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Frei Montalva: la voz del estadista
Volver a aquel Frei, el estadista, permite reconocer a un Presidente que buscaba la cooperación de Estados Unidos desde una voluntad latinoamericana de democracia, justicia y transformación, y cuya voz conservaba su firmeza precisamente porque sabía desde dónde hablaba y a quiénes debía responder.
Las críticas a las dos declaraciones suscritas por el gobierno de José Antonio Kast con Estados Unidos me llevaron a buscar unas páginas de Eduardo Frei Montalva que, leídas desde las inquietudes del presente, permiten recuperar algo más que una posición diplomática: una manera de entender a Chile, su pertenencia a América Latina y la responsabilidad de un gobernante cuando debe conversar con una potencia cuyos intereses no coinciden necesariamente con los de su país. Afortunadamente, Frei Montalva escribió. Sus convicciones quedaron expuestas al juicio de sus contemporáneos y también al nuestro, de modo que todavía podemos interrogarlas sin depender de los homenajes que, al volver inofensivos a los muertos, suelen borrar las exigencias que dieron sentido a sus vidas.
La primera declaración, sobre minerales críticos y tierras raras, abrió una relación de consultas con Washington en torno a recursos cuya importancia alcanza al desarrollo tecnológico y a la seguridad nacional. Los cuestionamientos apuntaron a la transparencia de lo convenido y a la autonomía de Chile para decidir sobre su patrimonio estratégico. La segunda, el Escudo de las Américas, ha sido presentada como una respuesta al narcotráfico y al crimen organizado, aunque su contenido se extiende a la cooperación económica, los mecanismos de control de inversiones, las cadenas de suministro de minerales críticos, la infraestructura digital y la coordinación multilateral. Por eso la controversia excede la utilidad del intercambio policial: concierne al lugar que Chile ocupará dentro de una arquitectura impulsada por Estados Unidos y a la deliberación que decisiones de esa magnitud requieren.
En ese contexto, Eduardo Frei Ruiz-Tagle respaldó la adhesión y afirmó que “Chile no puede quedarse al margen”. No voy a comentar sus declaraciones, prefiero mil veces traer al presente las opinions de Frei Montalva, el estadista.
En abril de 1967, siendo Presidente de la República, publicó en Foreign Affairs “La Alianza que perdió el rumbo”. La fuerza de aquel ensayo proviene de una convicción que atraviesa sus páginas: la cooperación continental debía servir a una transformación democrática de América Latina y su valor no podía medirse solamente por los recursos entregados ni por la continuidad de los mecanismos creados para distribuirlos. Frei había creído en la Alianza para el Progreso y había reconocido en Kennedy la capacidad de comprender una aspiración latinoamericana. Esa confianza lo obligaba a examinar con severidad lo que estaba ocurriendo.
Desde el comienzo defendía una revolución al servicio de las ideas democráticas y de los intereses de la mayoría, destinada a producir cambios sustanciales en las estructuras políticas, sociales y económicas de la región. Agregaba dos exigencias que impedían convertir esa formulación en una promesa ceremonial: los cambios debían realizarse con rapidez y su responsabilidad correspondía a la sociedad entera, más allá de un grupo de dirigentes o de una élite tecnocrática. La Revolución en Libertad encontraba allí su dimensión continental. Para Frei, las injusticias acumuladas exigían una transformación cuya profundidad debía ir acompañada por la participación popular y la preservación de la democracia.
Su vocación latinoamericanista nacía de esa comprensión de nuestros pueblos. América Latina poseía necesidades, fuerzas sociales y aspiraciones propias; podía concebir su futuro y buscar cooperación para realizarlo. Por eso recordaba que la Alianza había sido, en su origen, una concepción latinoamericana que Kennedy comprendió y respaldó. El orden de esa relación importaba: el continente aportaba una voluntad de cambio, y Estados Unidos podía contribuir a ella. La iniciativa política latinoamericana era parte constitutiva de la alianza, no un detalle que pudiera olvidarse una vez asegurado el financiamiento.
Frei situaba, además, sus raíces en partidos no marxistas, desvinculados de las oligarquías y enfrentados a la derecha tradicional latinoamericana. Su pensamiento tenía adversarios reconocibles y una orientación social definida. Denunciaba la convergencia de sectores reaccionarios y de la extrema izquierda para impedir las reformas, aunque sus razones fueran diferentes: unos defendían los intereses establecidos; otros descalificaban la Alianza como instrumento del imperialismo. Los pueblos terminaban pagando el precio de aquel bloqueo.
Desde esas convicciones formulaba las preguntas con que juzgaba los resultados: ¿se había preservado la democracia?, ¿se habían realizado transformaciones sustanciales? Su respuesta era negativa. Reconocía los avances en educación, salud y desarrollo, pero observaba que podían haberse obtenido mediante asistencia financiera sin cumplir el propósito fundamental del proyecto. Menos de la mitad de los países latinoamericanos habían iniciado reformas agrarias serias, los cambios tributarios profundos eran todavía más escasos y el número de regímenes genuinamente democráticos había disminuido. El progreso económico, advertía, no bastaba para asegurar sociedades libres.
La crítica alcanzaba también a los gobiernos latinoamericanos que negociaban más ayuda mientras evitaban modificar sus estructuras internas. Se comprometían a realizar reformas y luego permitían que quedaran en letra muerta o fueran utilizadas en beneficio de quienes ya detentaban el poder. Frei denunciaba asimismo que la asistencia entregada a dictaduras se contabilizara como ayuda de la Alianza. Los dólares conservaban su valor financiero mientras desaparecía el sentido político de una empresa que debía fortalecer la democracia.
Pero el reproche más profundo concernía a los ausentes. El pueblo agradecía la asistencia sin sentirse parte del proyecto, porque sindicatos, federaciones estudiantiles, organizaciones campesinas y cooperativas permanecían fuera de las instituciones que lo conducían. Frei exigía incorporarlos: una transformación destinada a construir una sociedad igualitaria necesitaba el compromiso de la comunidad. Su latinoamericanismo tenía rostros, organizaciones y demandas; encontraba en ellos la razón de la cooperación internacional.
Ese es el pensamiento que conviene traer a la discusión chilena. Frente a declaraciones que abarcan seguridad, inversiones, tecnologías y minerales estratégicos, corresponde preguntar qué proyecto nacional las orienta, qué capacidad de decisión preservamos y cómo contribuirán a un desarrollo del que participe nuestra sociedad. En el horizonte de Frei, esas preguntas expresaban las convicciones necesarias para dar dirección a una alianza.
Afortunadamente dejó su impronta. Lo demás se lo lleva el viento. Volver a aquel Frei, el estadista, permite reconocer a un Presidente que buscaba la cooperación de Estados Unidos desde una voluntad latinoamericana de democracia, justicia y transformación, y cuya voz conservaba su firmeza precisamente porque sabía desde dónde hablaba y a quiénes debía responder.
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