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Las emergencias pasan, las ciudades quedan Opinión Archivo

Las emergencias pasan, las ciudades quedan

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Claudio Orrego
Por : Claudio Orrego Gobernador de la Región Metropolitana.
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Llamarlos desastres naturales no puede convertirse en una excusa para eludir nuestra responsabilidad de anticiparnos y proteger a las personas. Sabemos lo que tenemos que hacer. Si no lo actuamos, mañana la inacción no será ignorancia, sino negligencia.


En 1896, hace 130 años, el químico sueco Svante Arrhenius advirtió que la quema de carbón aumentaría el efecto invernadero y elevaría varios grados la temperatura del planeta.  Y aunque llevamos décadas conociendo sus riesgos, nuestra falta de acción ha provocado que el cambio climático llegara para quedarse. La pregunta, entonces, ya no es si tendremos que convivir con sus consecuencias, sino qué tan graves permitiremos que sean.

Tuvimos un aluvión en Las Condes, inundaciones en Providencia y Ñuñoa, un violento tornado en Estación Central y nuevos episodios de lluvias intensas, granizos y tormentas eléctricas en plena primavera.

Y no estamos hablando de un país cualquiera: Chile cumple siete de los nueve criterios de vulnerabilidad frente al cambio climático establecidos por Naciones Unidas. Tenemos costas bajas, zonas áridas, bosques expuestos, territorios propensos a desastres, sequías, ciudades contaminadas y ecosistemas montañosos frágiles. La ciencia lleva años advirtiéndonos que el calentamiento global intensifica los fenómenos extremos. Según el IPCC, con un calentamiento de 1,5 °C, las olas de calor que antes ocurrían una vez cada diez años podrían producirse cuatro veces en ese mismo período.

La primera conclusión es que no podemos seguir enfrentando emergencias mirando por el retrovisor. Si lugares que no se inundaban hoy se inundan, si aparecen tornados donde antes ni siquiera los considerábamos una amenaza y si la lluvia que antes caía durante varios días ahora puede concentrarse en pocas horas, entonces también tenemos que cambiar la manera en que planificamos la ciudad.

No podemos enfrentar el clima actual con mapas de riesgo construidos hace más de cuarenta años. La planificación define dónde construimos viviendas, hospitales y colegios. Define cómo protegemos quebradas y cauces, dónde necesitamos colectores, qué zonas tenemos que conservar y qué infraestructura debemos reforzar.

Cuando planificamos mal, tarde o temprano, la naturaleza nos pasa la cuenta. Por eso llevo tiempo insistiendo en una idea muy simple: una ciudad que se prepara es una ciudad más segura y prepararse significa invertir antes de la emergencia y no solamente gastar después, reparando sus consecuencias.

Planificar también significa tener mejor información, equipamiento, municipios coordinados, bomberos fortalecidos, capacidad para anticiparnos y obras que reduzcan los riesgos antes de que ocurra una tragedia.

Un dato: según Bill Gates, para mediados de este siglo, el costo del cambio climático para todas las ciudades costeras podría superar el billón de dólares… cada año. Invertir en mitigación y adaptación es en nuestro mejor interés.

Desde el Gobierno de Santiago hemos actuado. Creamos un Sistema de Emergencia Regional integrado a CONDOR para compartir información y mejorar la coordinación entre las 52 comunas; identificamos 175 puntos críticos de muy alto riesgo frente a lluvias y en sus áreas de influencia viven más de un millón de personas; hemos destinado más de $36 mil millones a fortalecer la capacidad de respuesta de municipios, Bomberos y otros organismos.

Esta semana incorporamos nuevas motobombas móviles para ser capaces de mover nuestros recursos hacia donde se necesitan. Sin embargo, ningún radar reemplaza una buena planificación. La tecnología puede ayudarnos a saber qué viene, pero responsabilidad de las instituciones es decidir qué hacemos con esa información y actuar a tiempo.

Y aquí aparece otra lección importante: Chile necesita fortalecer el papel de sus gobiernos regionales. Los incendios, las inundaciones, las olas de calor y las cuencas no conocen límites comunales. Tampoco esperan que las instituciones terminen de ponerse de acuerdo.

Necesitamos una mirada regional capaz de reunir información, ordenar inversiones, apoyar a municipios que tienen capacidades muy distintas y entender el territorio como un solo sistema, no como una serie de islotes independientes. Eso no significa reemplazar a Senapred, al MOP, a los municipios ni a los organismos sectoriales. Significa hacer algo que ninguna de esas instituciones puede hacer por sí sola: coordinar y articular al conjunto, como lo haría un director de orquesta.

La adaptación al cambio climático dejó de ser solamente una agenda ambiental. Como advierte Bill Gates en su libro Cómo evitar un desastre climático, hay quienes sostienen que deberíamos priorizar otras necesidades, como la salud o la educación. Pero el cambio climático amenaza precisamente ese bienestar: si no actuamos con rapidez, sus consecuencias se agravarán durante nuestras propias vidas y serán aún más severas para la próxima generación. Y, como suele ocurrir con las grandes crisis, quienes más sufrirán serán los más pobres.

El aluvión en San Carlos de Apoquindo nos plantea una pregunta: si conocemos los riesgos, si sabemos que una zona es vulnerable y contamos con herramientas para prevenir, ¿podemos seguir hablando simplemente de “desastres naturales”, como si sus consecuencias fueran inevitables y nadie tuviera responsabilidad?

Llamarlos desastres naturales no puede convertirse en una excusa para eludir nuestra responsabilidad de anticiparnos y proteger a las personas. Sabemos lo que tenemos que hacer. Si no lo actuamos, mañana la inacción no será ignorancia, sino negligencia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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