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¿Quién quiere realmente “quitarle los patines” a nuestros jóvenes? Opinión

¿Quién quiere realmente “quitarle los patines” a nuestros jóvenes?

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Cristian Rubio Haring
Por : Cristian Rubio Haring Ing. Civil Eléctrico, USACH Ingeniero Comercial, U. Central
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Esta política pública ha sido una de las herramientas de equidad más potentes y  queridas por las familias chilenas, y hoy la borran del mapa para regresar al orden  antiguo, donde unos pocos mandan y la gran mayoría solo obedece. 


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Hace casi dos décadas se aprobó por primera vez el financiamiento para el  programa “Yo Elijo mi PC”. No nació como una ley permanente, sino como un  fondo especial en el presupuesto nacional. Un salvavidas económico pensado  exclusivamente para nivelar la cancha y entregar un rayo de equidad a las  familias de clase media y sectores vulnerables, frente a quienes nacen con el futuro  asegurado. 

Cabe preguntarse por qué esta iniciativa nunca se transformó en un derecho  garantizado por ley para cada niño y niña de nuestra patria. La respuesta está en la  historia: en aquel tiempo, el actual Presidente y entonces diputado José Antonio  Kast lideraba la bancada de parlamentarios que se opusieron tenazmente a  destinar recursos públicos para que los estudiantes tuvieran su propio computador. 

La historia avanzó entre debates y metáforas desafortunadas. Años atrás, un  exministro de educación de izquierda usó una frase profundamente errada en  la forma y en el fondo, sugiriendo que para emparejar la cancha educativa había  que “quitarle los patines” a los sectores más aventajados. Nada más ajeno a  lo que realmente aspiramos las fuerzas progresistas: nuestro norte jamás ha  sido frenar a nadie, sino que todos los niños tengan un avión para volar tan  alto como sus talentos y sueños les permitan. Sin embargo, la oposición usó esa  frase como bandera de guerra, acusándonos sistemáticamente de querer destruir  la educación pública. 

Miremos la realidad de Chile sin anestesia. Hoy, el sueldo de la gran mayoría de  los trabajadores bordea los $680.000 mensuales. Para un hogar de clase  media o de esfuerzo, comprar un computador medianamente digno para un  hijo no es un trámite; significa meterse en una deuda asfixiante a tres o cuatro  años, terminando por pagar el triple o el cuádruple de lo que vale el equipo. El  programa “Yo Elijo mi PC” venía precisamente a romper esa cadena de  exclusión, entregando una herramienta material mínima para acortar la tremenda  brecha entre los hijos de los profesionales acomodados y los del Chile real.

Debemos reconocer que el Mandatario es consecuente con su visión de la  sociedad. Es la vieja mirada heredada de los patrones de fundo. Esa realidad  donde el hijo del dueño de la hacienda tenía los mejores libros y ropa  impecable, mientras que el hijo del inquilino, con suerte, aprendía a leer y  sumar para terminar, desde los siete u ocho años, contando los sacos de trigo  del patrón. Una lógica colonial que condenaba a las familias a la sumisión eterna,  arrebatándoles cualquier posibilidad de desarrollo personal o dignidad. 

Ante este escenario, vale la pena hacerse una pregunta incómoda pero necesaria:  ¿A quién le conviene realmente mantener una mano de obra poco calificada,  atrapada en el pasado? La respuesta es clara: le conviene a las tradicionales  familias de fundo, como los Kast. A ese sector le resulta mucho más funcional  un joven al que solo se le pueda entregar una pala para pagarle el sueldo  mínimo, en lugar de un profesional autónomo que exija un trato y un salario  digno. Esta dinámica, que fue retratada en las teleseries sobre el Chile de antaño,  hoy tiene su versión moderna en las políticas de este Gobierno. 

Al dejar sin financiamiento el programa “Yo Elijo mi PC” a partir del año 2027, la  actual administración revive esa brecha patronal. El hijo del gran empresario, que  crece en barrios con áreas verdes, con dormitorio propio y acceso al último  computador de alta gama, podrá desarrollar sin problemas las habilidades  lógicas y tecnológicas esenciales para la universidad o el trabajo del mañana. 

Basta ver los comerciales de la televisión: hoy la minería opera de forma remota.  Hay trabajadores manejando la extracción, el transporte y la refinación del  cobre desde oficinas modernas, frente a consolas llenas de pantallas y  simuladores complejos. Esas competencias no surgen de la nada; se cultivan  desde la infancia perdiéndole el miedo a la tecnología. Con esta medida, a partir  de 2027, quienes tengan dinero en el bolsillo les asegurarán una ventaja sideral a  sus hijos. Al otro lado quedarán los hijos de los nuevos inquilinos de nuestro  siglo: los trabajadores del comercio, los empleados del retail, los obreros de  la construcción y las madres solteras que son jefas de hogar, viendo con  angustia y desamparo cómo a sus niños se les cierra la puerta del futuro digital y se  le condena a la misma pala de siempre antes de empezar a competir. 

Esta política pública ha sido una de las herramientas de equidad más potentes y  queridas por las familias chilenas, y hoy la borran del mapa para regresar al orden  antiguo, donde unos pocos mandan y la gran mayoría solo obedece. 

Al Ejecutivo actual parece no importarle que organismos globales como la  OCDE, la UNESCO y la CEPAL insistan de manera transversal en que los  países deben expandir con urgencia el capital cultural digital, reducir las  diferencias socioeconómicas en el acceso a la tecnología y cuidar el desarrollo del potencial humano. Esto no es un capricho ideológico; es la base  para que un país progrese con trabajadores capacitados en las habilidades  informáticas indispensables que exige el mundo laboral moderno.

Por eso, volvemos a poner la pregunta sobre la mesa: ¿Fue la izquierda, por  una frase mal dicha en el pasado, la que desmanteló el futuro de nuestros  estudiantes? ¿O son las acciones de este Gobierno, al quitarle los fondos  reales a un programa que democratizaba la tecnología, las que de verdad le  arrancan los patines a los niños y niñas de las escuelas públicas?

Los hechos hablan más fuerte que los discursos. Es el sector patronal, aquel  que añora los tiempos del señor de la querencia y al cual este gobierno  defiende y representa, el que con esta firma le quita los patines, el futuro  digital, los computadores y las oportunidades a la juventud de nuestra clase  media y popular.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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