Aquí Magallanes
Algas australes: el potencial biotecnológico en el fin del mundo
Un proyecto científico internacional instalado entre Brasil, Magallanes y la Antártica busca descifrar el potencial biotecnológico y climático de las algas australes, mientras investigadores exploran aplicaciones en carbono azul, biomarcadores y compuestos farmacológicos.
Hace millones de años, antes de que existiera cualquier industria farmacéutica, cosmética o alimentaria, las algas ya estaban resolviendo problemas de adaptación que la ciencia apenas comienza a entender. Sobrevivieron en aguas tropicales y en ambientes antárticos, en distintas temperaturas, salinidades y niveles de radiación. Aprendieron a sintetizar compuestos que ningún otro organismo produce. Y lo hicieron, en parte, en los mismos canales y fiordos que hoy rodean el Cabo de Hornos.
Esa historia de millones de años es lo que un equipo de investigadores de la Universidad de São Paulo, en colaboración con el Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC) y la Universidad de Magallanes, decidió seguir desde Brasil hasta la Antártica.
- El proyecto se llama PROASA, está financiado por la Fundación de Apoyo a la Investigación del Estado de São Paulo con un presupuesto cercano a los US$1,4 millones, tiene un horizonte de cinco años y reúne a cerca de 30 grupos de investigación de Brasil, Chile, Francia y Estados Unidos en áreas que van desde biodiversidad marina y genómica hasta biotecnología y descubrimiento de compuestos activos.
El CHIC no es solo un punto de muestreo en este proyecto. Es un anclaje científico desde el extremo sur que permite a los investigadores acceder a una biodiversidad que, según reconocen, todavía no ha sido estudiada en profundidad.
“El CHIC es muy importante para nosotros porque está estratégicamente ubicado en el canal Beagle. Tenemos una enorme biodiversidad aquí que todavía no ha sido estudiada“, afirmó Pio Colepicolo, uno de los investigadores principales.
Su pregunta central no es simple: ¿qué información y qué posibilidades pueden ofrecer los ecosistemas de algas desde aguas tropicales hasta ambientes subantárticos y antárticos?
“Es un proyecto multidisciplinario. Integramos ecología, ciencias ómicas, biotecnología y biofísica marina“, explica Colepicolo. “Vamos desde aguas tropicales de Brasil hasta aquí, el subantártico y la Antártica. Queremos entender cómo las algas sobreviven en distintas temperaturas, distintos pH, salinidad y problemas ambientales“.
Esa biodiversidad poco explorada es precisamente lo que convierte a Magallanes en algo más que un escenario natural para el proyecto. Desde Puerto Williams, los investigadores pueden comparar organismos de ambientes extremos con los de aguas tropicales brasileñas, rastreando cómo la evolución y la adaptación han moldeado el metabolismo de estos organismos a lo largo de miles de kilómetros de gradiente ambiental.
- Uno de los investigadores del equipo lo vivió en primera persona durante una expedición al canal Beagle en marzo pasado. Navegaron seis días hasta los glaciares y encontraron algo que grafica bien la singularidad del territorio: en ciertas zonas, el deshielo glaciar crea una capa de agua dulce sobre el agua marina, obligando a las algas a sobrevivir a profundidades de ocho a diez metros bajo esa interfaz. Un ambiente extremo que ningún laboratorio puede reproducir.
“Si estamos viendo estos problemas, podemos detectar firmas que pueden usarse como biomarcadores. Si esa firma del glaciar empieza a ocurrir en un momento distinto al esperado, creo que tendremos un desastre. Porque si matas el agua marina, matas toda la biodiversidad”, advirtió.
Las algas, en esa lectura, no son solo organismos marinos. Son archivos biológicos del cambio climático.
“Las microalgas son los centinelas más importantes del cambio global“, sostiene uno de los investigadores. Al responder a variaciones de temperatura, salinidad, pH y radiación, pueden registrar señales tempranas de transformación ambiental que muchas veces no son visibles de inmediato en el océano. En zonas subantárticas, donde el deshielo glaciar altera constantemente las condiciones del agua, esas respuestas podrían entregar pistas sobre el estado futuro de ecosistemas marinos enteros.
Pero el proyecto no se detiene en el monitoreo ambiental. Una de sus líneas más ambiciosas apunta directamente a aplicaciones económicas concretas.
- Las algas son el único organismo capaz de sintetizar omega-3 de forma natural. También producen polisacáridos con propiedades digestivas, compuestos con potencial farmacológico y cosmético. El equipo trabaja además en métodos de extracción verde mediante CO2 supercrítico, que permiten obtener aceites y extractos sin residuos contaminantes, generando subproductos utilizables como suplementos alimentarios.
Y hay una línea que podría ser la más disruptiva de todas: el carbono azul. Los investigadores están desarrollando metodologías para medir cuánto carbono capturan y almacenan las algas, algo que hoy existe para los árboles pero no para los ecosistemas marinos.
“Queremos entender el metabolismo de las algas, ver cuánto dióxido de carbono capturan y cuánto se transforma en biomasa. No existe una metodología para hacerlo con algas. Estamos intentando construirla”, explicó Colepicolo. Si lo logran, las algas australes podrían aportar información para futuras metodologías asociadas a créditos de carbono marinos, con Magallanes como uno de los territorios de estudio.
Los investigadores son los primeros en advertir que el camino desde el laboratorio hasta el mercado es largo y costoso.
“Para llegar del laboratorio a la clínica necesitamos dinero“, reconocieron. El presupuesto actual permite avanzar en conocimiento, identificar compuestos y eventualmente patentar hallazgos, pero escalar esos descubrimientos hacia productos concretos requeriría inversiones del orden de dos a tres mil millones de dólares. “Somos científicos. Somos soñadores“, admitió Colepicolo. “Pero estamos contribuyendo“.
Esa honestidad no reduce el alcance de lo que está ocurriendo. Un proyecto de esta escala –internacional, multidisciplinario, financiado con recursos brasileños– eligió al Cabo de Hornos como uno de sus puntos científicos clave. No por romanticismo geográfico, sino porque los ecosistemas de algas que rodean Puerto Williams guardan información difícil de obtener en otros ecosistemas y es clave para entender ambientes subantárticos poco estudiados.
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