Opinión
La política también se juega bajo la lluvia
Los gobiernos no controlan la naturaleza. Sí pueden decidir cómo se preparan, coordinan y responden.
Nadie elige cuándo ocurre un aluvión, pero los ciudadanos observan quién anticipó los riesgos, coordinó la respuesta y asumió responsabilidades. En esa diferencia se juega la confianza pública.
Las inundaciones que afectan a Santiago vuelven a ponerlo sobre la mesa. Estas crisis pueden ayudar a un gobierno a recuperar adhesión ciudadana o profundizar sus debilidades.
Una catástrofe no necesariamente debilita a un gobierno. Lo que puede hacerlo es la percepción de que el Estado pierde el control. Una emergencia pone a prueba la capacidad institucional, la coordinación política y la comunicación pública.
Chile ofrece ejemplos. Tras el terremoto de febrero de 2010, el 69% de los encuestados por la Universidad del Desarrollo evaluó bien o muy bien la actuación de Sebastián Piñera durante la emergencia. En marzo de 2020, al inicio de la pandemia, su aprobación subió del 12% al 21% en dos semanas, según Cadem, mientras un 43% evaluaba positivamente su gestión sanitaria.
Tras los incendios de California de 2007, más de dos tercios de los encuestados por Gallup aprobaron la actuación del gobierno federal; apenas un 13% la desaprobó. Un estudio publicado en 2025 en el European Journal of Political Economy encontró que la aprobación de ayudas de emergencia por incendios forestales se asociaba con mayor respaldo a Barack Obama.
El contraste es Flint, Estados Unidos. En 2014, un cambio en la fuente de abastecimiento contaminó con plomo el agua potable. Las advertencias de los residentes fueron desatendidas y la respuesta tardía prolongó el daño. La emergencia se convirtió en una crisis de legitimidad.
¿Qué distingue una respuesta que fortalece la adhesión de otra que la erosiona?
Primero, anticipación: infraestructura preventiva, simulacros y alertas comprensibles que activen decisiones oportunas.
Segundo, coordinación política y mando claro. Ministerios, municipios y servicios de emergencia deben compartir información y actuar con prioridades comunes. Las diferencias internas, las vocerías contradictorias y las disputas por responsabilidades proyectan un gobierno incapaz de ordenar su respuesta.
Tercero, comunicación honesta. No se trata de multiplicar puntos de prensa, sino de explicar qué ocurre, qué se sabe y qué debe hacer la población. La ciudadanía tolera la incertidumbre mejor que las contradicciones y promesas incumplidas.
Cuarto, equidad y rendición de cuentas: ayuda para quienes más la necesitan, evaluación pública y compromisos verificables para corregir fallas.
En Santiago, el desafío excede la meteorología. La planificación urbana, la ocupación de zonas de riesgo y la mantención de cauces determinan cuánto daño se convierte en tragedia. Son problemas acumulados, pero el gobierno debe ordenar prioridades y asumir su responsabilidad.
Esta crisis y las que probablemente vendrán abren una oportunidad política para el gobierno, no una garantía de recuperación. Si mejora una coordinación política que hasta ahora ha mostrado debilidades, ordena sus vocerías y comunica con claridad, puede convertir la emergencia en una demostración de capacidad de conducción. Si predominan la descoordinación y los mensajes contradictorios, el costo será mayor.
Los gobiernos no controlan la naturaleza. Sí pueden decidir cómo se preparan, coordinan y responden. Bajo la lluvia, la política deja de ser abstracta: se convierte en una experiencia de protección, abandono o confianza. Y allí también se juega la adhesión ciudadana.
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