Opinión
Chile y la diversidad de sus estaciones para vencer el desempleo
Asumir nuestro patrimonio como una economía continua de cuatro estaciones es la decisión más concreta para descentralizar la riqueza, elevar la calidad del empleo y darle a Chile un motor de desarrollo que su mercado laboral necesita.
En medio de un escenario macroeconómico tenso, donde el mercado laboral nacional enfrenta una cifra de desocupación que roza el millón de personas, el debate económico suele ignorar a uno de los sectores que sabe responder muy bien a la urgencia de generar empleo: el turismo. Mientras gran parte de los rubros productivos congelan o contraen plazas laborales, las Actividades Características del Turismo (ACT) sostienen entre 680.000 y 695.000 trabajadores ocupados, representando más del 7,3% del empleo total del país. Esta fuerza laboral posee, además, una alta inclusión social, destacando por un histórico 52,1% de participación femenina y una inserción notable de jóvenes en las regiones. Sin embargo, la política pública insiste en encasillar a la industria bajo el arcaico paradigma de la “temporada alta y temporada baja”. Superar esta mirada no es solo una discusión conceptual; es una exigencia de estrategia económica que permitiría dotar al mercado laboral de una estabilidad que el país está pidiendo hace rato.
La evidencia del invierno: La consolidación irreversible del segundo pico
La razón de fondo para cambiar el paradigma es que la estacionalidad estival se rompió en los hechos. La brecha de ocupación del turismo, entre el verano y el invierno, se ha reducido a una diferencia casi insignificante: mientras el último verano la cifra de empleos más alto se registró entre 690.000 y 695.000 trabajadores, la temporada invernal registró 680.200 personas ocupadas. Esta distancia, de apenas 15.000 puestos confirma, que la continuidad verano-invierno no es una casualidad, sino ya se ve como una tendencia sólida. Esta segunda “temporada alta” se sostiene en el atractivo de la cordillera, la nieve y las termas, movilizando a más de 20.000 empleos directos e indirectos en torno a la montaña y articulando un turismo receptivo internacional de alto gasto —con visitantes de Argentina, Brasil y Estados Unidos que consumen entre USD 300 y USD 600 diarios— junto a un masivo flujo de turismo interno, que genera más de 62 millones de viajes con pernoctación al año entre las regiones de Chile.
El otoño y la oportunidad estratégica en mercados regionales
Con la certeza de que el invierno ya se emparejó con el verano, la responsabilidad estratégica del Estado es adelantarse al calendario del próximo año. Quedan exactamente cuatro meses para marzo, el momento oportuno para diseñar una política pública que posicione al otoño (marzo a junio) como la tercera temporada de desarrollo continuo de viajes al país. A diferencia de los mercados de larga distancia como Europa, que requieren planificaciones promocionales con un año de anticipación, los mercados de cercanía, como Brasil, México, Colombia y Argentina, toman decisiones de viaje en el mediano y corto plazo. Esta agilidad permite capturar a segmentos de alto consumo que buscan experiencias de naturaleza, vino y estaciones marcadas, que estén cerca de ellos. En otoño, Chile ofrece la policromía única de los bosques nativos del sur y la Patagonia con sus tonos dorados, cobrizos y rojos, combinada con el gran tractor regional de las Fiestas de la Vendimia, donde más de 180 viñas abiertas al enoturismo llenan la ocupación hotelera y activan a transportistas, artesanos y a la gastronomía local entre marzo y mayo. Todo esto, sumado a la cercanía geográfica, el escaso desfase horario y la posibilidad de conectar cordillera, costa y vida urbana en una sola jornada, convierte al otoño en una ventana de alta conversión estratégica. A estos ocupantes internacionales se puede sumar la demanda interna, que también moviliza y dinamiza el turismo en su entorno, para lo cual, ya un viaje de fin de semana puede ser un elemento activador de la industria.
La contundencia de la data laboral y macroeconómica
La masa crítica que respalda esta mirada se refleja con nitidez en la matriz económica del país. El turismo aporta de forma directa un 3% al Producto Interno Bruto y roza un 10% al medir sus encadenamientos indirectos en comercio, transporte y alimentación. Además, genera entre USD 3.000 millones y USD 3.500 millones anuales en divisas por exportación de servicios —superando los retornos de exportaciones tradicionales como el vino— a través de una red de más de 250.000 empresas, donde el 98% son micro, pequeñas y medianas empresas descentralizadas. Esta capilaridad territorial garantiza que la riqueza generada no se concentre en pocas corporaciones, sino que irrigue directamente en las economías locales de cada región.
Una política pública para mover las regiones con orgullo por Chile
La transformación de todo este potencial en empleo formal y estabilidad requiere la construcción de una política pública que nos haga estar profundamente orgullosos por Chile y por la capacidad probada de nuestros territorios. El punto de partida podrá ser tomar la Ley de Fomento a la Industria del Turismo, actualmente en tramitación legislativa, entregándole las modificaciones y ajustes que requiera para lograr su aprobación definitiva durante este año legislativo. El despacho de la norma en este ejercicio permitirá al país avanzar hacia el próximo año con un presupuesto más robusto para el desarrollo de la promoción internacional. Asimismo, resulta indispensable acompañar este impulso promoviendo la adaptabilidad laboral de forma responsable, cuidando el desarrollo continuo de las personas, acelerando la formalización de la mano de obra —donde actualmente un 67,4% opera con contrato formal— y apoyando decididamente la profesionalización del turismo en cada territorio. Asumir nuestro patrimonio como una economía continua de cuatro estaciones es la decisión más concreta para descentralizar la riqueza, elevar la calidad del empleo y darle a Chile un motor de desarrollo que su mercado laboral necesita.
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