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“Con mi plata no”: las AFP perdieron US$7.700 millones apostando en Wall Street Opinión EFE

“Con mi plata no”: las AFP perdieron US$7.700 millones apostando en Wall Street

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Álvaro Ramis Olivos
Por : Álvaro Ramis Olivos Teólogo, doctor en filosofía, Presidente Centro de Estudios Territorio y Comunidad.
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Lo ocurrido muestra que la pregunta es quién decide sobre los ahorros de millones de personas y a quién le rinde cuentas cuando se equivoca. Esta vez la apuesta la hicieron las administradoras, y la pérdida la cubren los afiliados. Con su plata, claro.


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Esta semana Bloomberg informó que las siete AFP, que administran unos US$229.000 millones y son la única fuente de ahorro para la vejez de la mayoría de los chilenos, pasaron los últimos dos años acumulando contratos de derivados que solo rendían si las tasas de interés en Estados Unidos seguían bajando. Se trataba de swaps en que los fondos recibían una tasa fija y pagaban una variable. Apostaban, en buenas cuentas, a que la Reserva Federal seguiría abaratando el dinero.

Hace un año la jugada mostraba ganancias por US$1.400 millones. En septiembre, de acuerdo con la Superintendencia de Pensiones, esas mismas posiciones registraban una pérdida de valoración de US$7.700 millones. En el intertanto vino la guerra con Irán y un alza de precios a escala mundial que llevó las tasas hacia arriba, algo que cualquier evaluación de riesgo medianamente seria tenía que haber considerado posible.

El Fondo E, donde se concentraba la mayor parte de estas apuestas, lleva una caída promedio de 10,4% en el año, y casi la mitad de ella ocurrió solo en septiembre. Es el fondo que se recomienda como refugio y al que se cambian muchas personas a pocos años de jubilar, justamente porque no quieren sobresaltos. Esas personas terminaron poniendo la plata para la apuesta más arriesgada del sistema, y difícilmente volverán a confiar en lo que se les dice sobre el riesgo de sus ahorros.

Para peor, las pérdidas se concretan ahora. En abril, la Superintendencia puso un techo al que pueden llegar a perder las carteras de derivados en escenarios adversos (3% en los fondos A y B, 2,5% en el C y 2% en el D y el E) y le dio 210 días a las administradoras para ajustarse. Como ese plazo se cumple en pocas semanas, las AFP están cerrando contratos que hoy valen menos, de modo que lo que era una pérdida en el papel se vuelve plata efectivamente pagada a bancos como Bank of America y Citigroup. Las cotizaciones de una cajera de supermercado o de un profesor básico de Puente Alto viajan así a Nueva York a saldar una apuesta que nadie les consultó.

Ni la asociación gremial ni las administradoras (Capital, Cuprum, Habitat, Modelo, PlanVital, ProVida y UNO) quisieron comentar. El regulador se limitó a recordar que las AFP tienen el deber fiduciario de administrar esos plazos en beneficio de los afiliados. Tiene razón, pero sigue sin explicar cómo la exposición creció tanto que hubo que fijarle un límite de urgencia.

También han callado quienes convirtieron la defensa de este sistema en eslogan. Bernardo Fontaine, exconvencional y después coordinador del plan para los primeros noventa días de la campaña de José Antonio Kast, levantó el “Con mi plata no” junto a Francisco Orrego, rostro de la iniciativa popular de norma, para frenar a la Convención y cualquier reforma que pusiera una gota de solidaridad en las pensiones. El eslogan le hablaba a un afiliado propietario, desconfiado, siempre mirando que el Estado no le metiera la mano al bolsillo.

A las administradoras, en cambio, nunca las miró. No se oyó cuando los fondos se usaron para apostar sobre la política monetaria de Estados Unidos, ni en noviembre de 2025, cuando Reportea reveló que la Asociación de AFP financiaba la fundación de Fontaine, que gastó cerca de $200 millones en publicidad en redes, en parte desde la misma cuenta de “Con mi plata no”. Al parecer, la plata de los trabajadores había que protegerla de la deliberación democrática, pero podía ir sin problema a pagar propaganda del sistema y a las mesas de dinero de Wall Street.

Es probable que la industria responda que los derivados son una herramienta corriente y que hasta hace poco daban ganancias. Un derivado sirve, efectivamente, para cubrirse de un riesgo que uno ya tiene. Pasar dos años acumulando posiciones sobre lo que hará el banco central de otro país es tomar un riesgo nuevo, por mucho que se le llame gestión. Y sobre las ganancias de hace un año, basta recordar que en este negocio los buenos resultados se atribuyen al talento de los administradores y los malos al mercado, a la guerra o al regulador.

Que las siete AFP hayan hecho más o menos la misma apuesta tiene explicación en las reglas. Las administradoras cobran su comisión sobre el sueldo de los cotizantes y no sobre lo que rinden los fondos, así que su ingreso llega igual cada mes. La única obligación que las expone con patrimonio propio, la rentabilidad mínima respaldada por el encaje, se mide contra el promedio de la industria. Si todas pierden a la vez, ninguna queda por debajo del promedio y ninguna paga. Moverse en manada es, en esas condiciones, la estrategia más segura para el negocio, aunque no para los afiliados.

Keynes escribió en 1936 que cuando el desarrollo del capital de un país pasa a ser un subproducto de las actividades de un casino, lo más probable es que el trabajo se haga mal. El DL 3.500 prometía que la capitalización individual iba a llevar el ahorro de los trabajadores al desarrollo del país. Cuarenta y seis años más tarde, una parte de ese ahorro terminó apostada a las decisiones de la Reserva Federal, sin dejar nada a cambio en Chile.

Hay cosas concretas que el Congreso y la Superintendencia pueden hacer. Cada afiliado debería poder ver, todos los meses y en palabras que se entiendan, qué parte de su fondo está metida en derivados y para qué. En los fondos que se venden como conservadores, el E y seguramente también el D, los derivados deberían quedar restringidos a coberturas que se puedan demostrar. Habría que revisar, además, la rentabilidad mínima, de manera que las administradoras respondan con su patrimonio por las pérdidas que provienen de sus propias decisiones y no solo cuando se desvían del resto. Y la Superintendencia le debe al país un informe público que explique cómo se llegó a esta exposición y qué alertas sonaron, o no sonaron, mientras crecía.

Las pensiones se suelen discutir como un tema para especialistas. Lo ocurrido muestra que la pregunta es quién decide sobre los ahorros de millones de personas y a quién le rinde cuentas cuando se equivoca. Esta vez la apuesta la hicieron las administradoras, y la pérdida la cubren los afiliados. Con su plata, claro.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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