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Inteligencia Artificial: ¿Y el futuro de Chile dónde está? Opinión

Inteligencia Artificial: ¿Y el futuro de Chile dónde está?

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Genaro Cuadros Ibañez
Por : Genaro Cuadros Ibañez Arquitecto Urbanista, utopialab.ai
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Nunca tuvimos instrumentos tan potentes para imaginar escenarios, y nunca fue tan visible que la dirección no la fijan los instrumentos, sino quienes los gobiernan.


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En 1986 —«el año decisivo»— Electrodomésticos convirtió una entrevista a la tarotista de Pinochet, Yolanda Sultana, en un tema clásico del rock nacional. Sobre sintetizadores, un sampleo repetía una pregunta que cuarenta años después sigue sin respuesta: ¿Y el futuro de Chile dónde está?

La tentación es evidente: cambiar la baraja por el modelo de lenguaje y esperar que esta vez el oráculo acierte. Hoy basta escribir la pregunta de Electrodomésticos en una computadora para recibir, en segundos, una respuesta ordenada, con viñetas y tono seguro. Pero esa fluidez puede ser la nueva versión del trance de la tarotista: una caja negra, una voz convincente que nos devuelve pulidas nuestras propias ansiedades.

El riesgo no es que la inteligencia artificial se equivoque sobre el futuro. Es que la usemos para evadir el debate sobre qué futuro deseamos. Un país que delega sus preguntas fundamentales en un artefacto no gana precisión: pierde conversación. La pregunta, entonces, no es si la IA puede decirnos dónde está el futuro de Chile, sino cómo puede ayudarnos a acercarlo.

El debate nacional se hace hoy en medio de una conversación planetaria. En julio, Naciones Unidas reunió en Ginebra el primer Diálogo Global sobre Gobernanza de la Inteligencia Artificial, la primera ocasión en que todos los países se sentaron a la misma mesa para discutir esta tecnología. Días antes, su panel científico independiente había advertido lo que muchos intuyen: la IA avanza más rápido que las reglas que deberían gobernarla.

El debate de fondo no es solo técnico: es también económico, político y social, porque se trata del tipo de desarrollo y del proyecto de país que queremos. Unas pocas empresas y países concentran los modelos, los datos y la capacidad de cómputo, mientras más de 2.200 millones de personas siguen sin acceso al entorno digital. Entre la carrera por liderar y la urgencia de regular, el mundo discute quién decide qué futuro se construye con estas herramientas. Chile, por su parte, tramita desde 2024 un proyecto de ley de IA que aún espera en el Senado.

Esa es la paradoja: nunca tuvimos instrumentos tan potentes para imaginar escenarios, y nunca fue tan visible que la dirección no la fijan los instrumentos, sino quienes los gobiernan.

El científico chileno Francisco Varela, que junto a Humberto Maturana formuló la idea de autopoiesis, propuso más tarde la enacción: conocer no es representar un mundo que ya está ahí, sino hacerlo emerger al actuar en él. Lo hizo también como una crítica lúcida a la idea de la mente como un computador que solo procesa símbolos.

Llevada a la prospectiva, su intuición es radical. El futuro no es un dato escondido que un algoritmo más potente terminará por descubrir. Es algo que emerge de lo que una comunidad percibe, decide y hace. Un modelo de lenguaje calcula probabilidades a partir de lo que ya dijimos; no puede encarnar la experiencia de un país que se pregunta por sí mismo. Pedirle el futuro es, en el fondo, pedirle que nos devuelva nuestro pasado bien ordenado.

Edgar Morin, que murió en mayo pasado a los 104 años, dedicó su obra a advertir que fragmentamos lo que está unido. Separamos la economía del territorio, el agua de la energía, la educación de la salud mental, y luego nos sorprende que los problemas no respeten esas fronteras. Su pensamiento complejo propone aprender a navegar la incertidumbre en lugar de negarla, y asumir que nuestras acciones, una vez lanzadas al mundo, producen efectos que escapan a nuestras intenciones.

Morin nos da también un criterio para usar la IA. Bien empleada, puede ayudarnos a ver las conexiones que la fragmentación oculta: cruzar datos dispersos, simular escenarios de sequía, envejecimiento o transición energética, mostrar efectos que ningún ministerio ve por sí solo. Mal empleada, se convierte en la forma más sofisticada de simplificar: una respuesta única y segura para un problema múltiple e incierto.

Varela y Morin coinciden en lo esencial: el futuro no está escrito en las cartas esperando que alguien lo lea. Así, cuarenta años después, la pregunta de Electrodomésticos no necesita una tarotista más sofisticada. Necesita un país dispuesto a hacerse preguntas en serio y entre todos. La inteligencia artificial puede ayudarnos a ver más lejos y con más detalle, pero no puede elegir por nosotros hacia dónde mirar, ni nos libera de un proceso de elaboración y deliberación pública.

El futuro de Chile no está en la baraja ni en el algoritmo. Está en lo que seamos capaces de hacer emerger juntos. Quedan, entonces, las preguntas que ninguna máquina responderá por nosotros: ¿dónde daremos este debate?, ¿quiénes conducirán esa deliberación?, ¿hacia qué horizonte? Responderlas sigue siendo, afortunadamente, una tarea y un deseo humanos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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