Opinión
Detener el descalabro
La presidencia, aquella intuición genial de Portales, acaso lo sacro que nos queda, la única autoridad unipersonal capaz de dirigirse al pueblo entero, precisamente esa autoridad no se ejerce: Kast está dejando sin conducción al país.
La gravedad de la hora contrasta con la pequeñez de la conducción. El gobierno de Kast enfrenta presiones mundiales, vecinales e internas. China, Estados Unidos, Rusia y Europa disputan el orden del planeta. Chile dispone de escasos medios para moverse entre gigantes. Conviene estrechar la alianza con Europa, que ofrece inversión y tecnología dentro de un marco compartido de derecho y democracia. La IA añade una incertidumbre comparable a la primera Revolución Industrial: según la OIT, uno de cada cuatro empleos del mundo está potencialmente expuesto a la IA generativa.
Nuestros vecinos se están armando. Perú fortalece sus capacidades e industria militar con Corea del Sur. Argentina ya recibió doce F-16 y proyecta adquirir tres submarinos, con una autorización de crédito por US$2.300 millones propuesta para 2027. Las sonrisas diplomáticas no borran los intereses contrapuestos: Perú no renunciará a Arica; y las reivindicaciones antárticas argentinas y de los mares se superponen directamente con las chilenas.
Dentro, la legitimidad sigue maltrecha. La confianza en el Congreso y los partidos lleva años en el suelo. Parecido ocurre con las empresas; se confunde demasiadas veces la extracción de rentas con la creación de riqueza. El Mercurio y el DF podrán celebrar sus balances, pero un balance no es un proyecto de país. La escuela es un desastre y la productividad lleva un cuarto de siglo estancada.
Y el resorte principal de la máquina no funciona. La presidencia, aquella intuición genial de Portales, acaso lo sacro que nos queda, la única autoridad unipersonal capaz de dirigirse al pueblo entero (algo que ni el cardenal, ni el gran maestro, ni el gran pastor pueden hacer), precisamente esa autoridad no se ejerce: Kast está dejando sin conducción al país. Gobernar exige ordenar fuerzas, establecer prioridades y responder por los resultados.
Primero iba a ser la seguridad. Dejó de ser la seguridad. La sucesión de ministros no ha producido una conducción convincente. Las policías necesitan recursos, inteligencia y capacidad operativa. Después iba a ser la economía, refugio habitual de la derecha filistea. Pero la cesantía llegó a un 9,8% en julio-septiembre; entre las mujeres, al 10,5%. El mal es estructural.
¿Cómo enfrentar la revolución tecnológica invirtiendo poco más de un 0,3% del presupuesto? Tenemos ingenieros y capacidades militares para desarrollar industrias descollantes y sistemas de defensa de excelencia. Falta decisión política.
Más aún, Chile no tiene política territorial. Estamos hacinados en tres centros urbanos; el resto es un desierto abandonado, un sur austral prohibido —entiéndase bien: ¡prohibido!— a la colonización chilena (el último esfuerzo colonizador serio fue el de Frei Montalva). Y ciudades del valle central se encuentran estancadas hace medio siglo.
La mezcla es peligrosa: frustración popular, vulnerabilidad exterior, instituciones desacreditadas y una presidencia sin rumbo. Bastaría un conflicto limítrofe o una protesta de desesperación para precipitar una crisis que nadie sepa conducir. Ni siquiera hay una oposición capaz de encauzar el descontento. Mientras tanto, cada politiquillo organiza su partido, su lote, su pequeño negocio de influencia. Todos quieren una porción del mando; escasean quienes aceptan la responsabilidad del conjunto.
No es grato denunciar males. Tampoco perder las expectativas en un presidente que parece aspirar, como Barros Luco, a no ser amenaza para nadie. Pero la inofensividad puede convertirse en una amenaza para el país cuando la época exige conducción. El tiempo que se pierde arriba se paga abajo, en empleos, seguridad y esperanza.
No es grato denunciar males, pero callarlos sería faltar a un deber mínimo. Urge relevar, sin miramientos, la incapacidad acumulada; empezar por ese segundo piso desastroso, cuya soberbia luce inversamente proporcional a sus resultados. Kast necesita leales capaces de obedecer y también de advertir, de proponer y de conducir. ¿No aportarían un Juan Antonio Coloma padre, un Andrés Allamand o un Mario Desbordes solvencia e ideas? ¿Líderes capaces de pararse en sus dos piernas con firmeza y autoridad? ¿No serían mucho más necesarios en La Moneda que donde están hoy? Es como un mínimo que reclama la patria en esta hora gris y aciaga.
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