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La conciencia no se delega: Una respuesta desde la Democracia Cristiana Opinión Archivo

La conciencia no se delega: Una respuesta desde la Democracia Cristiana

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Álvaro Ortiz Vera
Por : Álvaro Ortiz Vera Diputado, Presidente de la DC.
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En nuestro trabajo legislativo propiciaremos una regulación de la inteligencia artificial que proteja el trabajo digno, exija que toda decisión que afecte a una persona tenga un responsable humano y resguarde la verdad en la vida democrática, sin frenar la innovación que Chile necesita.


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Está circulando públicamente una interpelación fraterna a nuestro partido en torno a la inteligencia artificial y al lugar que la Democracia Cristiana debe ocupar frente a ella. Esta reflexión nació desde un distinguido camarada, Rodrigo Moraga, quien publicó en este mismo medio el texto denominado: “La conciencia no se delega. Una interpelación fraterna a la Democracia Cristiana”. Mediante estas líneas, quiero hacerme cargo de esa invitación y necesaria deliberación.

Esta interpelación aborda dos cuestiones: lo profundo y urgente del debate y el tono en cómo hacerlo. Debemos asumir esta tarea. Este documento es una reflexión inicial para un debate que, como Presidente Nacional de la Democracia Cristiana, creo que debemos hacer para fijar una posición respecto de miles de cosas que están sucediendo con la Inteligencia Artificial en Chile y en el mundo, y para hacer una propuesta al país.

¿Desde dónde nos situamos ante la IA que cambia el mundo?

Las bases doctrinarias del PDC declaran expresamente su inspiración en la concepción humanista cristiana del hombre y de la sociedad, y su adhesión a la Doctrina Social de la Iglesia. Esa no es una referencia decorativa: es nuestra fuente. Y esa fuente acaba de hablar.

El 15 de mayo de este año, el Papa León XIV promulgó la encíclica Magnifica Humanitas, “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”, a 135 años de Rerum Novarum. El 16 de septiembre pasado, en su Audiencia General, volvió sobre el punto con una frase que debe ordenar nuestro trabajo: corremos el riesgo de acostumbrarnos a “delegar en los algoritmos decisiones que solo competen a la conciencia humana”.

Tenemos que decir que la encíclica no es un documento tecnófobo. Es algo más exigente. Plantea que la primera decisión no es aceptar o rechazar la técnica, sino elegir qué se construye con ella: La primera elección no es entre un sí o un no a la tecnología. Y lo más convocador que plantea esta encíclica es que la manera de enfrentar los desafíos que nos pone la Inteligencia Artificial es el trabajo comunitario. Este no es sólo un punto de vista, es de hecho un método político: el de la Democracia Cristiana. Es el comunitarismo que aprendimos de Jacques Maritain y que Eduardo Frei Montalva convirtió en gobierno: promoción popular, cuerpos intermedios, poder repartido.

Recogiendo el llamado que hace el Papa a los actores sociales y políticos, a los católicos y hombres de buena voluntad, afirmamos, sin ambigüedad, que la inteligencia artificial no es para la Democracia Cristiana un asunto sectorial ni un capítulo del programa económico. Es LA cuestión social de nuestro tiempo, y se cruza con lo que ha inspirado nuestra doctrina y nuestro quehacer desde el nacimiento de nuestro partido.

La Inteligencia Artificial ya está en medio nuestro

No estamos ante un debate futurista. Los sistemas algorítmicos ya intervienen en decisiones que afectan la vida concreta de las personas. La Encíclica nombra el problema con una precisión que ningún documento político chileno ha alcanzado todavía. La IA ya está operando en nuestro día a día. Aquí comparto tres cuestiones que permiten dimensionar lo que tenemos enfrente. Veamos:

En primer lugar, la dignidad y la automatización de las decisiones. Aquí la Encíclica es tremendamente clarificadora: “Confiar, en la práctica, a un algoritmo el poder de seleccionar quién es digno y quién no, sin que nadie asuma el peso de la decisión, significa encomendarle la tarea de redefinir los límites de las posibilidades humanas”.

Pido a nuestros militantes y simpatizantes que al leer esta frase pensemos en temas concretos: la IA ya es la forma de priorizar listas de espera en muchos hospitales, puede usarse para evaluar riesgo crediticio, se aplica para filtrar currículos, para la focalización de beneficios sociales, la selección de fiscalizaciones tributarias o laborales, etc. Cuando ninguna persona firma la decisión, entonces nadie responde por ella, y “la injusticia se realiza silenciosamente”.

En segundo lugar, la Encíclica aborda el trabajo, que es el corazón de nuestra doctrina. Nos advierte que la automatización “puede paradójicamente desespecializar a los trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a tareas rígidas y repetitivas”, y que el objetivo de mayores utilidades “no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio”.  Y formula la advertencia que debe ser el eje de nuestro próximo programa: una sociedad con alto desarrollo técnico y desempleo masivo sería “una paradoja de progreso material y regresión antropológica”. Para un partido como el nuestro, que ha sostenido durante décadas que el trabajo es la clave de la cuestión social, esto no admite postergación.

En tercer lugar: la verdad y la democracia. La desinformación no nació con la inteligencia artificial, pero encuentra en ella un multiplicador de potencia. La falsificación audiovisual, la propaganda hiperpersonalizada y las cuentas automatizadas erosionan la deliberación pública. La encíclica es categórica: “el desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo”. La democracia no puede transformarse en una competencia entre máquinas capaces de conocer y explotar los temores de cada elector.

Sin duda, hay otros ámbitos relacionados con esta discusión. Pero aquí hay tres cuestiones primordiales de nuestra convivencia social. De ahí la importancia de asumir con premura y seriedad esta discusión desde la política.

¿Cuál es nuestra posición?

 La Democracia Cristiana no puede apoyar ni el tecnoliberalismo rentista, como tampoco el estatismo de vigilancia.

En el debate chileno actual se perfilan hoy dos lecturas. Un sector mira la inteligencia artificial principalmente como inversión, productividad, eficiencia del Estado y control. La otra la aborda casi exclusivamente desde la propiedad, la desigualdad y la redistribución de su renta. Ambas contienen elementos legítimos. Ninguna llega al fondo, porque el fondo no es quién se queda con la renta del algoritmo: es qué es la persona humana cuando una máquina imita su lenguaje, su juicio, sus afectos y su compañía.

Esa pregunta es nuestra. Y ya estuvimos antes en una encrucijada semejante. Cuando el país parecía obligado a elegir entre la vía marxista y el capitalismo liberal, la Democracia Cristiana no eligió un punto intermedio ni una moderación tibia: propuso un camino propio. La Revolución en Libertad no fue el centro entre dos extremos; fue una tercera afirmación, basada en la filosofía comunitaria, personalista y solidaria, que transformó a Chile.

Hoy la encrucijada es otra, pero la lógica es la misma: ni un tecnoliberalismo rentista que entrega la vida común a plataformas que Chile no controla, ni un estatismo de vigilancia que concentra el poder algorítmico en la burocracia.

Desde la Democracia Cristiana proponemos a nuestros militantes y también a quienes votan por nuestro partido sin militar dos pilares para una agenda política concreta: una inteligencia artificial gobernada democráticamente, y ordenada y subordinada al desarrollo humano integral.

Por eso, quiero invitarlos a dar este paso juntos. Hacia adentro, abriremos en nuestro partido una agenda de trabajo donde cada uno de unos nosotros tenga la posibilidad de hacer su aporte desde su experiencia y así construyamos una posición común, fiel a nuestra doctrina.

En nuestro trabajo legislativo propiciaremos una regulación de la inteligencia artificial que proteja el trabajo digno, exija que toda decisión que afecte a una persona tenga un responsable humano y resguarde la verdad en la vida democrática, sin frenar la innovación que Chile necesita. Hacia la comunidad, abrimos esta conversación a trabajadores, emprendedores, académicos, iglesias, organizaciones sociales y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, porque una tarea comunitaria solo puede hacerse en comunidad.

La Democracia Cristiana nació para poner a la persona en el centro de los cambios de su época; hoy nos toca hacerlo de nuevo. La conciencia no se delega: se ejerce, y la ejerceremos juntos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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