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La carga invisible Opinión

La carga invisible

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Si al Estado le preocupa la disminución de la natalidad, esa preocupación debe traducirse en apoyos concretos para quienes crían.


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Son las once de la noche y recién puedo sentarme a escribir esta columna. Lleva meses en mi lista de pendientes y, cada cierto tiempo, vuelve como un pedido de auxilio. No solo mío, sino de las tantas mujeres que veo cada mañana camino al jardín infantil de mi hijo: mujeres que, igual que yo, cargan con responsabilidades que deberían ser compartidas, pero que terminan descansando casi siempre sobre nuestros hombros.

Hoy llegamos a casa a las seis de la tarde. Tenía una hora al dentista, así que fui con mi hija de ocho años después de recogerla en el colegio. Antes le pedí a mi papá que pasara por mi hijo de un año al jardín y lo dejara donde una tía. Hicimos malabares para que todo funcionara.

En mi caso, esta organización responde a una situación temporal acordada con el padre de mis hijos, que actualmente se encuentra en otra zona del país. Hay un acuerdo y una red familiar que nos permite sostener esta etapa. Aun así, vivirla me ha hecho pensar en cuántas madres enfrentan jornadas similares sin contar con personas cercanas a quienes recurrir.

Al volver, vinieron las cenas, los baños, los dientes, los pijamas, los cuentos y un par de canciones cantadas entre risas. Quería que ese momento con mis hijos tuviera espacio para la alegría, incluso después de un día largo. Porque ellos no tienen por qué asumir las preocupaciones de los adultos, aunque mamá también necesite descansar.

Cada mañana, rumbo al jardín con mi hijo, observo a las mujeres que caminan a mi lado. Algunas llevan mochilas, loncheras y carteras; otras sostienen a un niño dormido en un brazo y el café en el otro. Hay días en que cantan felices. Otros, corren pidiéndoles que se apuren porque hay que llegar al trabajo. Y muchas simplemente avanzan en silencio, atrapadas en la vorágine de una vida que nos obliga a hacer, hacer y hacer, casi siempre en piloto automático.

Ese piloto automático puede robarnos horas, días y, a veces, años enteros antes de permitirnos reconocer todo lo que sostenemos. Porque la carga mental también está en recordar la reunión del colegio, agendar la vacuna, comprar el regalo de cumpleaños, saber cuándo queda poco detergente, pedir la hora al médico y anticiparse a cada necesidad de la familia antes de que alguien más siquiera la note.

En Chile, la desigualdad en la distribución del trabajo doméstico y de cuidados tiene números. Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo de 2023, las mujeres destinan, en promedio, cuatro horas y 57 minutos diarios al trabajo no remunerado, mientras los hombres dedican dos horas y 52 minutos. Son dos horas y cinco minutos de diferencia cada día. Aunque estas cifras no describen toda la carga de estar pendiente, muestran cuánto tiempo se distribuye de manera desigual.

No escribo esto para decir que somos heroínas. Al contrario. Creo que romantizar el agotamiento ha sido una de las trampas más grandes de nuestra generación. No necesitamos medallas por poder con todo; necesitamos dejar de creer que poder significa deber.

Ojalá algún día, cuando vuelva a caminar al jardín, vea más padres cargando mochilas, recordando reuniones, organizando cumpleaños y sabiendo dónde están los calcetines. Que asumir esas tareas sea parte cotidiana de una responsabilidad compartida, sin que una madre tenga que recordar, pedir y supervisar cada paso.

También necesitamos condiciones que permitan ejercer esa responsabilidad. El acceso universal a salas cuna puede ser una parte de una red de apoyo más amplia, junto con servicios de cuidado y condiciones laborales que reconozcan que criar requiere tiempo. Cuando los horarios y las exigencias se organizan suponiendo que siempre habrá alguien disponible en casa, esa disponibilidad suele tener nombre de mujer.

Si al Estado le preocupa la disminución de la natalidad, esa preocupación debe traducirse en apoyos concretos para quienes crían. Las familias necesitan una red pública que acompañe las distintas etapas del cuidado y les permita trabajar, descansar y desarrollar sus propios proyectos.

Mientras tanto, seguiremos encontrándonos en esas veredas. Cruzándonos una sonrisa cómplice. Reconociéndonos, aunque no sepamos nuestros nombres. Ojalá esas sonrisas puedan hablar, cada vez más, de la tranquilidad de saber que cuidar es una responsabilidad que compartimos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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