúne ambos movimientos bajo un mismo número, aunque detrás de ellos operen mecanismos diferentes. Antes de discutir cómo crear empleo, por tanto, convendría establecer qué está ocurriendo: cuánto estamos destruyendo y cuánto hemos dejado de crear.
La diferencia importa especialmente entre los jóvenes. Quien lleva años dentro de una empresa posee experiencia, conocimiento específico y una relación laboral que puede resultar costoso destruir. Quien intenta ingresar depende de una decisión previa: que alguien abra una vacante. Si las empresas enfrentan condiciones adversas reduciendo primero las contrataciones, el ajuste recae sobre quienes todavía no tienen un empleo que perder.
Este problema queda oscurecido cuando la discusión salta demasiado rápido desde el desempleo hacia su explicación favorita. David Bravo ha enfatizado los mayores costos de contratación y las regulaciones laborales. El mecanismo es plausible: cuando contratar se encarece, algunas relaciones laborales dejan de resultar rentables. Pero la existencia de un mecanismo no establece su magnitud causal.
El propio Bravo ofrece un buen criterio para advertirlo cuando señala que no todos los trabajadores subsidiados representan empleos adicionales, porque algunos habrían sido contratados de todas maneras. La observación es correcta y debería aplicarse simétricamente: si necesitamos un contrafactual para demostrar cuántos empleos produjo un subsidio, también lo necesitamos para establecer cuántos destruyó una determinada regulación. Que dos acontecimientos coincidan en el tiempo no resuelve el problema.
Soledad Hormazábal plantea que subsidios e inversión pública pueden contribuir, pero no bastan, y que Chile necesita recuperar crecimiento y conseguir que ese crecimiento vuelva a “rendir” más en empleo. Benjamín Villena introduce otra precisión: no toda inversión posee la misma intensidad laboral y un plan de emergencia no puede explicar por sí solo una reducción sustancial del desempleo.
Ambas observaciones son razonables, pero desplazan la pregunta sin resolverla. Decir que Chile necesita crecer explica poco si no sabemos por qué el crecimiento estaría generando menos contratación. El PIB no contrata personas; las contratan empresas. Y una empresa contrata cuando sus ventas, productividad y posibilidades de expansión justifican incorporar otro trabajador.
El Banco Central ha evitado hasta ahora escoger una explicación única. Su diagnóstico combina factores persistentes y cíclicos, entre ellos costos laborales, automatización y debilidad de la demanda. Es una cautela saludable. Una empresa puede dejar de contratar porque vende menos; otra, porque aumentó el costo esperado de una nueva relación laboral; otra, porque sustituye una tarea mediante tecnología; otra, porque podría expandirse, pero no consigue financiamiento. El resultado observable puede ser el mismo: una vacante que no aparece.
Chile Despega reconoce implícitamente esa multiplicidad. El plan combina inversión pública, subsidios a la contratación, liquidez para empresas y garantías de Fogape. Los instrumentos actúan sobre restricciones distintas, lo que hace todavía más necesario evitar que sus efectos terminen resumidos prematuramente en una sola cifra.
Una obra adelantada puede generar hoy un empleo que habría aparecido meses después; un subsidio puede producir una contratación adicional o financiar una que habría ocurrido igualmente; una garantía puede facilitar una expansión, pero también evitar un despido. Crear, preservar y adelantar empleo son cosas diferentes. Por eso los más de 100 mil puestos anunciados necesitan una contabilidad causal: cuántos no habrían existido sin el programa, cuántos corresponden a empleos preservados, cuántos fueron adelantados y cuántos persistirán cuando termine el apoyo.
La misma cautela vale para una eventual recuperación durante 2027. Si vuelven a crecer la actividad y la inversión y disminuye el desempleo, no toda esa caída podrá atribuirse a Chile Despega. Pero tampoco bastará con afirmar que “volvió el crecimiento”. Habrá que observar qué empresas crecieron y cuánto contrataron.
Allí aparece el problema que la discusión sobre los 100 mil empleos deja pendiente. Entre crecimiento y contratación existe una estructura productiva. Una economía puede expandirse mediante actividades intensivas en capital, automatización o empresas con pocos encadenamientos internos y generar relativamente poco empleo. Otra puede convertir una expansión semejante en nuevas empresas, proveedores y puestos de trabajo.
La cuestión laboral termina siendo, entonces, también una cuestión empresarial. Importa saber por qué algunas firmas productivas logran invertir, financiarse, integrarse a redes de proveedores y crecer, mientras otras permanecen pequeñas; por qué determinadas empresas transforman productividad en escala y otras no. Si las empresas no escalan, tampoco aparecen las vacantes que deberían acompañar el crecimiento.
Para los jóvenes, además, esa ausencia puede dejar efectos persistentes. Un año sin ingresar al mercado laboral no representa solamente doce meses sin salario: significa menos experiencia, aprendizaje y redes laborales. Si esa pérdida disminuye posteriormente las probabilidades de contratación, una dificultad inicialmente coyuntural comienza a modificar la trayectoria laboral futura.
Por eso contar empleos no basta. Necesitamos saber cuántas personas pasan efectivamente del desempleo al empleo formal, cuánto demora esa transición, cuántas obtienen su primera experiencia laboral y cuántas permanecen trabajando después de terminado el apoyo. Sobre todo, necesitamos distinguir una crisis de despidos de una crisis de contratación.
La estadística registra al desempleado cuando el problema ya ocurrió. La decisión económica que contribuyó a producirlo pudo tomarse meses antes, dentro de una empresa que decidió no expandirse, no invertir o no contratar. Ese trabajador nunca fue despedido porque nunca tuvo un empleo que perder. No apareció en una nómina; quedó esperando una puerta que no se abrió.
Antes de contar cuántos empleos promete crear Chile, necesitamos saber por qué dejó de crear la vacante que debía existir.
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