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La soledad también está estratificada Opinión

La soledad también está estratificada

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Mauricio Salgado
Por : Mauricio Salgado Académico del Departamento de Sociología, Universidad de Chile
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La soledad también expresa la desigualdad. Así lo muestran los resultados de la Encuesta de Bienestar Social 2025, publicada hace algunas semanas por el Ministerio de Desarrollo Social y Familia.


El informe señala que la soledad frecuente —haberse sentido solo casi siempre o siempre durante el último mes— afecta al 12,7% de las personas del quintil de menores ingresos y al 6,6% del más rico. En números: unas 400 mil personas en el quintil más pobre y poco más de 200 mil en el más rico.

Pero ese gradiente mezcla dos situaciones distintas. Cerca de 1,5 millones de chilenos se sienten solos frecuentemente. De ellos, unos 420 mil están además socialmente aislados: tienen uno o ningún vínculo cercano. El resto, más de un millón, se siente solo aunque tenga dos o más amigos o familiares cercanos. Es decir, siete de cada diez personas que se sienten solas en Chile tienen a quién llamar.

Esos dos grupos se comportan de manera distinta frente al ingreso. El aislamiento es un fenómeno de nivel socioeconómico: seis de cada diez personas aisladas pertenecen al 40% más pobre del país; entre las socialmente integradas, cuatro de cada diez. La soledad de quienes sí tienen a quién llamar, en cambio, atraviesa la estructura social, repartiéndose de manera más equitativa. ¿Por qué se sienten solas tantas personas que tienen a quién recurrir?

Desde los años setenta la investigación distingue la soledad social —estar fuera de una red— de la soledad emocional, la ausencia de alguien a quien confiarle lo que duele. Una red amplia resuelve la primera y deja intacta la segunda: la soledad es, por tanto, la distancia entre los vínculos que uno tiene y los que necesita.

Hay algo más. Ante un problema personal tendemos a evitar a nuestros seres queridos casi tanto como recurrimos a ellos. Hay temas, opiniones y dolores que es mejor no compartir con quienes queremos. Mario Small y sus colegas llamaron a este proceso “evitación de los vínculos fuertes”. Georg Simmel ya lo había advertido en 1906: para sostener un vínculo necesitamos al mismo tiempo revelar y ocultar. Los vínculos fuertes acumulan confianza y, junto con ella, historia: fachadas y la posibilidad de que lo dicho rompa la relación. Cuanto más importa alguien, más caro resulta lo que arriesgamos al hablarle.

Aquí reaparece la desigualdad. La evitación de los vínculos fuertes es igual de frecuente entre ricos y pobres; lo desigual es lo que queda disponible después de evitar. Las redes de menores ingresos se concentran en el parentesco y en unos pocos amigos íntimos; las de mayores ingresos incorporan más vínculos débiles —colegas, conocidos, profesionales— a quienes se puede recurrir porque no importan tanto. Evitar a un hermano cuesta poco si hay un colega. Cuesta mucho si el hermano es toda la red.

Si la desigualdad reparte alternativas, la política pública debería mirar las condiciones que hacen posibles los vínculos: jornadas y desplazamientos que dejen tiempo libre, cuidados que no recaigan sobre una sola persona, barrios donde salir de noche no dé miedo, equipamiento comunitario donde hoy no existe.

Conviene, entonces, incorporar la soledad como objetivo explícito y medible del sistema de protección social. Que la atención primaria, la red de cuidados, la vivienda, el transporte y los municipios —los dispositivos que ya llegan a los hogares más pobres— detecten la soledad y el aislamiento, con metas y presupuesto, y que la Encuesta de Bienestar Social evalúe esas acciones. Así se llegaría a las 420 mil personas hoy aisladas y se crearían las condiciones para que el millón que tiene a quién llamar pueda efectivamente hacerlo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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