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La baja natalidad y la crianza en la aldea Opinión

La baja natalidad y la crianza en la aldea

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Tener un hijo seguirá siendo una decisión profundamente personal y familiar. Pero las condiciones en que ese hijo será criado son también una construcción social.


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Chile lleva años mirando con preocupación la acelerada caída de la natalidad y el envejecimiento de la población. Los últimos datos de nuestro país cifran la tasa de fecundidad global en 0,99 hijo/as por mujer en edad fértil. Muy por debajo de los 2,1 que marcan la llamada “tasa de reemplazo”. Frente a este escenario, la conversación pública ha comenzado a centrarse en las razones por las cuales cada vez menos personas deciden tener hijos y en las políticas que podrían modificar esa tendencia.

El actual gobierno reaccionó creando en mayo una comisión llamada “Chile renace” para que sesione durante 2026 y, a comienzos del próximo año, entregue recomendaciones de políticas públicas para estimular la natalidad en Chile. Esta comisión definió entre sus 8 ejes de trabajo las siguientes áreas: costo de la vida, vivienda, apoyos y cuidados, corresponsabilidad y equidad de género, conciliación laboral y familiar, normas sociales y cultura, entre otros.

Pero, cuando se ponen sobre la mesa todos esos factores, también vale la pena mirar qué ocurrirá una vez que los hijos llegan. Además del exceso de pantallas, mencionado por un 62,4% del total de personas encuestadas, ¿cuáles son hoy los principales desafíos de la crianza en Chile? ¿Cambian esas percepciones entre quienes tienen menores a su cargo y quienes no? El GPS Ciudadano de Datavoz muestra una diferencia interesante: la crianza se percibe de manera distinta desde dentro y desde fuera. Y esa brecha puede entregar pistas para comprender la baja natalidad, porque la decisión de tener hijos no depende solo de cuánto cuesta tenerlos, sino también de cuán posible, acompañada y sostenible se percibe la vida después de tenerlos.

Entre quienes son cuidadores principales de menores, por ejemplo, los problemas de seguridad en barrios y espacios públicos son mencionados por un 42,6%, frente a un 31,9% entre quienes no tienen menores a cargo. También aparecen con mayor fuerza las redes familiares o comunitarias de apoyo (28,2% de quienes tienes menores a cargo frente al 22,2% de quienes no lo tienen). Parece razonable: cuando se cría, la seguridad deja de ser solo una preocupación personal y pasa a extenderse a los hijos, mientras que la necesidad de contar con otros se vuelve mucho más concreta.

Como dice el conocido proverbio africano, “se necesita una aldea para criar un niño”. Y los datos parecen recordarnos que esa aldea no es una metáfora abstracta. Está compuesta por familias, escuelas, barrios, empleos, redes de apoyo y servicios capaces de hacer la vida cotidiana un poco más viable.

Las diferencias se vuelven particularmente interesantes cuando se pregunta por la disciplina y los límites. Entre quienes no tienen menores a cargo, un 56,2% identifica la falta de disciplina o límites como uno de los principales desafíos de la crianza. Entre quienes sí son cuidadores principales, esa cifra baja a 43,3%.

No parece casual que quienes están más alejados de la experiencia cotidiana de criar tiendan a poner más énfasis en la disciplina. Desde fuera, la crianza puede verse como un asunto de decisiones familiares, normas y autoridad. Desde dentro, aparecen con más claridad otras dificultades: la seguridad, las redes, el tiempo disponible y la posibilidad real de compatibilizar responsabilidades.

¿Dónde se percibe como más importante de abordar este desafío de la disciplina o los límites en la crianza? ¿Al interior de las familias o en la “aldea” de la sociedad en la que vivimos? La diferencia se repite: entre quienes no son cuidadores, el 86,2% considera que debe abordarse principalmente en el hogar. Entre quienes sí lo son, esa proporción baja a 72%, mientras aumenta la importancia atribuida a los establecimientos educacionales (20,4% de cuidadores frente al 12% de quienes no tienen menores a cargo). Esto no significa que las familias no tengan una responsabilidad principal en la crianza. La tienen. Pero sí parece mostrar algo más complejo: quienes están criando tienden a percibir con mayor fuerza que educar y acompañar a un niño no ocurre exclusivamente dentro de las paredes de una casa. Y ese punto resulta especialmente relevante en un país preocupado por la baja natalidad.

Si queremos comprender por qué cada vez menos personas deciden tener hijos, probablemente no baste con mirar el costo económico de tenerlos ni con diseñar incentivos aislados. También debemos mirar qué ocurre después de que esa decisión se toma: si existen redes de apoyo, si es posible conciliar trabajo y crianza, si los barrios son seguros, si las escuelas acompañan y si las familias sienten que tienen una comunidad a la cual recurrir.

Tener un hijo seguirá siendo una decisión profundamente personal y familiar. Pero las condiciones en que ese hijo será criado son también una construcción social. Quizás por eso, antes de preguntarnos cómo lograr que nazcan más niños, convendría preguntarnos qué tipo de aldea estamos construyendo para recibirlos.

Lee el informe con mayor detalle aquí.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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