ANÁLISIS
Taipei (archivo)
Taiwán: 115 años en la geografía del poder
Una futura crisis no necesariamente comenzaría con una gigantesca invasión anfibia. Hoy, China dispone de un abanico de alternativas que va desde las operaciones de zona gris y la coerción hasta una cuarentena marítima, un bloqueo o, en el extremo, una invasión.
Este sábado 10 de octubre Taiwán celebrará el “Doble Diez”, su fiesta nacional, y los 115 años de la República de China. La fecha recuerda el levantamiento de Wuchang de 1911, que desencadenó la revolución que terminó con el imperio y dio origen a la primera república china. Sin embargo, aquella república ya no gobierna China.
En 1949, tras la larga Guerra Civil, Mao Zedong proclamó en Beijing la República Popular China, mientras Chiang Kai-shek y el gobierno nacionalista se refugiaron en Taiwán. Comenzó entonces una de las grandes anomalías geopolíticas contemporáneas: dos gobiernos que durante décadas afirmaron representar a una misma China, separados por un estrecho de apenas 130 kilómetros en su punto más angosto.
La República de China instalada en Taiwán evolucionó desde el régimen autoritario del Kuomintang hasta convertirse en una democracia multipartidista. Al mismo tiempo, fue perdiendo gran parte de su reconocimiento diplomático, mientras la República Popular China emergía como una de las principales potencias mundiales.
Sin embargo, Taiwán sobrevivió. Y 115 años después, esta isla de apenas 36.000 kilómetros cuadrados y unos 23 millones de habitantes ocupa una posición extraordinariamente importante en el equilibrio estratégico mundial.
Una isla demasiado importante
Primero, por su geografía. Taiwán ocupa una posición central en la llamada “primera cadena de islas”, el arco que desde Japón y las Ryukyu desciende hacia Filipinas y separa los mares costeros de China del Pacífico occidental. Para la Armada china, alcanzar las aguas profundas del Pacífico supone atravesar pasos estratégicos como el estrecho de Miyako, entre Okinawa y Miyako-jima, al noreste de Taiwán, o el canal de Bashi, entre Taiwán y Filipinas. El control de la isla facilitaría, por tanto, la proyección naval y aérea china hacia el Pacífico y afectaría la arquitectura militar que Estados Unidos y sus aliados mantienen en la región.
Segundo, por la tecnología. Taiwán concentra capacidades difícilmente reemplazables en los segmentos más avanzados de la industria de semiconductores. TSMC alcanzó en 2025 cerca del 70% del mercado mundial de fabricación de chips por contrato y la industria taiwanesa mantiene una posición de liderazgo tanto en los semiconductores más avanzados como en las tecnologías necesarias para integrar procesadores y memorias de alto rendimiento.
Esa concentración resulta todavía más importante con el desarrollo de la inteligencia artificial. Los grandes centros de datos, los aceleradores de IA y numerosos chips de alto rendimiento dependen de capacidades en las que Taiwán desempeña un papel central. Una crisis grave en el estrecho podría, por tanto, afectar cadenas productivas esenciales para la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, la industria automotriz y los sistemas militares. Después de todo, reproducir fuera de Taiwán ese ecosistema requiere años, inversiones gigantescas y personal altamente especializado.
Y tercero, porque la isla se encuentra en uno de los principales puntos de fricción entre Estados Unidos y China.
Un equilibrio cada vez más frágil
Para Beijing, la reunificación constituye un objetivo irrenunciable y nunca ha descartado el empleo de la fuerza. La presión militar, además, ha aumentado. Solo entre enero y septiembre de 2025, Taiwán registró 3.003 vuelos de aeronaves militares chinas que cruzaron la línea media del estrecho o ingresaron en las zonas aéreas vigiladas por sus fuerzas armadas, junto con unos 2.000 movimientos de buques militares chinos.
En diciembre, durante los ejercicios “Justice Mission 2025”, China desplegó 71 aeronaves y 24 buques de guerra y de su Guardia Costera alrededor de Taiwán, en maniobras que incluyeron el ensayo de un bloqueo de sus principales puertos.
La presión tampoco se limita a aviones y buques. En febrero de 2025, el carguero “Hong Tai 58”, de tripulación china, dañó un cable submarino entre Taiwán y Penghu y su capitán fue posteriormente condenado por hacerlo intencionalmente. Taipei no ha demostrado que Beijing haya ordenado estas acciones, pero distintos incidentes han convertido la protección de los cables submarinos en un problema de seguridad nacional.
Todo esto recuerda que una futura crisis no necesariamente comenzaría con una gigantesca invasión anfibia. Hoy, China dispone de un abanico de alternativas que va desde las operaciones de zona gris y la coerción hasta una cuarentena marítima, un bloqueo o, en el extremo, una invasión.
Taiwán también se prepara. Su presupuesto de defensa para 2026 alcanza alrededor del 3,3% de su PIB y es casi 23% superior al del año anterior. A comienzos de octubre llegaron, además, los primeros F-16V Block 70 nuevos adquiridos a Estados Unidos, parte de una compra de 66 aeronaves.
Pero Washington introduce otra incógnita. Estados Unidos reconoce diplomáticamente a la República Popular China desde 1979, mantiene relaciones no oficiales con Taiwán y continúa siendo su principal proveedor de armamento. Donald Trump, sin embargo, ha añadido un componente más transaccional a esa relación. Un ejemplo de eso es que, después de aprobar en diciembre de 2025 un paquete de armas por unos 11.000 millones de dólares, mantiene pendiente otro por aproximadamente 14.000 millones, que incluso llegó a describir como una posible carta de negociación frente a Xi Jinping.
Por eso, este 10 de octubre será mucho más que una conmemoración histórica. Taiwán celebrará los 115 años de una república que nació para gobernar un gigantesco país continental, perdió el territorio para el cual había sido creada y terminó sobreviviendo en una pequeña isla del Pacífico; una república que perdió buena parte de su reconocimiento internacional, pero se transformó en una democracia y una potencia tecnológica indiscutibles.
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