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Ex religiosa Francisca Subercaseaux: bendita pandemia PAÍS

Ex religiosa Francisca Subercaseaux: bendita pandemia

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Tan beneficioso resultó el COVID-19 para esta ex periodista y ex monja y para los residentes de la Hostería San Benito de Rengo, que hoy hasta se regodean con la comida y están chatos con las empanadas camarón queso y la cocina exótica. Por la necesidad de hacer cuarentena, pasó de voluntaria a creadora de fundación TODOSUNO, permitiendo que este programa funcione las 24 horas de lunes a viernes.


Tiene las paletas separadas, la nariz respingada, el pelo largo y canoso, cuestión que resuelve con seis lucas en una peluquería de Rengo. “Llevando, eso sí, yo el producto”, precisa, riéndose, Francisca Subercaseaux Medina (50), ex periodista, ex profesora, ex monja de claustro y hoy creadora y directora de Fundación TODOSUNO.

Vive aquí, desde hace unos cinco años, en este helado sector de la región de O´Higgins, donde hasta los parronales necesitan estufas en invierno. En 2018, resolvió dejar de venir mensualmente donde sus amigas benedictinas e instalarse por estos lados de manera definitiva. Arrienda una acogedora vivienda de inquilinos con vista a las viñas, al sur de Rengo, en un sector llamado Los Gomeros. Sus vecinos se refieren a su domicilio como “la casa de la monja”, aunque ya no es monja. 

Cuando era una joven e ilusionada periodista del equipo fundador de revista “Sábado” de El Mercurio, partió a reportear la vida de unas monjas de claustro, las benedictinas de Rengo. Era fines de 1999, cuando fue… Y no volvió en dos años. Se quedó dentro. Ahí adelgazó muchos kilos, hizo amigas entrañables y descubrió que pese a todo lo que quería, no tenía vocación para la vida religiosa en silencio, en oración. “Lo mío es lo social, la acción social, definitivamente”, dice ahora que está feliz de haber podido satisfacer esa inquietud. 

Antes de lograrlo, trabajó varios años en Canal 13, donde fue mano derecha del encargado de velar por los estándares de calidad de los contenidos en ese tiempo, el periodista Paulo Ramírez. Pero se hartó: “No había estudiado periodismo para centrarme en cuánto costaba el vestido de Cecilia Bolocco para la apertura del Festival de Viña. Entonces me tocaba participar de reuniones donde el entonces gerente de programación, Vasco Moulian, sostenía que el éxito en televisión se resumía en 2p+d: poto, pechugas y desgracias”. 

Decepcionada, la hija del conocido publicista Martín Subercaseaux Sommerhoff, sobrina de la escritora Elizabeth Subercaseaux y del pintor Juan Subercaseaux, estudió pedagogía, hizo clases, trabajó en el Hogar de Cristo, administró una parroquia, hasta que se decidió… a ser misionera en el Congo. 

Aunque Francisca es reconocidamente exagerada, le creemos cuando nos dice que estaba toda su familia congregada en el aeropuerto para despedirla, cuando le avisaron que se había desatado una guerra civil y que no podían entrar extranjeros a su país de destino. Se le cayó el alma a los pies. Había dejado pega, vendido muebles, auto, arrendado su departamento y no tenía dónde vivir. Partió a Rengo, su refugio. 

Hoy, en ese pueblo de la Región de O´Higgins, a escasos kilómetros del precioso Monasterio de las Benedictinas, que es patrimonio nacional y un ejemplo de arquitectura colonial chilena, Francisca Subercaseaux, encontró su Congo y su misión en Chile. 

Sus muertos más queridos

-Llamaron de la Secretaría Ministerial de Rancagua a las cinco de la mañana para avisar que había un hombre durmiendo en un basural, que estaba escarchado, medio muerto y preguntaron si lo podíamos recibir. Yo, que era novata en esto, dije que sí al tiro. Lo trajeron: era una persona no valente, venía hecho pipí, con el cuerpo lleno de llagas. Pero lo ingresamos y así, de a poco, Francisco empezó a recuperar el habla y con ello la dignidad que había perdido. Nunca supimos cuánto tiempo llevaba durmiendo en el basural o si tenía a alguien en el mundo. Estuvo un año acá. Todos lo cuidaban y querían mucho. Había perdido el equilibrio; se caía mucho. Logramos que lo recibieran en una residencia de larga estadía, donde estuvo otro año, muy bien cuidado. Murió en 2021 y fuimos todos a despedirlo. Tenía 66 años. Era un hombre joven con una vida vieja. Una vida envejecida por la soledad y la falta de afecto.   

Francisca llama “hermanos” a los 200 hombres que ha conocido desde que partió en 2017 como voluntaria en la Hospedería de Hombres San Benito del Hogar de Cristo en Rengo. “No puedo decirles usuarios o acogidos, como se estila. Tampoco soporto que ellos me digan tía, así es que, aunque suene medio evangélico, nos tratamos de hermanos”. 

Ella empezó a venir por pocas horas a diario desde el Monasterio y descubrió que la hospedería abría a las 6 de la tarde y cerraba a las 8 de la mañana. “Ahí me di cuenta de que no podía ser que de día se quedaran en la calle. Había que hacer algo para mantenerlos bajo techo, abrigados y alimentados, sobre todo a los viejos. Así evitaríamos que machetearan en la calle, ganaran dos lucas y se las tomaran, porque se les iba la vida en eso”. Decidida, como es, logró que le pasaran la parroquia frente a la Hospedería y le regalaran alimentos. Ahí estuvo durante meses, dando almuerzo a cerca de 50 personas en situación de calle. La mitad eran de la Hospedería y el resto llegaba por recomendaciones boca a boca. 

-Yo cocinaba para ellos con los alimentos que me empezaron a donar algunas empresas, pero se  hizo necesario crear una fundación para recibir esos aportes de manera formal. Tuve que sacar personalidad jurídica; ahí me ayudaron varias personas y nació TODOSUNO, porque yo creo que todos somos uno ante el prójimo más necesitado. A mí lo que menos me importa es la fundación, yo digo que trabajo en el Hogar de Cristo, porque creo de verdad que todos somos uno en esta tarea.

Y llegó el COVID-19.

-La pandemia fue el mejor regalo que he tenido en mi vida, porque de la precariedad con que atendíamos en parroquia pasamos a tener una alianza formal con la Hospedería del Hogar de Cristo para trabajar de manera indefinida 24/7. Hogar de Cristo se hace cargo del funcionamiento de la casa desde las 18 horas hasta las 8. A esa hora, llego yo para atender a los hermanos en el día. En la parroquia tenía un baño para cincuenta personas, una cocina enana, así es que acá las condiciones de trabajo cambiaron del cielo a la tierra. 

La ex periodista y ex monja cuenta que cuando las cuarentenas terminaron, la jefa de operación social de la región de O’Higgins del Hogar de Cristo, Monserrat Duarte, y el jefe de la Hospedería, Juan Farías, analizaron lo virtuoso que había sido trabajar en alianza y le pidieron que se quedara. “La relación es todos uno. No hay ambiciones, celos, tonteras. Yo no me siento ajena aquí ni haciendo un favor. Trabajamos todos juntos como seres humanos que se duelen con el dolor ajeno”, dice Francisca. Cuenta que ha aprendido mucho: “Yo soy demasiado exagerada, por eso la visión del Hogar de Cristo, profesional, reparadora de derechos y no asistencialista, me enseñó a no llorar todo el día, porque al comienzo todo lo que veía me parecía muy fuerte”. 

Sensible, se emociona, recordando a sus amigos muertos más queridos. A los cuatro que ha acompañado en su buen morir. En especial a uno: “Jorge Benelli llevaba muchos años en el Hogar. Era precioso, con unos ojos azules transparentes. Tenía una cirrosis hepática grave. Pasaba de ser el Mahatma Gandhi a un demonio, todo a causa de que la sangre se le envenenaba y el cerebro no le funcionaba. Ese hombre me marcó. Después de conocerlo, de ir con él a misa al Monasterio, de oírlo hablar de su vida en calle, de su paso por los hospitales, de lo que significaba para él el Hogar de Cristo, sentí que mi vocación era ésta. Jorge terminó en una casa de acogida en San Bernardo y el día de su muerte me tocó acompañarlo, meter su cuerpo al ataúd. La nuestra era de verdad una relación de hermanos, además teníamos cumpleaños el mismo día”. 

Cómprese una polerita, hermana

Francisca conoce al dedillo las historias  personales de cada uno de los hombres de la Hospedería de Rengo. Sabe mucho de todos, como de “los primos”, el inseparable dúo que forman Martín Huentecol (67) y Carlos Pradenas (76), residentes antiguos de la Hospedería, ambos oriundos de La Araucanía. El primero de Carahue y el segundo de Tolten. Ambos, con consumo problemático de alcohol y complejos problemas de salud. Mientras uno canta rancheras –Carlitos se luce entonando “Juan Charrasqueado”, un clásico en las fiestas campesinas–, Martín entona largas letanías en mapudungun. Así como a uno hay que llevarlo a comprarse zapatos o zapatillas cada mes (“Martín tiene un TOC con el tema del calzado”, bromea Francisca), a otro hay que acompañarlo a cobrar su pensión. “Todo Rengo sabe que Carlitos usa los calcetines como alcancía, por eso hay que vigilar que no pierda la plata o que no lo asalten”. 

Se nota que los quiere y que ellos le devuelven el cariño aumentado. “Yo soy la que más gano en esta relación”, afirma ella, mientras el trabajador social a cargo de la Hospedería, Juan Farías (34), comenta: “La Fran ha sido como una bendición. Nos permitió dar continuidad en el día a nuestros servicios, pero sobre todo cambió la dinámica de la Hospedería. Ella es humana y caritativa, en el mejor sentido de la palabra. Siento que con ella revitalizamos lo humano, tanto nosotros como equipo como las personas que acogemos. Ella y la pandemia se sumaron para dejar atrás los individualismos y volvernos todos mucho más una comunidad”. 

El “hermano” Pedro Flores (“No digas acogido”) también la pondera. “Soy un agradecido de la Fran; me salvó la vida”. Sabe que fue ella quien llamó a la ambulancia el día en que él llegó pidiendo ayuda y luego se puso a girar en círculos mirando el cielo, sin que nadie lo pudiera parar. 

Entre siete lograron controlarlo, mientras ella insistía en que lo suyo era un ataque sicótico. En el Hospital de Rancagua, determinaron que su hígado estaba totalmente envenenado y las toxinas le subían al cerebro. “Tenía hepatitis C, cirrosis, herpes y sífilis”, enumera hoy, renacido. 

Son 200 las historias, 200 los vínculos, presentes siempre, aunque algunos ya no estén. Y cientos también las anécdotas. “¿Me creerás que están cabreados de comer empanadas de camarones con queso? Hace un tiempo nos donaron 278 empanadas de camarón queso grandes y ahora me dicen hasta cuándo y rezongan y se van a almorzar a otro lado. La otra vez les quise enseñar comida de otros países y me pidieron seriamente que no innovara con la lasaña y otras exotiqueces, que preferían porotos con riendas. Agrosuper nos ha donado unos postres impresionantes, que valen más de mil pesos en el supermercado, y les fascinan. A mí me encanta que disfruten de cosas que ni sabían que existían”. 

Aunque está orientada al hacer, Francisca no es puro pragmatismo. Cuando se detiene, deja de revolver las ollas, ordenar la casa y habla, es evidente que el sentido de su trabajo es absolutamente trascendente. 

-El 98 por ciento de los doscientos hombres que he conocido en estos años de lo que carecen es de amor. No tuvieron nunca un referente afectivo que les diera lo más importante: amor. Y a raíz de eso, empieza todo el tema del consumo de droga, de alcohol, los robos… Yo siento que nuestra misión es restituirles ese cariño que no han tenido, compensarlos por esa falta. Y lo hago a través de la comida, de la cama caliente, de la conversación atenta, profunda, consciente. Más de alguno de ellos me ha dicho aquí mismo: “Hace muchos años que nadie me llamaba por mi nombre”. Yo me pongo a llorar escuchándolos y contándote esto ahora –dice, con los ojos vidriosos y la voz entrecortada.

-¿Por qué, teniendo talento para escribir, para dibujar, prefieres cocinar, limpiar, ir a rescatarlos de la calle? 

-Porque sólo gano al hacer esto, como nunca. Para mí, ellos son la presencia del Señor en mi vida. Eso es lo que me mueve. Nunca pensé que estaría cortándoles las uñas, recogiéndolos de cualquier parte cuando no llegan, llorando con ellos, escuchándolos; jamás pensé que haría algo así, pero nunca he sido más feliz. Las personas con que trabajo son tan carentes cariño, tan desarraigas de sus familias, con historias tan quebradas, que mi obligación es tratarlos como si fueran Cristo mismo. 

Unos Cristos especiales. Ocurrentes. Generosos. Como Carlitos Pradenas, que la primavera pasada, cuando aún se vivía lo peor de la pandemia, fue con Francisca a la misa de domingo al Monasterio. “En la mitad de la Consagración, él se paró, cruzó la Iglesia, se paró frente a las monjas, que se ubican detrás del altar, y les pasó cinco lucas para que se compraran una poleritas de colores. Les dijo que hacía mucho calor para andar tan abrigadas y oscuras. Así son los hermanos. Adorables”, concluye, iluminada, la directora de Fundación TODOSUNO.

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