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Políticas culturales y crisis climática: enseñanzas de Islandia para Chile Opinión

Políticas culturales y crisis climática: enseñanzas de Islandia para Chile

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¿Qué podemos aprender en Chile de experiencias internacionales que ya han apostado por vincular sus políticas culturales con la emergencia climática?


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Hace ya un tiempo que la crisis climática se ha instalado como un problema concreto en nuestras sociedades. En Chile esta afirmación es manifiesta. El fenómeno del “Niño Godzilla”, que actualmente experimentamos en diversas formas en el centro y sur del país, es solo una muestra más de una cadena de transformaciones ecológicas generadas por la explotación indiscriminada de nuestra naturaleza o, directamente, la irresponsabilidad de las autoridades políticas, como hace poco fuimos testigos en el aluvión de Las Condes. Son varias las voces especializadas que han señalado los riesgos de este actuar y que, si no cambiamos el rumbo de las cosas, el escenario climático irá empeorando cada vez más de la mano de desastres ambientales.

¿Qué pueden hacer las políticas e instituciones culturales en este contexto?, ¿Qué pueden aportar las artes y los agentes culturales para revertir o, al menos, prevenir este futuro incierto?, ¿Qué podemos aprender en Chile de experiencias internacionales que ya han apostado por vincular sus políticas culturales con la emergencia climática? En esta columna nos gustaría describir cómo un país tan lejano como Islandia ha tomado decisiones estratégicas en sus políticas culturales para enfrentar la crisis climática. Reconociendo las diferencias y similitud entre nuestros países, este texto busca dialogar sobre el rol de la cultura en/con la naturaleza y qué podemos aprender para enfrentar un problema común. 

Cuando se menciona Islandia, generalmente lo primero que se viene a la mente es la cantante Björk. Quizá Sigur Rós, Múm o Sóley. Luego, sus paisajes nórdicos caracterizados por las auroras boreales y sus verdes infinitos. Tanto la música como el cine se ha encargado de mostrar al mundo esos atributos. Pero Islandia es mucho más que eso. En el contexto mundial se ha caracterizado por situar la sostenibilidad ambiental como un eje de su modelo de desarrollo y esto se ve claramente reflejado en sus políticas culturales. 

Durante gran parte del siglo XX, en Islandia la cultura formó parte del Ministerio de Educación. Posteriormente, en la década de 1970, se integró un ministerio conjunto de Educación, Ciencia y Cultura. Es recién en 2017 cuando se crea el Ministerio de Cultura, de la mano de una decisión estratégica del Estado por promover no solo las industrias creativas como motor económico, sino también como un esfuerzo por vincular la cultura con cuestiones más amplias relacionadas con el bienestar y desarrollo social y personal. Desde entonces, la misión del ministerio ha sido promover el acceso a la vida cultural, fortalecer la identidad nacional y apoyar la expresión creativa como un bien público. A esto se le ha unido, en los últimos años, la necesidad por alcanzar mayor inclusión social, transformación digital y la sostenibilidad ambiental. En efecto, los responsables de las políticas públicas y culturales conciben cada vez más la cultura no solo como patrimonio o entretenimiento, sino también como un motor de conciencia social y resilencia. 

El gasto público en cultura en Islandia representa, aproximadamente, el 2,2% del presupuesto nacional, lo que constituye una cifra relativamente alta para un país de menos de 400.000 habitantes. El financiamiento cultural incluye instituciones nacionales como museos, bibliotecas, teatros y la radiodifusión nacional (RÚV), así como también subvenciones para artistas, industrias creativas y proyectos patrimoniales. En su conjunto, las políticas cuturales de Islandia han abrazado la Agenda 2030 y los postulados del documento “Cultura para la Sostenibilidad: 2022 Informe Mundial Re|pensar las políticas para la creatividad” de la UNESCO, con el fin de establecer objetivos generales a largo plazo, delimitar prioridades y perfeccionar métricas para evaluar su impacto. Una de esas políticas ha sido exigir a las organizaciones culturales que desarrollen y adopten estrategias prácticas de sostenibilidad verde. 

Si bien existen diversos niveles de implementación de estas acciones, lo cierto es que un número creciente de instituciones y organizaciones artísticas con financiamiento público están introduciendo cambios concretos en sus espacios y que son registrados en informes específicos de sostenibilidad. Al mismo tiempo, y en línea con el Pacto Verde Europeo de la Unión Europea, se han generado “fondos de cultura verde” que buscan instalar, en los distintos programas, un principio orientador ecológico. En efecto, muchas instituciones culturales participan en la iniciativa gubernamental Green Steps (Græn skref), que promueve la eficiencia energética, la reducción de residuos y las adquisiciones ambientales responsables. Asismismo, se alienta a las organizaciones culturales a desarrollar sus propias estrategias de sostenibilidad y a integrar temáticas ecológicas en su programación. 

Por ejemplo, la Galería Nacional de Islandia ha introducido una política climática que incluye la contabilidad de carbono, diseño sostenible de exposiciones y reducción de las emisiones asociadas a los viajes. Lo mismo ocurre con el Festival de las Artes de Reikiavik, el Icelandic Arts Centre y la semana de diseño DesignMarch: todas han adoptado estándares para eventos sostenibles, como apoyar a artistas que exploran temáticas climáticas y ambientales en sus obras. Si bien no existe una legislación específica que vincule formalmente la política cultural con la política ambiental, estas acciones se han tomado por el conjunto del espacio cultural por la urgencia de la crisis climática. 

En Chile estos procesos institucionales aún están en un nivel inicial. El Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (MINCAP), si bien incentiva el patrimonio cultural del país y refuerza su identidad territorial, no ha incluido en sus acciones estratégicas el cuidado de la naturaleza y medio ambiente. Por el contrario, y en especial en este gobierno —cuyos recortes presupuestarios en el área han sido históricos—, ha flexibilizado los permisos de intervención de zonas ecológicas protegidas y ha ironizado de su “excesivo” cuidado e importancia. Para ellos, la protección de la naturaleza es una barrera al desarrollo económico. A pesar de esto, existen experiencias destacables a nivel de proyectos artísticos y organizaciones no gubernamentales como Fundación Mar Adentro, Festival Internacional Tsonami y el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, entre otras instancias, que buscan generar conciencia ambiental a través de las artes. 

Chile, en este sentido, ya posee capacidades culturales para enfrentar la crisis climática: lo que falta es convertir experiencias dispersas en política pública. En este sentido, el MINCAP podría incorporar la sostenibilidad ambiental como un principio transversal de su próxima política nacional de cultura 2030-2035. De la misma forma, se podría fomentar que los fondos concursables e instituciones financiadas públicamente incorporen progresivamente planes de sostenibilidad en, por ejemplo, la medición de sus emisiones, residuos, movilidad y uso energético. Y, finalmente, en el futuro próximo se podría crear una línea específica de financiamiento para proyectos artísticos y culturales vinculados a transición ecológica, territorio y crisis climática.  

El ejemplo de Islandia es un aliciente para tomar estas medidas a corto y mediano plazo en Chile. Para resguardar el futuro de nuestros países —y, en general, del mundo en que vivimos—, se requiere tomar medidas urgentes y establecer un nuevo trato con el mundo donde se habita. La palabra islandesa para sostenilidad, sjálfbærni, está relacionada con la idea de autosuficiencia y resiliencia, y guarda una estrecha semejanza con la palabra utilizada para independencia, sjálfstæður. Visto así, para avanzar hacia un buen vivir glocal, tenemos que ser capaces, desde el mundo cultural y artistico, de abrazar medidas que ayuden a una nueva independencia climática con el capitalismo y la avaricia humana. Islandia, como un laboratorio de experiencias valiosas en este ámbito, puede ser un buen insumo para ello. La pregunta, entonces, ya no es si la crisis climática corresponde o no al campo cultural, sino cuánto tiempo más puede la política cultural chilena actuar como si se tratara de un problema ajeno.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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