Opinión
Fomento al consumo de productos del mar: oportunidades para una política que inicia su diseño
Las tareas concretas ya están a la vista: escalar los pilotos regionales a una cuota nacional exigible, rediseñar los formatos que los niños de verdad coman, y ampliar la canasta del PNAC a embarazadas y primera infancia.
Chile es potencia mundial en pesca y acuicultura, pero exporta dos tercios de lo que produce y consume menos pescado del recomendado, principalmente en casa. Barreras de precio y de cultura alimentaria explican buena parte de esa brecha, que es justamente lo que busca cerrar la nueva política nacional de fomento al consumo responsable de productos del mar, impulsada por el Ministerio de Economía, Fomento y Turismo en conjunto con la Subsecretaría de Pesca.
El diagnóstico, que identifica barreras de mercado, de cultura y de gobernanza, es acertado y coincide con la literatura, pero el desafío no es identificarlas, sino la falta de claridad sobre cómo se financia, se exige y se respalda cada instrumento para resolverlas.
Respecto de otras proteínas animales, la cadena de producción de los productos del mar es más compleja en producción y distribución, lo que se refleja en el precio final del producto. Un instrumento, entonces, que ponga atención en el precio parece el camino intuitivo. Bajar el impuesto al valor agregado, podría sonar como una medida popular y fácil de aplicar para incrementar la demanda, pero los resultados podrían no ser los esperados.
Hay países que han eliminado, o reducido el impuesto agregado a alimentos que son considerados básicos, y sus resultados son mixtos. Portugal los eliminó, Francia los redujo y España no los ha modificado. En los tres países, la tendencia del consumo de pescados y mariscos siguió cayendo. La demanda de productos del mar tiende a ser menos sensible a cambios en los precios, por lo que un cambio vía impuestos podría no tener los efectos esperados.
También los programas de alimentación son clave. En marzo, la Gobernación Regional de Valparaíso, el Ministerio de Educación y Subpesca lanzaron un piloto de $354,6 millones para llevar pescado de la pesca artesanal a la alimentación escolar: la pregunta es si queda como piloto regional discrecional, o se vuelve cuota nacional exigible en Compras Públicas. El desafío no es solo financiero: JUNAEB reporta que los menús con pescado son los peor evaluados, sobre todo por el olor, y que formatos como vienesas o hamburguesas tampoco funcionaron. No basta la cuota; también hay que innovar en el producto.
Por su parte, Estados Unidos no dejó los productos del mar fuera de su programa WIC que ofrece nutrición y salud a embarazadas, madres lactantes y niños de hasta 5 años de bajos ingresos. Chile tiene su equivalente, el Programa Nacional de Alimentación Complementaria (PNAC), pero su canasta es mayoritariamente láctea. La diferencia no es de cobertura -el PNAC ya es universal y el WIC focalizado-, sino de contenido: falta agregar pescado.
Y de hecho, hubo un programa que promovía incrementar el consumo de productos del mar, llamado “Del Mar a Mi Mesa”. Sin embargo, el consumo cayó un 20% en los años siguientes, y no necesariamente por un mal diseño de la política, sino que dependía de la continuidad institucional para seguir financiado.
Hay al menos dos preguntas que no pueden ser eludidas. La primera es cómo se va a financiar de manera sostenida el fomento a la demanda. La segunda es quién va a sostener esa mayor demanda, esto es, qué combinación entre pesca industrial, artesanal y acuicultura la va a absorber.
Antes, falta resolver algo más básico: ¿dónde está la brecha de consumo, en la casa o fuera de ella? En Chile, la encuesta 2024 de SECOS muestra que el 90% del consumo de productos del mar ocurre en el hogar: el instrumento, entonces, no puede apuntar solo a restaurantes o turismo gastronómico, sino a la cocina, precio, disponibilidad, tiempo de preparación, aversión al olor y a las espinas.
Ni la minuta de Subpesca ni el balance oferta-demanda del IFOP distinguen hoy entre consumo dentro y fuera del hogar, ni por tipo de producto, y la encuesta de SECOS, alcanzó a cubrir a 1.000 personas en 9 regiones. Para diseñar una política efectiva, sería un aporte integrar más seguimiento de datos.
Las tareas concretas ya están a la vista: escalar los pilotos regionales a una cuota nacional exigible, rediseñar los formatos que los niños de verdad coman, y ampliar la canasta del PNAC a embarazadas y primera infancia. Pero ninguna de ellas sobrevive sin resolver antes las preguntas de fondo: quién paga y con qué garantía de continuidad, y con qué datos se sabrá si de verdad se está comiendo más pescado. Sin eso, la política de fomento al consumo de productos del mar quedará en un buen diagnóstico y una curva de consumo que sigue a la baja.
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