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Sin participación no hay democracia Opinión

Sin participación no hay democracia

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Teresa Velastín Bastías
Por : Teresa Velastín Bastías Especialista en temas de Participación Social y Ciudadanía
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Votar es un derecho. Participar es ejercer la democracia.


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Una reciente encuesta de Fundación Nodo XXI entrega un dato que debería abrir una discusión mucho más profunda: cerca de un 38% de las personas consultadas reconoce arrepentirse de su voto de diciembre. Una parte importante, además, señala que tomó esa decisión desinformada.

Más allá de las preferencias políticas, hay una pregunta que debiera incomodarnos: ¿cuánto participamos realmente en las decisiones que determinan nuestro futuro?

Porque votar no es lo mismo que participar.

El voto es una de las expresiones más importantes de la democracia, pero es solo una parte de ella. Participar significa informarse, preguntar, debatir, contrastar opiniones, organizarse, deliberar y tener la posibilidad de construir una posición propia antes de tomar una decisión.

Por eso la información es una herramienta esencial de la participación. Una persona informada puede elegir A o B, puede equivocarse y posteriormente cambiar de opinión. Eso es parte de la democracia.

El problema aparece cuando las personas no cuentan con las herramientas necesarias para informarse o cuando aquello que reciben como información es, en realidad, propaganda, desinformación o contenido manipulado.

El descubrimiento y debate en torno a las granjas de bots (programa que hace tareas automáticas en Internet imitando las acciones humanas) vuelve este problema todavía más evidente. Si una parte de la conversación pública puede ser artificialmente construida, amplificada o manipulada, entonces la participación democrática también puede serlo.

Y eso es peligroso.

Porque una democracia no se sostiene solamente sobre ciudadanos que votan cada cuatro años. Se sostiene sobre personas que participan permanentemente de la vida pública.

Por eso resulta tan preocupante el debilitamiento de la educación cívica, del pensamiento crítico y de los espacios de deliberación pública. No necesitamos que todos sean filósofos, abogados o magísteres. Necesitamos ciudadanos capaces de distinguir un hecho de una opinión, reconocer una manipulación, contrastar fuentes y participar con conocimiento.

La participación tampoco puede reducirse a la actividad de una junta de vecinos, por legítima e importante que esta sea. Participar democráticamente es mucho más que reunirse para resolver un problema puntual del barrio. Es discutir qué sociedad queremos, qué modelo de desarrollo defendemos, qué derechos queremos garantizar y qué responsabilidades estamos dispuestos a asumir colectivamente.

Eso también ocurre en los partidos políticos.

Cuando el Partido Socialista convoca a sus bases a preguntarse qué significa ser socialista en el siglo XXI, considerando que el mundo del trabajo y las relaciones sociales han cambiado, está generando participación política. 

La participación política no es una molestia para la democracia. Es la democracia funcionando.

No es casualidad que los países de la OCDE hayan desarrollado mecanismos para promoverla. No es un acto de buena voluntad ni una moda institucional. Es entender que las democracias necesitan ciudadanos activos y no solamente electores.

Pero para participar hay que tener dónde hacerlo y con qué herramientas. Y ahí Chile tiene una deuda importante.

Cuando la información queda sometida principalmente a las lógicas comerciales, al rating, a la publicidad y a algoritmos que premian la emocionalidad por sobre la reflexión, la capacidad de deliberación ciudadana se debilita.

Cuando no existen suficientes espacios plurales para informarse y discutir, la participación disminuye.

Y cuando disminuye la participación, la democracia comienza a vaciarse.

Por eso el 38% de arrepentimiento que muestra esta encuesta no debería ser utilizado para burlarse de quienes hoy cuestionan su decisión. Debería ser una señal de alerta.

Porque, tal vez, las personas no hayan cambiado de opinión sino que no tuvieron suficientes oportunidades para participar, deliberar e informarse antes de tomarla.

El arrepentimiento es parte de la libertad. Cambiar de opinión también.

Lo que no podemos normalizar es una democracia donde las personas sean convocadas a votar, pero no necesariamente a participar; donde tengan una papeleta en la mano, pero carezcan de las herramientas para comprender las decisiones que están tomando.

Una democracia sin participación se convierte en una democracia de espectadores. Y una sociedad de espectadores es terreno fértil para la manipulación.

La democracia no se apaga solamente cuando alguien deja de votar. También se apaga cuando dejamos de informarnos, dejamos de discutir, dejamos de organizarnos y dejamos que otros hablen y decidan por nosotros.

Votar es un derecho. Participar es ejercer la democracia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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