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Yo creo que no Opinión Archivo (AgenciaUno)

Yo creo que no

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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Su experiencia existe y puede ser útil. Precisamente por eso cabría esperar de ella una forma de servicio más sobria: colaborar, aconsejar, contribuir donde su conocimiento resulte efectivo. La continuidad del Estado exige algo más que simple afán de poder.


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“Yo creo que sí”, respondió Michelle Bachelet cuando le preguntaron si habría una tercera candidatura presidencial. La ligereza sorprende en quien gobernó dos veces. Como si la política fuera un teatro al que se regresa por aplausos. Pero antes de pensar en un tercer acto convendría examinar los dos anteriores.

Su primer gobierno aceleró el desgaste de la Concertación. En 2009 pactó electoralmente con el Partido Comunista, que terminó ingresando al Ejecutivo durante el segundo mandato. No era un socio cualquiera: es una colectividad que sigue reivindicando a Lenin y se apresura a saludar a cuanto dictador de izquierda asoma por el mundo (cual Bachelet a Castro).

La política de los acuerdos cedió terreno a la de las identidades. Al final del primer capítulo ocurrió algo inédito desde 1990: la izquierda debió entregar la banda presidencial a la derecha. El inmenso capital de simpatía personal de la mandataria no bastó para sostener el proyecto.

El final fue de penosa ineptitud y banalidad: la escena de Bachelet en la ONEMI, sin saber qué hacer para el mega terremoto y maremoto, que por negligencia de las autoridades costó la vida a muchos más que los que debían haber sido, fue acompañada de una actitud sin destino: como funcionaria despertada en medio de la noche carente de lucidez, preguntando cuestiones sin respuesta en una oficina de poca estofa.

¿Qué tendríamos de la imagen de Allende, me pregunto, si en vez de apersonarse en La Moneda el 11 de septiembre se hubiese instalado en una oscura repartición pública? Respecto del Presidente el lugar y los modos importan.

Del segundo período de Bachelet se recuerdan sus “grandes reformas”.

Conviene examinar la factura. La tributaria prometió recaudar tres puntos del PIB; no lo consiguió. Su desprolijidad obligó a corregirla y quedaron compromisos de gasto fundados en ingresos que jamás llegaron. No explica, por sí sola, el déficit fiscal actual ni todo el estancamiento, pero contribuyó con fuerza en ambos problemas: debilitó las arcas fiscales, las certezas en el país. Hasta sus propios impulsores tuvieron que reconocer que se equivocaron en los cálculos. Menudo error.

Vino la gratuidad universitaria, bajo una lógica semejante: el beneficio se financia con transferencias a los planteles, según aranceles regulados que -advierten distintas instituciones- no cubren adecuadamente sus costos. Se proclamó un derecho sin asegurar su sustentabilidad. El resultado es desfinanciamiento crónico del sistema. El Congreso incluso tuvo que aprobar la suspensión del ingreso de nuevas casas de estudios al régimen durante 2028 y 2029 por falta de recursos. Extraño triunfo de gratuidad: para contener sus gastos hay que cerrar la puerta a quienes les corresponde incorporarse.

Hay, además, un balance menos vistoso. Durante esos años maduraron el malestar político, los escándalos de financiamiento irregular, asuntos oscuros lindantes en corrupción (Caval), la pérdida de dinamismo productivo, las deficiencias de la enseñanza, el agravamiento de las listas de espera en salud y los problemas de seguridad. No todo empezó con Bachelet ni es exclusivamente responsabilidad suya, pero tampoco puede describirse su paso por La Moneda como si hubiera ocurrido al margen de esta trayectoria global decadente. En sus administraciones se consolidó parte de la fatiga que hoy padece el país.

Después vino la triste candidatura a la Secretaría General de la ONU, promovida al final del gobierno de Boric. Contó con el respaldo de Brasil y México, pero nunca fue una decisión de Estado sostenida por un consenso chileno duradero. La campaña terminó en lamentable retirada. Apenas concluido el episodio, Bachelet, a los 75 años, declara querer volver a La Moneda. Si llegara, cruzaría los 80 durante su mandato. Habría entonces que esperar una tercera versión, esta vez, por fin, “la buena”.

Su experiencia existe y puede ser útil. Precisamente por eso cabría esperar de ella una forma de servicio más sobria: colaborar, aconsejar, contribuir donde su conocimiento resulte efectivo. La continuidad del Estado exige algo más que simple afán de poder. Hay un tiempo para gobernar y otro para orientar a quienes gobiernan. Ambos difícilmente coinciden.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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