Opinión
Cuatro hipótesis sobre un presidente que no corrige
Las cuatro hipótesis comparten algo: en todas, el costo de no corregir lo paga el país, no el presidente.
La popularidad del presidente Kast se parece a una escalera que se baja de a un peldaño por mes. Hubo descansos, algún mes en que pareció detenerse a tomar aire, pero nunca un tramo de subida. Comenzó arriba: en la primera medición de su gobierno, en marzo, registraba un 57% de aprobación. En invierno ya iba por la mitad de la escalera, cerrando julio con un promedio de 37%. Agosto fue un descanso breve, con un promedio de 39%, pero septiembre cerró en 35%, el nivel más bajo hasta entonces, y octubre fue su peor mes, con 30%. Y cuando parecía que la escalera llegaba al primer piso, el caso Rabat le abrió la puerta del sótano. Hoy está en el 26%, 31 puntos menos que al llegar a La Moneda. Y solo han pasado ocho meses.
Un 70% rechaza mantener al ministro de Justicia, y el desgaste ya alcanza a los propios: entre quienes votaron por Kast en segunda vuelta, el respaldo cayó diez puntos, a 59%. La presión también llega desde dentro. Renovación Nacional cuestionó públicamente la conducción política del Ejecutivo y pidió revisar las responsabilidades de los asesores directos del presidente. Kast, en tanto, volvió a blindar a Rabat desde su gira por Europa y emplazó a la oposición a presentar la acusación constitucional.
El diagnóstico tampoco viene solo de la oposición. El filósofo y analista político Hugo Herrera advirtió que, en un sistema hiperpresidencialista como el chileno, el debilitamiento de la figura presidencial es especialmente grave por la centralidad de la Presidencia en el diseño institucional: si el presidente no logra conducir, no hay quien conduzca. Ya en septiembre había señalado que el mandatario tenía un problema de liderazgo y que su Segundo Piso carecía de visión política estratégica. Ahora fue más lejos: pidió a los propios leales al presidente decirle con franqueza en qué no es bueno, y delegar esas tareas en ministros, alcaldes u otras figuras que se desempeñen mejor en esos ámbitos. La pregunta ya no es si hay señales para cambiar el rumbo, sino por qué el presidente no las lee como tales. Propongo cuatro hipótesis. No son excluyentes; quizás la respuesta esté en la mezcla.
Hipótesis 1: el padre estricto
La primera es que el presidente se comporta como un padre autoritario: alguien que sabe, o cree saber, cuál es el camino correcto, y para quien reconocer un error equivale a perder la autoridad. Decir “lo siento, me equivoqué” no es para él un gesto de madurez, sino una grieta por la que se escapa el respeto de los hijos.
El lingüista George Lakoff describió este esquema en Moral Politics (1996): el modelo del “padre estricto”, en que el mundo es peligroso, la disciplina y la fortaleza moral son las virtudes centrales y la autoridad del padre no se discute. En ese marco, rectificar no es prudencia, es claudicación. La psicóloga Diana Baumrind, por su parte, distinguió entre el estilo parental “democrático” o con autoridad, que pone exigencias pero explica y escucha, y el estilo autoritario, que exige obediencia sin dar razones. Detrás del segundo puede esconderse un temor: si cedo una vez, lo pierdo todo. Sacar a Rabat por presión ajena sería, en esta lógica, admitir que otros mandan en la casa. Bajo esta hipótesis, la rigidez del presidente no es fuerza, sino miedo a que la fuerza se le acabe.
Hipótesis 2: un mundo con pocas puertas
La segunda hipótesis es más simple y quizás más inquietante: Kast tiene un repertorio acotado de ideas y lealtades, y no tiene otras. No es que rechace las alternativas; es que no logra imaginarse fuera de ellas.
Philip Tetlock, en Expert Political Judgment (2005), retomó la distinción de Isaiah Berlin entre “erizos” y “zorros”: los primeros saben una gran cosa y la aplican a todo; los segundos saben muchas cosas pequeñas y ajustan. Tetlock comprobó que los zorros aciertan más, aunque los erizos, más seguros y tajantes, suelen resultar más convincentes en público. Arie Kruglanski agregaría la “necesidad de cierre cognitivo”: el deseo de una respuesta firme, la que sea, que lleva a aferrarse a la primera conclusión y a cerrarse a la información nueva. Y si el círculo de confianza piensa igual, aparece lo que Irving Janis llamó pensamiento de grupo: equipos tan cohesionados que privilegian la unanimidad y se autocensuran antes que traer una mala noticia. No es casual que la crítica de RN apunte, precisamente, al entorno más cercano del presidente. El problema no sería la terquedad, sino un mapa con muy pocas calles.
Hipótesis 3: el mártir
La tercera hipótesis es que el presidente se concibe como un mártir. No gobierna para ser querido, sino para ser fiel. Se ve a sí mismo cumpliendo el legado de Jaime Guzmán, y si el costo es la impopularidad, la impopularidad confirma que va por el camino correcto. Es la lógica del sacrificio: inmolarse por las ideas.
Max Weber lo planteó en 1919, en su conferencia La política como vocación. Distinguió entre la ética de la convicción, que actúa según principios y deja los resultados en otras manos, y la ética de la responsabilidad, que responde por las consecuencias previsibles de lo que hace. Weber advertía que, cuando las cosas salen mal, el político de pura convicción culpa al mundo, a la necedad de los demás o a la voluntad de Dios, nunca a sí mismo. Y concluía que el político maduro no elige entre ambas éticas, sino que las combina. En el imaginario gremialista, la figura de Guzmán, asesinado en 1991, carga además con una dimensión de sacrificio que puede volverse modelo. Si esta hipótesis es correcta, cada encuesta adversa no es una alarma, sino una prueba de pureza.
Hipótesis 4: el bloqueo
La cuarta hipótesis es la más humana: el presidente está bloqueado. No sabe qué hacer. Cualquier giro le parece riesgoso, y la inercia se vuelve la opción menos dolorosa.
Irving Janis y Leon Mann, en Decision Making (1977), llamaron a este estado “evitación defensiva”: cuando todas las alternativas parecen malas, quien decide posterga, traspasa la responsabilidad a otros o racionaliza la opción que ya tomó. Barry Staw describió la “escalada del compromiso”: mientras más se ha invertido en una decisión, más difícil es abandonarla, aunque la evidencia la contradiga. Hay indicios de ese vaivén: el vocero ha dicho que el respaldo a Rabat no es una decisión “marcada en piedra”, mientras el presidente lo sostiene desde el extranjero. Desde fuera, el bloqueo se parece mucho a la convicción. Ambos producen la misma imagen: un líder que no se mueve. Pero mientras el convencido no quiere cambiar, el bloqueado no puede.
Lo que dirían sus fieles
Sería injusto cerrar sin escuchar a sus partidarios, que los hay, aunque cada domingo la Cadem cuenta algunos menos. Para ellos no hay rigidez, sino coherencia. Gobernar a golpe de encuesta, recuerdan, es un vicio que Chile le reprochó a otros. Cambiar un ministro para calmar a la galería sería ceder a la presión de quienes nunca votarán por este gobierno, y los resultados en seguridad y economía, aseguran, necesitan más tiempo del que concede la ansiedad de los matinales. Es un argumento serio, y merece ser tomado en serio. Aunque cuesta no notar que la paciencia que hoy se le pide al país es exactamente la que el entonces candidato Kast nunca tuvo con el gobierno anterior. Y que, entre sus propios votantes, la fe empieza a pedir pruebas.
Lo que está en juego
Las cuatro hipótesis comparten algo: en todas, el costo de no corregir lo paga el país, no el presidente. El padre estricto, el erizo, el mártir y el bloqueado terminan en el mismo lugar si nadie abre la puerta. La pregunta, entonces, no es solo por qué no cambia, sino quién en su entorno se atreverá a decírselo.
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