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Lula y la lección que la izquierda no debería ignorar Opinión

Lula y la lección que la izquierda no debería ignorar

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Teresa Velastín Bastías
Por : Teresa Velastín Bastías Especialista en temas de Participación Social y Ciudadanía
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La experiencia de Lula no constituye una receta que pueda trasladarse mecánicamente a otros países.


Por su peso económico y político, Brasil es un actor fundamental para América Latina, pero su elección también deja una pregunta para el progresismo: ¿cómo construir mayorías en sociedades atravesadas por la polarización y el avance de las derechas radicales?

La estrechez del resultado demuestra que la disputa sigue abierta. No basta con tener una identidad política definida ni con movilizar a quienes ya comparten nuestras convicciones o el llamado voto indeciso. El desafío es convocar a quienes esperan respuestas concretas a sus problemas cotidianos.

Aquí aparece una primera lección: el progresismo no puede confundir la defensa de sus principios con la capacidad de construir una mayoría social.
Durante demasiado tiempo, parte de la izquierda ha corrido el riesgo de fragmentar su discurso entre causas y demandas legítimas, sin conseguir siempre articularlas en una propuesta común. La defensa de la diversidad, los derechos de las mujeres, el medioambiente y los derechos humanos es irrenunciable. Pero su sola enunciación no constituye un programa suficiente para gobernar.

Los que tienen el miedo a perder el trabajo, vive en un barrio afectado por la delincuencia o espera una atención de salud necesita respuestas. Quiere saber cómo mejorarán sus condiciones de vida, qué oportunidades tendrá su familia y qué puede esperar del Estado.

Hablar de empleo, seguridad, educación y salud no significa abandonar el progresismo. Significa demostrar cómo sus principios se traducen en soluciones.
La derecha radical ha comprendido que la incertidumbre económica, el temor al delito y los cambios culturales pueden convertirse en herramientas de movilización política. En ocasiones, también utiliza la fe y los valores conservadores para construir identidad y cohesión. Frente a ello, no basta con denunciar el miedo ni descalificar a quienes lo experimentan. Es necesario comprender sus causas y ofrecer respuestas democráticas, eficaces y socialmente justas.

La seguridad pública no es patrimonio de una ideología. Tampoco lo son el empleo, la estabilidad o la preocupación por el costo de la vida. Cuando la izquierda evita discutir estos temas, termina permitiendo que sus adversarios definan los términos del debate.

La segunda lección tiene que ver con la política de acuerdos. En sociedades divididas, construir gobernabilidad exige dialogar, establecer prioridades y reconocer que ninguna fuerza política representa por sí sola a toda la ciudadanía. Los acuerdos no tienen por qué significar renunciar a los principios; pueden ser la vía para convertirlos en transformaciones concretas y sostenibles.

Esta discusión es especialmente relevante para Chile y Argentina. Las próximas disputas electorales exigirán algo más que defender identidades partidarias o reaccionar frente a la agenda de los adversarios. Necesitamos proyectos capaces de hablarle a la sociedad en su conjunto, con prioridades reconocibles y propuestas que conecten las preocupaciones inmediatas con un horizonte de igualdad.

Porque las personas no viven sus problemas separados por categorías ideológicas. El empleo se relaciona con la educación; la seguridad, con la cohesión de las comunidades; y el acceso a la salud, con la dignidad y la protección social. Los derechos necesitan instituciones capaces de garantizarlos, y las promesas políticas requieren resultados para sostener la confianza ciudadana.

La experiencia de Lula no constituye una receta que pueda trasladarse mecánicamente a otros países. Brasil tiene su propia historia, sus particularidades y sus contradicciones. Sin embargo, su elección nos obliga a revisar cómo comunicamos nuestras propuestas, a quiénes estamos convocando y qué respuestas ofrecemos a las incertidumbres de nuestro tiempo.

El progresismo no tiene que elegir entre defender derechos y preocuparse por las urgencias de las mayorías. Debe demostrar que ambas cosas forman parte de un mismo proyecto.

Porque no basta con tener razón en nuestros espacios de debate. La tarea de la política transformadora es construir las mayorías necesarias para cambiar la realidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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