Opinión
Reforestar es una responsabilidad del Estado
Los proyectos de reforestación deben dejar de ser una suma de iniciativas aisladas para convertirse en una política de Estado, articulada de manera estratégica con la gestión de cuencas, la prevención de riesgos y la recuperación del bosque nativo.
Los recientes eventos que han afectado distintos territorios del país, entre ellos los ocurridos en San Carlos de Apoquindo, vuelven a poner sobre la mesa un cuestionamiento lógico pero incómodo: ¿cuánto de los riesgos que enfrentamos responde a fenómenos inevitables y cuánto a la forma en que hemos gestionado nuestro territorio?
Los proyectos de reforestación y restauración ecológica no evitan por sí solos los problemas asociados a eventos extremos. Sin embargo, la degradación de los ecosistemas, la erosión de los suelos y la pérdida de cobertura vegetal pueden agravar sus consecuencias. El problema no es que desconozcamos esta relación, sino que no se ha hecho lo suficiente para abordarla.
Junto a mi colega, Álvaro Escobar, abordamos este desafío en una columna publicada en Mundo Forestal (n.º 51, marzo de 2026), donde planteamos una alianza público-privada para gestionar estratégicamente las compensaciones por corta de bosque nativo. La idea es sencilla: articular los recursos privados que ya se destinan a reforestación con una planificación pública capaz de priorizar los sitios en donde estas inversiones generen mayores beneficios ecológicos y sociales.
Pero el desafío va más allá de las compensaciones. La restauración y la reforestación no pueden seguir dependiendo exclusivamente de las obligaciones ambientales de los proyectos de inversión, de la iniciativa de fundaciones o del voluntarismo de quienes plantan árboles. Sin desmerecer esos esfuerzos, el Estado debe asumir un papel activo, con planificación, financiamiento y capacidad de ejecución a una escala acorde con la magnitud del problema.
Y nada de esto es nuevo. En Chile existen antecedentes históricos de larga data sobre la preocupación por la erosión y la degradación de los cerros, además de décadas de conocimiento técnico y experiencia profesional y académica en restauración ecológica y reforestación. Sabemos cómo intervenir; contamos con profesionales y empresas capacitadas. Lo que falta es transformar ese conocimiento en una política pública sostenida, con prioridades territoriales claras y objetivos de largo plazo, sin depender de la “caridad” de ciertas organizaciones.
Los proyectos de reforestación deben dejar de ser una suma de iniciativas aisladas para convertirse en una política de Estado, articulada de manera estratégica con la gestión de cuencas, la prevención de riesgos y la recuperación del bosque nativo.
Seguir esperando a que una emergencia nos obligue a actuar es aceptar que el costo de la inacción lo paguen las personas. Restaurar no es solo plantar árboles: es prevenir y asumir una responsabilidad que el Estado ya no puede seguir postergando.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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