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El futuro de la relación chileno–boliviana Opinión La Paz (DW)

El futuro de la relación chileno–boliviana

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Richard Kouyoumdjian Inglis
Por : Richard Kouyoumdjian Inglis Vicepresidente ejecutivo de AthenaLab.
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Bolivia necesita de Chile para su desarrollo, tanto como Chile necesita de Bolivia para que el norte no pierda dinamismo y sea más de lo que el negocio minero actualmente genera.


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Está considerado que el presidente Kast viaje a Bolivia la semana que viene. A objeto de preparar esa visita vendría a Chile esta semana el canciller boliviano, Héctor Huanca. Evidentemente, la visita está programada desde hace un buen tiempo, pero todo indica que el caso de las maderas impregnadas o contaminadas enreda la relación en un minuto poco apropiado.

Si esta fuera la relación con otro país quizás la cosa sería menos complicada, pero considerando la carga histórica que tiene la relación chileno–boliviana, las cosas no son tan simples y se pueden desordenar en un abrir y cerrar de ojos. Esto va más allá de la afinidad política que puedan tener los presidentes. Esta es la realidad de una relación que siempre ha sido compleja y que lo seguirá siendo mientras no tengan acceso al mar.

La relación con Bolivia está regulada por el tratado de Paz y Amistad del 20 de octubre de 1904. Para todos los efectos Bolivia se salió de la guerra del Pacífico a fines del 1880, firmando recién en el 1884 el pacto de tregua, también conocido como Tratado de Valparaíso. Tuvieron que pasar 20 años más para firmar la paz.

En 1964 el padre del actual presidente cortó relaciones, siendo estas restablecidas por Hugo Banzer en 1975. Desde 1978 que tenemos sólo relaciones consulares, situación que se generó por el fracaso de las tratativas de la época para darles una salida al mar, una que fue impedida por el gobierno peruano de entonces, país que propuso una solución que no era viable para Chile. En los casi 50 años transcurridos desde entonces hemos pasado por épocas buenas y otras menos positivas.

Independiente del hecho de que la política boliviana hace uso del tema de la salida al mar, la realidad indica que ambos países tienen una relación económica que funciona, que está regulada por el tratado de 1904, con niveles de interdependencia cruzada propia de dos países vecinos, interdependencia que se ve aumentada por el hecho de que Bolivia depende de Chile para su salida al mar, generando la actividad económica boliviana una dependencia del norte de Chile que de no existir, afectaría seriamente la realidad chilena del norte.

Hay quienes sólo ven la relación con Bolivia en términos de una relación fronteriza, de una frontera que en tiempos recientes sólo ha sido fuente de problemas de inmigración ilegal, contrabando y narcotráfico, lo cual es correcto, pero ello deja de lado toda la potencialidad económica que la relación entre ambos países puede lograr. Bolivia necesita de Chile para su desarrollo, tanto como Chile necesita de Bolivia para que el norte no pierda dinamismo y sea más de lo que el negocio minero actualmente genera. Es hora de mirar a Bolivia como algo más que una fuente de problemas.

El caso de las maderas impregnadas o contaminadas con droga es un ejemplo de los problemas con los que tenemos que lidiar, que son propios de los tiempos modernos y algo para lo cual el Tratado de 1904 no necesariamente está preparado. La realidad indica que el negocio del narcotráfico va a operar con más fuerza en el sur del Perú y en Bolivia, ello conforme los esfuerzos del A3C tengan éxito en la parte norte de Suramérica. Los puertos chilenos, las hidrovías argentinas y los ríos amazónicos son las vías de salida naturales para la droga que se pueda eventualmente producir en los lugares antes nombrados, y que ya fueron usados con ese propósito en el pasado.

El tema es que Chile tiene que estar preparado para ello. Las relaciones con un país como Bolivia no sólo son responsabilidad de la Cancillería, sino también del Ministerio Público, las policías y los tribunales. Si es que se determina que el tratado que regula nuestras relaciones no es capaz de ofrecer seguridad de que los puertos chilenos no serán mal usados para negocios ilícitos, entonces tenemos que hacer los ajustes correspondientes. Un mal uso afecta a ambos.

Lo que no puede suceder es lo que nos pasó con las llamadas narcomaderas. Al parecer apresuradamente se anunció un multimillonario decomiso, el que podría ser menos de lo anunciado, pero que producto de un manejo poco apropiado y prolijo por parte de autoridades chilenas ha dado la posibilidad de que el caso sea objetado por autoridades y empresas bolivianas, generándose la posibilidad de que a futuro sea preferible que la revisión de casos como este no se realice en Chile, sino en el destino, lo que hablaría mal de ambos países, Chile y Bolivia, por incapacidad de dar seguridad.

Por de pronto, este caso tiene el potencial de enredar la visita del presidente José Antonio Kast, quien junto al presidente Rodrigo Paz buscan dejar el pasado en el pasado, restablecer relaciones diplomáticas, maximizar la relación a niveles antes no vistos, y concentrarse en lo que es importante, el bienestar y seguridad de ambos pueblos. Necesitamos hacer que las cosas funcionen bien, de lo contrario sólo el narco se beneficia, mientras pierden chilenos y bolivianos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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