PAÍS
Chilena Nieves Ayress deja al Congreso de EE.UU. en silencio tras narrar crueles torturas
Nieves Ayress tenía 25 años cuando la DINA la detuvo y torturó. Expulsada de Chile en 1976, reconstruyó su vida en el Sur del Bronx, donde ha dedicado casi cuatro décadas a organizar comunidades. El 10 de febrero, llevó su testimonio al Congreso de EE.UU., denunciando la complicidad en su tortura.
El martes 10 de febrero, Luz de las Nieves Ayress Moreno se paró frente al micrófono en el Congreso de Estados Unidos. Detrás, había un telón rojo. Frente a ella, congresistas y periodistas. La habían presentado en inglés, pero antes de empezar aclaró: “Voy a hablar en castellano, mi idioma”. Su comparecencia se debió a una invitación de parte del ala progresista del Partido Demócrata para buscar superar la Doctrina Monroe.
No parecía nerviosa. “Nunca lo dudé, porque yo siempre he denunciado”, dijo después.
“Fui secuestrada junto a mi padre, Carlos, y mi hermano menor, Tato, por los servicios de inteligencia de la DINA de Pinochet, quien dio un golpe de Estado respaldado por Estados Unidos contra el Gobierno democráticamente elegido por el pueblo del Presidente Salvador Allende en el marco de la Operación Cóndor”, comenzó sin titubear.
Ayress Moreno luego enumeró, sin maquillaje, las torturas a las que fue sometida. “Me aplicaron corriente eléctrica en todo el cuerpo y en las partes más sensibles. Me violaron en muchas oportunidades”. Dijo también que la obligaron a tener contacto sexual con su padre y su hermano, que le cortaron los senos y el vientre con cuchillas militares, que le aplicaron alcohol y electricidad sobre heridas abiertas, que le cortaron las orejas, le raparon la cabeza y le introdujeron ratas en el cuerpo.
La persona encargada de traducir se detuvo. No encontraba palabras equivalentes. Tuvieron que llamar a otro intérprete.
“Estas torturas las realizaron militares dirigidos por Manuel Contreras, jefe de la DINA. Y fueron aprendidas aquí, en las Escuelas de las Américas, en los Estados Unidos”, señaló. Luego elevó la acusación: “Yo culpo al Gobierno norteamericano de Nixon y Kissinger por haber ayudado con armas, instrucciones y dinero a la dictadura militar de Chile. Esto es parte de la Doctrina Monroe que han aplicado todos los presidentes de los Estados Unidos. Llamamos a anularla. Todos somos americanos. Solo el pueblo salva al pueblo”, remató.
Cuando terminó, la congresista Nydia Velázquez se quedó de pie a un lado del podio sin saber qué decir. Luego se acercó y la abrazó.
La invitación del Partido Democráta se dio en el marco de una resolución impulsada por Velázquez y respaldada por legisladores como Alexandria Ocasio-Cortez, Greg Casar y Rashida Tlaib.
La resolución busca superar la Doctrina Monroe y reemplazarla por una política de “Nueva Buena Vecindad” hacia América Latina. Proclamada en 1823 por el entonces presidente James Monroe, dicha doctrina estableció que cualquier injerencia extranjera en el hemisferio occidental sería considerada una amenaza, principio que para muchos sirvió para justificar múltiples intervenciones estadounidenses en la región.
“La doctrina siempre ha estado vigente. Ahora es más fuerte con Trump, porque es el presidente que dice y hace las cosas. Los otros nunca hablaron, solo actuaban”, explica Nieves Ayress, al teléfono desde Estados Unidos.
Menciona la intervención en Venezuela, las amenazas a México y Panamá y el endurecimiento del bloqueo a Cuba. La resolución, con escasas posibilidades de prosperar en una Cámara controlada por los republicanos, propone además desclasificar archivos vinculados a golpes de Estado respaldados por Washington y revisar el uso de sanciones unilaterales.
En conversación telefónica con El Mostrador, la activista de derechos humanos comenta que algunos invitados no asistieron por temor. “Hay mucho miedo. La situación migratoria acá está muy difícil, hay persecución. No todos pueden ir al Congreso a hablar”. Ella, en cambio, lleva décadas haciéndolo. “Desde la entraña del monstruo –como le dice al Bronx, lugar donde vive– siempre he denunciado al Gobierno norteamericano por su intervención en Chile”.
Una traumática historia
Luz de las Nieves Ayress Moreno tenía 25 años cuando fue detenida. El 30 de enero de 1974, agentes de la DINA llegaron a buscarla a la fábrica de su padre. Luego la llevaron a su casa, en San Miguel. Allí arrestaron también a Carlos, su padre, y a Tato, su hermano de 15 años.
La trasladaron por distintos centros clandestinos de detención: Londres 38, Tejas Verdes y Tres y Cuatro Álamos. En todos fue torturada. En todos hubo violencia sexual.
En Londres 38 recibió descargas eléctricas en las partes más sensibles de su cuerpo. Aplicaron el método de tortura brasilero conocido como “pau de arara”. Otra forma de tortura era “el teléfono”, la golpeaban simultáneamente en ambos oídos hasta perder la orientación. Simultáneamente, la obligaron a escuchar la tortura de su padre y de su hermano.
Su madre, Virginia Moreno, inició entonces una búsqueda que cruzó fronteras. Envió cartas a autoridades políticas, eclesiásticas y organismos internacionales. En momentos en que la dictadura negaba la existencia de detenidos desaparecidos, su nombre empezó a circular fuera de Chile.
“Calculo que fue en febrero de 1974 cuando me llevaron a otra prisión en Tejas Verdes, donde estuve incomunicada. Este era otro sitio de entrenamiento de torturadores y los recuerdos que tengo son de absoluta brutalidad”, escribió en una carta que fue entregada al expresidente Ricardo Lagos, donde entregó su testimonio.
Describió, por ejemplo, parte de las torturas más atroces que experimentó en carne viva. “En abril de 1974, cuando había sido llevada a la Cárcel de Mujeres de Vicuña Mackenna, administrada por una orden de monjas, caí en cuenta de que estaba embarazada”, seguía en la carta. Perdió el embarazo a los pocos meses, producto de las mismas torturas, sin recibir atención médica.
Nieves permaneció detenida casi cuatro años en distintos centros clandestinos. Antes de partir al exilio, desde Tres Álamos, logró hacer llegar una carta a Inés Figueroa, esposa del pintor Nemesio Antúnez. Esa carta fue leída en 1975 en la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer de la ONU, en México. Fue la primera denuncia pública de los crímenes cometidos por la dictadura contra mujeres.
“Reconozco el valor de mi mamá Virginia, que fue una de las primeras mujeres que denunció lo que pasó en dictadura. Gracias a ella y a otras mujeres estamos vivas. Ella pasaba en los campos de concentración visitando a mi papá, mi hermanos y a mí”, reconoce.
La Peña del Bronx
En diciembre de 1976, después de casi cuatro años en distintos centros de detención, fue expulsada de Chile junto a otros 17 presos políticos. La condición era que nunca más podrían regresar.
Pasarían casi cuatro décadas antes de que pudiera nombrar legalmente lo que le habían hecho. Recién en 2014, junto a otras tres sobrevivientes, presentó la primera querella en Chile por violencia política sexual, un mecanismo sistemático dirigido contra mujeres militantes que el Código Penal ni siquiera tenía tipificado.
En 1987 llegó, junto a su pareja Víctor, al Sur del Bronx. Antes habían estado en San Diego y San Francisco, pero la presión de los servicios de migración los hizo moverse otra vez. Fue Víctor quien hizo el cálculo deliberado.“Buscó cuál era el lugar más pobre, más marginal, más dejado la mano del sistema”.
La respuesta fue el Sur del Bronx.
“Cuando llegamos no había agua caliente ni calefacción. En pleno invierno, con 20 grados bajo cero. Durante cuatro años nadie había reclamado”.
Ella, junto con Víctor, organizaron la huelga de la renta. Depositaron el dinero en un banco y llamaron a todos los medios de comunicación. Avisaron a la autoridad que no pagarían hasta que arreglaran el problema. Los vecinos, desconcertados, colgaron carteles en el edificio: “Llegaron los comunistas. Llegaron los revolucionarios”.
En menos de una semana, la ciudad mandó a arreglar la calefacción y el agua caliente.
“Cuando se dieron cuenta de lo que logramos, vecinos llegaron a pedirnos que les enseñáramos a hacer lo mismo en otros edificios”. Así se organizó la primera huelga de renta del Sur del Bronx. Y de ahí empezó todo lo demás.
Junto a su compañero y su hija fundó La Peña del Bronx, un centro cultural que con el tiempo se volvió movimiento. Un espacio para indocumentados, puertorriqueños, garífunas, mexicanos recién llegados, trabajadoras sexuales, el movimiento gay, independentistas boricuas. Un lugar para hacer rituales, tocar música, cocinar y, sobre todo, organizarse. En el local cabían hasta 1.500 personas; en los festivales en parques y jardines del barrio llegaban a reunirse 3.000.
Nieves Ayress cuenta que los jardines comunitarios habían comenzado con la comunidad puertorriqueña, que transformó terrenos abandonados en huertos donde plantaban tomates y flores, donde reconstruían prácticas agrícolas y culturales. Cuando el alcalde Rudy Giuliani quiso convertirlos en condominios para gente de afuera, el barrio se organizó y los defendió. “Los consideramos territorios liberados”, dice Nieves. “Porque luchamos para tenerlos”, agrega.
A diez cuadras de su casa funcionaba un incinerador que quemaba desechos de 21 hospitales de la ciudad. El Sur del Bronx llegó a tener uno de los índices de asma más altos del país. La pelea para cerrarlo duró siete años: protestas, arrestos, cortes del freeway, esa autopista elevada que cruza el barrio.
“Todo lo poquito que hay aquí es producto de la lucha. No nació gratis ni porque somos del Sur del Bronx”, confiesa.
Pelearon por la farmacia del policlínico Ruiz Belvís cuando quisieron cerrarla. Por la universidad Hostos, cuando intentaron eliminar los cursos en español. Por el Lincoln Hospital, el único del área, cuando amenazaron con clausurarlo. “Es malo el hospital, pero es nuestro”, dice.
Hoy Nieves forma parte del grupo Mott Haven History Keepers, integrado por diez personas elegidas por la comunidad como guardianes de la historia del Sur del Bronx. Cada uno tiene una responsabilidad: fotografía, deportes, gastronomía, historia. A ella le corresponde la memoria de La Peña y el trabajo cultural de estas cuatro décadas. Todo se digitaliza y se deposita en la biblioteca del Bronx.
La elección de vivir en Estados Unidos
Cuando le preguntan por qué vive en Estados Unidos y no en Chile, Nieves Ayress no se incomoda. “De aquí parten las políticas estructurales contra nuestros países. ¿Y quiénes salen a protestar cuando pasa algo en Chile, en Uruguay, en Paraguay? Nosotros. Estamos donde nace el problema”.
Hoy, tiene casi 80 años. Habla del internacionalismo como quien habla de familia. De niña escuchaba a poetas y músicos en los parques de Santiago; su madre la llevaba a actos políticos, conoció a figuras centrales de la cultura. En diciembre volvió a Chile y, por primera vez en 53 años, logró reunirse con sus cinco hermanos en el ex centro de detención Tres y Cuatro Álamos. Fue una decisión. “Ahí nos dispersaron. Ahí nos volvimos a juntar”.
En Cuba, dice casi al pasar, le reconstruyeron el cuerpo después de las torturas. Fue el único lugar donde pudo operarse sin pagar. Allí nació su hija, Rosa Victoria. La llamó así porque fue una victoria. Porque, como repite, no lograron destruirla.
Ahora tiene una nieta de 15 años. Afrochilena, cubana, estadounidense.
“La lucha la seguirán ellos”, dice al final.