Opinión
Costa central de Chile desde el espacio (imagen: NASA)
La lucha por la hegemonía global y su impacto en Chile
Otro futuro es posible, pero para aportar con eficiencia a una salida civilizada, debemos construir una mirada nacional común, que no soslaye las diferencias, pero ponga el quehacer de las elites en su responsabilidad de conducir al país hacia un mundo mejor.
Es un consenso analítico que el sistema de poder que imperó desde el fin de la Segunda Guerra Mundial está agotado. En especial, la variante post muro de Berlín, que se caracterizó por el predominio unipolar de los Estados Unidos de América.
El ascenso de la República Popular China (RPCH) en todos los planos socava el unipolarismo. Obviamente esto es un proceso, pues Washington DC (WDC) conserva un predominio de poder militar muy superior al de sus competidores. En el aspecto estratégico, su principal rival no es China, sino una Federación Rusa que se ha recuperado y que mantiene un potencial nuclear de proporciones.
Otra cosa es en el ámbito económico, comercial y tecnológico, donde la RPCH se ha transformado en una de las naciones más dinámicas en materia de producción de manufacturas y su consecuente exportación que hoy inundan buena parte del mercado global. Asimismo, ha construido una red de comercio (La Ruta de la Seda) que une carreteras, puertos y ferrocarriles a lo largo de decenas de países, en especial en Eurasia y África, pero América Latina no se exceptúa de este proceso.
Esta recomposición de hegemonía global… ¿cuánto durará? ¿Cómo afectará a Chile? ¿Debemos construir una alianza con alguna de estas potencias? A menudo, la comentocracia nacional asume estas interrogantes, pero muchas veces con fuertes remanentes de auto referencia y buenas dosis de provincianismo, cuando no de coyuntura, o peor aún, interpretando el proceso con ópticas ideológicas.
Una transición que durará más allá del corto plazo
La RPCH trabaja con una planificación y se ha propuesto desde hace años, alcanzar para el 2049 una condición que -en sus palabras- permita garantizar que todas las naciones del mundo convivan en paz y cooperación. Visualiza un orden multipolar.
Ese será un año simbólico para esa fecha: se cumplirán los 100 años de fundación de la RPCH, lo que expresa el fin del “siglo de la humillación” que caracterizó el período previo, cuando fueron invadidos por la casi totalidad de las potencias occidentales, que le impusieron gravosas condiciones. De esa fecha al presente, especialmente en las últimas décadas, el despegue de China ha sido ascendente. Ojo: no es la única nación asiática que ha despegado. Agreguemos a la India, el Japón (que venía de antes) y Corea del Sur. Emergiendo se encuentran Indonesia y Vietnam, por nombrar los más significativos. En términos demográficos y en volumen de PIB, todos ellos suman buena parte de la economía mundial.
¿Alguien puede asegurar dónde estarán las potencias occidentales el 2049, especialmente Estados Unidos y Europa? Reconozcamos que hay un grado mayor de incertidumbre. Un ejemplo son las próximas elecciones parlamentarias en EEUU, que pueden implicar cambios de rumbo y de estilo, pero no tenemos certeza de su profundidad ni su dirección. Si no podemos tener una clara prospectiva del futuro inmediato de los EEUU, ¿podemos elaborar una proyección de aquí al 2049?
Lo que sí podemos observar es que las potencias están haciendo jugadas fuertes, empezando por el recurso de la guerra para defender sus intereses. Un sexenio atrás no teníamos las guerras de Ucrania y Medio Oriente. Hoy son parte de la cotidianeidad y lo único que podemos constatar es que las grandes potencias hasta la fecha no se han enfrentado entre sí directamente, ni tampoco han recurrido a su armamento nuclear.
También podemos observar cosas que pocos años atrás consideraríamos inverosímiles: que los EEUU se distanciaran de Canadá o que abandonaran parcialmente a sus aliados europeos. Hoy sabemos que America First no era sólo un slogan electoral o económico. Para sus aliados de antaño, estos movimientos de la Casa Blanca son como los casos de infidelidad en una pareja, rompen confianzas.
Pocos días atrás las tropas estadounidenses abandonaron Irak, donde permanecieron más de 20 años, y su salida deja un saldo similar al de Libia o Afganistán: regiones devastadas no solo económicamente, sino en medio de profundas crisis de todo tipo. Si miramos desde el largo plazo, los EEUU han sido derrotados desde Vietnam en adelante, excepción hecha de las invasiones a la isla de Granada y Panamá, en la década de los ’80 del siglo pasado. De una manera más silenciosa, los EEUU pareciera que dan por perdida su influencia en África, donde en los últimos años las potencias europeas retroceden en todos los frentes.
A cambio, los últimos hechos son demostrativos de que la Casa Blanca quiere fortalecer su hegemonía en el continente americano o el “Hemisferio Occidental”, como le llaman. La Estrategia de Seguridad Nacional se materializó a pocos días de iniciado el 2026 con la “extracción” de Maduro, en el marco de lo que hoy conocemos como “Escudo de las Américas”.
Resumiendo, se están produciendo grandes cambios en el escenario global, cuyo epicentro es la geopolítica de las principales potencias y todo indica que ese mar de cambios e incertidumbres durará mucho tiempo, más allá de los cuatro años de un gobierno, según nuestro orden constitucional.
Por tanto, enfrentar el nuevo escenario obliga a mirar a largo plazo, aplicar el realismo, definir los objetivos que necesitamos alcanzar en este período histórico que se avecina. Por cierto, no sirve mirar este panorama con visiones de corto plazo, coyunturales, ideológicas, o peor aún, con actitudes de barra brava.
Chile y su futuro
El subtítulo no es casual. Este proceso de cambios globales lo podemos mirar desde la trinchera política o ideológica de un sector de nuestra nación. También lo podemos hacer tratando de construir una mirada común que busque incrementar la cohesión nacional, requisito indispensable para movilizar a todos los recursos del país.
No es una tarea fácil, qué decir. Tampoco es novedosa: a inicios del siglo XX Chile tenía un futuro prometedor. Gracias a la riqueza económica que proporcionaba el salitre teníamos una institucionalidad arriba de la media en nuestro continente y los ferrocarriles recorrían buena parte del territorio, uniendo población y conectando nuestra producción con nuestros puertos. En esos años Chile disponía de un poderío naval que se ubicaba entre los principales del planeta y un Ejército que se profesionalizaba y modernizaba aceleradamente. Como se ha señalado tantas veces, pocos dudaban que en el siglo XX, Chile iba a ser un país desarrollado.
Pero también era una época en que los imperios coloniales francés y británico advertían el desafío de una Alemania industrializada, mientras en el extremo Oriente Japón buscaba materias primas para su economía y desarrollaba un gran poder naval que derrotó a la Rusia zarista en 1905. Mientras, los EEUU privilegiaban el control del Caribe, desalojando al imperio español de Cuba y Puerto Rico, y se abocaba a su gigantesco mercado interno con millones de inmigrantes. En Rusia, en esos años, la dinastía de los Romanov vivía su etapa terminal.
En síntesis, era una época en que asomaban los signos del choque entre potencias. Así ocurrió: tras las guerras mundiales, Europa perdió su hegemonía y el colonialismo inició su fin. EEUU abandonó su aislacionismo y la Unión Soviética se erigió como su rival a nivel global. Se instaló la Guerra Fría.
¿Los grandes cambios globales implican necesariamente grandes conflagraciones? Esa ha sido la tendencia hasta ahora, exceptuando, el fin de la Guerra Fría.
Existe otro escenario -quizás me deje guiar por mis preferencias más que por el realismo- y es que todas las potencias alcancen un acuerdo de convivencia pacífica que permita salvar los peligros de todo tipo que hoy amenazan al planeta.
Otro futuro es posible, pero para aportar con eficiencia a una salida civilizada, debemos construir una mirada nacional común, que no soslaye las diferencias, pero ponga el quehacer de las elites en su responsabilidad de conducir al país hacia un mundo mejor. Eso requiere construir alianzas, en especial con quienes compartimos los mismos desafíos, maniobrar en términos políticos y estratégicos, reforzar el potencial nacional, como lo soñaron los libertadores hace más de 200 años.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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