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Menos volatilidad y otro sistema de partidos Opinión Archivo

Menos volatilidad y otro sistema de partidos

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Eduardo Saffirio
Por : Eduardo Saffirio Abogado y Cientista Político.
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La fragmentación elevada, la mayor separación ideológica entre polos y la pérdida de centralidad de los partidos estructurantes respaldan la interpretación de un sistema de atomización polarizado.


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La caída de la volatilidad electoral entre 2021 y 2025 es compatible con una estabilización de las nuevas relaciones de competencia, aunque un solo intervalo electoral no permite confirmarla. Esa disminución tampoco significa recuperar el orden de la transición. Los partidos que lo estructuraban perdieron predominio y algunos de quienes los desplazaron consiguieron mantenerse y ampliar sus apoyos. Si el sistema comienza a estabilizarse, lo hace con una distribución del poder distinta.

Durante buena parte de la democracia recuperada, la DC, el PS, el PPD y el PR encabezaron un campo, mientras RN y la UDI organizaron el otro. Ese núcleo articulaba las principales alternativas de gobierno y conducía sus candidaturas presidenciales. En las bases de voto partidario de las elecciones de diputados, los seis partidos reunían aproximadamente 83 % en 2013 y 32,5 % en 2025. Más del 90 % de esa pérdida de cuota ocurrió hasta 2021. La menor volatilidad posterior no les devolvió su posición anterior. Desde 2021 tampoco encabezan las candidaturas que llegan al balotaje. En 2021 concurrieron Boric y Kast; en 2025, Jara y Kast.

A la derecha, la transformación comprende una inversión electoral clara. Republicanos, el Partido Social Cristiano y el Partido Nacional Libertario superaron conjuntamente en votos a RN y la UDI en 2025. El resultado se mantiene bajo distintas delimitaciones del sector. RN y la UDI conservan representación, pero negocian desde una posición debilitada con fuerzas que los superan electoralmente.

Chile Vamos intentó organizar una primaria amplia, pero no consiguió que sus competidores aceptaran ese procedimiento. Los episodios constitucionales de 2023 ya habían mostrado una relación distinta. Chile Vamos conservó capacidad de veto e incidió en algunos acuerdos, mientras Republicanos ocupaba una posición predominante.

Las nuevas derechas tampoco constituyen una organización unificada. El PNL compite con Republicanos desde su flanco y disputa parte de su electorado. La competencia centrífuga ocurre también dentro de los campos políticos, donde las fuerzas necesitan coordinarse y, al mismo tiempo, disputan su conducción. La influencia de los partidos históricos varía según la arena y los acuerdos: conservar capacidad de negociación no equivale a recuperar la conducción perdida.

En la izquierda, el cambio más profundo aparece en la conducción presidencial. El Frente Amplio la alcanzó en 2021. Cuatro años después, el Socialismo Democrático participó en una primaria con el FA y el PC, que ganó Jeannette Jara. La DC no concurrió y la respaldó posteriormente. A diferencia del apoyo a Boric en el balotaje de 2021, los partidos del Socialismo Democrático participaron en la selección de la candidatura común y aceptaron el liderazgo resultante.

El alcance histórico de este cambio se aprecia en la trayectoria del PC. Durante los primeros cuatro gobiernos democráticos permaneció fuera de la coalición gobernante; después se incorporó a una alianza encabezada por los antiguos partidos de la Concertación y, en 2025, encabezó su candidatura presidencial. Ser un partido antiguo y haber estructurado la competencia durante la transición son condiciones diferentes.

Después del enorme retroceso anterior, los partidos estructurantes de la izquierda mantuvieron aproximadamente su cuota electoral conjunta entre 2021 y 2025. Esa continuidad reciente no les permitió recuperar la conducción presidencial. Durante el ciclo estudiado, el FA solo tampoco consiguió superarlos conjuntamente en votos. La comparación cambia al sumar el PC al FA o excluir la DC del grupo histórico.

Por eso, la inversión electoral no es simétrica ni duradera en ambos campos, aunque el cambio de conducción presidencial sea claro en los dos. El liderazgo presidencial debe negociar con organizaciones que conservan representación pese a haber perdido la conducción.

Durante ese mismo intervalo se desplazó hacia la derecha la distribución de los votos partidarios. Al ordenar los partidos en el eje izquierda–derecha y ponderar sus posiciones por los votos obtenidos, la media aumenta en todas las especificaciones examinadas. Esto no demuestra que cada elector se haya vuelto más conservador. Con el voto obligatorio aumentó la participación y cambió la composición del universo votante. Los datos agregados no separan cambios de preferencias e incorporación de personas que antes se abstuvieron. También es posible aumentar los votos absolutos y perder cuota si el conjunto crece más rápidamente.

Ese avance relativo de la derecha no demuestra la consolidación de un nuevo clivaje. Los resultados intermedios varían y corresponden a contiendas diferentes. El voto retrospectivo sobre la gestión del gobierno, el castigo a sus partidos y la competencia centrada en problemas concretos, como seguridad e inmigración, siguen siendo explicaciones alternativas que los datos agregados no permiten separar. Un clivaje supone una división social y política duradera, sostenida por identidades y organizaciones.

El PDG agrega una dimensión antielitista que atraviesa el eje izquierda–derecha. Su crítica a los partidos establecidos convive con propuestas de distinta orientación. Su crecimiento muestra que la recomposición incluye actores cuyo perfil no queda suficientemente explicado por el avance de uno de los bloques. Tampoco permite atribuir una misma motivación a todos sus votantes. En la Cámara, sus escaños pueden resultar decisivos sin asegurar una conducta uniforme.

La recomposición también tiene una dimensión de polarización ideológica. Durante el ciclo 2017–2025 aumenta la distancia entre polos representados, utilizando una delimitación constante. Bajo la codificación principal, que sitúa al PNL más a la derecha que Republicanos, crece además la dispersión ideológica electoral y parlamentaria entre 2021 y 2025.

Al ubicar a ambos en la misma posición, el indicador electoral queda prácticamente estable, mientras el aumento parlamentario se mantiene. El desplazamiento de la media, la distancia entre polos y la dispersión describen aspectos diferentes del cambio. Un sistema polarizado no requiere que todos sus indicadores aumenten en cada elección.

La fragmentación elevada, la mayor separación ideológica entre polos y la pérdida de centralidad de los partidos estructurantes respaldan la interpretación de un sistema de atomización polarizado. La competencia queda distribuida entre numerosos actores, con mayor gravitación de fuerzas situadas en los flancos. Esta caracterización tampoco supone que se haya consolidado un nuevo clivaje.

Considerar al FA como una sola unidad deja prácticamente estable el número efectivo de partidos parlamentarios entre 2021 y 2025. Parte de su aparente descenso responde a la fusión de organizaciones antes contabilizadas separadamente. La caracterización completa exige integrar también la evidencia sobre debilitamiento coalicional y vínculos sociales de los partidos.

Esta distribución del poder tiene consecuencias para la gobernabilidad. Los principales bloques carecen de mayoría propia en la Cámara y conducir una alternativa presidencial no garantiza una mayoría legislativa duradera. Los partidos estructurantes conservan recursos electorales y parlamentarios para negociar desde una posición debilitada, mientras los nuevos actores necesitan acuerdos para transformar sus apoyos en decisiones. Menos movimiento electoral puede coexistir con negociaciones entre numerosas organizaciones que mantienen autonomía.

Para confirmar una estabilización habrá que observar si las nuevas relaciones de competencia y cooperación perduran y si las organizaciones reconstruyen vínculos sociales que las sostengan. Por ahora, los votos se movieron menos dentro de un sistema cuya distribución del poder ya había cambiado.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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