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Coautor de libro El pacto perfecto: “La ayuda de Chile a Inglaterra no fue decisiva” Aquí Magallanes El Mostrador

Coautor de libro El pacto perfecto: “La ayuda de Chile a Inglaterra no fue decisiva”

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Franco Manzo Mansilla
Por : Franco Manzo Mansilla Periodista newsletter Aquí Magallanes de El Mostrador
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Tras siete años de investigación, Daniel Avendaño y Mauricio Palma reconstruyen en El pacto perfecto la colaboración de Chile con Reino Unido durante la Guerra de las Malvinas/Falklands y los efectos que tuvo esa relación más allá del conflicto de 1982.


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En 2019, mientras revisaba carpetas sobre Chile en el Archivo Nacional del Reino Unido, Daniel Avendaño comenzó a encontrar documentos que terminarían dando origen a una investigación de siete años junto al periodista Mauricio Palma. El trabajo continuó en archivos de Defensa y Cancillería en Chile, además de entrevistas y contactos con protagonistas como Sidney Edwards, el oficial británico enviado al país durante la guerra.

El resultado es El pacto perfecto, libro que reconstruye con nueva documentación la colaboración que Chile prestó al Reino Unido durante la guerra de las Malvinas/Falklands y, especialmente, qué obtuvo el país de aquella relación más allá de los 74 días que duró el conflicto.

Su publicación coincide con un momento en el que nuevas declaraciones argentinas sobre Magallanes y el paso Drake han vuelto a encender la discusión sobre el extremo austral. Una coincidencia que, según Avendaño, no fue buscada. A días del lanzamiento del libro, el autor conversó con Aquí Magallanes sobre sus principales hallazgos y el papel que jugó Chile en 1982.

¿Qué hipótesis manejaban inicialmente sobre el rol de Chile y cuánto de ella lograron comprobar durante la investigación?

―Lo que sabíamos hasta ese momento era que básicamente se había generado una especie de pacto, o de trueque, en el que Inglaterra requería espacios aéreos, pistas de aterrizaje y movilidad para sus efectivos militares. Necesitaban el beneplácito de Pinochet y, efectivamente, Chile les permitió utilizar su espacio aéreo y distintas pistas –entre ellas Punta Arenas, Carriel Sur, Isla de Pascua e Isla San Félix– para operar aviones de reconocimiento y espionaje. En términos militares esto era fundamental, porque les permitía fotografiar bases aeronavales, seguir movimientos de tropas y obtener información que ampliaba considerablemente su margen de decisión. Eso era algo que conocíamos, pero la investigación nos permitió corroborarlo, precisarlo y encontrar mucha más documentación y fuentes sobre cómo funcionó esa colaboración.

¿En qué consiste entonces “el pacto perfecto” que da nombre al libro?

―Al perder Argentina, Chile deja de tener la amenaza de una posible invasión. Todavía permanecía la tensión que venía desde 1978 y no se sabía qué iba a pasar finalmente con las islas Picton, Nueva y Lennox. Entonces, desde el punto de vista militar, sin haber tenido una acción directa, la victoria de Inglaterra le permite a Chile disminuir esa amenaza. La colaboración permite fortalecer nuevamente la relación histórica entre Chile y Reino Unido, particularmente en el ámbito militar. No es que se haya firmado un contrato con cláusulas de intercambio donde estuviera todo especificado. Eso no existe. Pero sí existe documentación que confirma el pacto y sus efectos: la venta y traslado de armamento, oficiales enviados a Inglaterra y las reuniones que permitieron generar esta ayuda. Lo que finalmente pudimos entender es que sus efectos no se limitaron al conflicto, sino que generaron una relación de más largo plazo.

―Si tuviera que escoger el principal hallazgo de la investigación que profundiza lo que sabíamos sobre el papel de Chile en la guerra, ¿cuál sería?

―El trabajo que hicimos en el Archivo Nacional en Londres fue muy sustantivo porque encontramos muchos documentos que muestran cómo, antes del conflicto o durante sus primeros días, existía cierta resistencia a vender armas a Chile y, una vez terminada la guerra, ese criterio comienza a cambiar y se flexibiliza. Por ejemplo, contamos el caso de Carlos Cardoen, quien había solicitado a los ingleses autorización para comprar un tipo específico de armamento. Se la niegan cuando el conflicto estaba en ciernes y, terminada la guerra, se la autorizan. Hay documentos del Foreign Office donde se señala explícitamente que no podían desconocer la ayuda prestada por Chile durante el conflicto y que, como forma de agradecimiento, correspondía liberar esos permisos. No diría que existe un documento específico que sea el más revelador. Por el contrario, son muchos documentos los que van mostrando este proceso. Y eso, a nuestro juicio, es mucho más contundente, porque significa que distintos estamentos fueron facilitando esta vuelta a confiar y a generar una relación más fecunda entre ambas naciones.

Después de toda la investigación, ¿cómo definiría realmente el rol que jugó Chile en la guerra?

―Fue una asistencia muy importante, muy significativa, y así lo ha reconocido Reino Unido. Margaret Thatcher se lo agradeció al general Pinochet cuando estaba detenido en Londres, pero también militares y analistas británicos han reconocido que fue una ayuda muy importante, aunque no decisiva. La ayuda decisiva para la victoria inglesa sobre Argentina recae fundamentalmente en el armamento que proporciona Estados Unidos. La asistencia norteamericana fue mucho más determinante que la chilena. Algunos han planteado que si Chile no hubiese participado, Reino Unido no habría ganado la guerra. Quizás el conflicto hubiese sido más largo, pero la diferencia en términos del potencial que tenía Inglaterra, sumada a la ayuda norteamericana, era incontestable para Argentina.

Mirado desde Magallanes, ¿qué revela la guerra sobre el valor estratégico que tenía este territorio para Chile?

―Fue muy importante, por ejemplo, por todas las labores que realizaron los radaristas y las instalaciones que tenía Punta Arenas. Pero además hay un antecedente que rescatamos de los archivos de Cancillería: durante los 74 días que duró la guerra hubo 22 incursiones de fuerzas militares argentinas en territorio chileno, por espacio aéreo, marítimo e incluso terrestre. Eran claramente provocaciones y fueron alertadas por la Cancillería chilena, que envió notas de protesta. Uno de los episodios que contamos en el libro es el de militares argentinos que fueron encontrados con cámaras fotográficas en territorio muy cercano a la frontera. También hubo incursiones de aeronaves y embarcaciones argentinas en territorio chileno. No son pocas: fueron 22 en 74 días.

¿Se puede proyectar lo ocurrido en 1982 sobre la relación actual entre Chile y Argentina?

―La posición de Chile respecto de la guerra debe entenderse dentro de un contexto que comienza con el conflicto del Beagle en 1978 y perdura hasta 1984. Llegaríamos a conclusiones erradas o muy parciales si no lo entendiéramos de esa manera. Además, eran dos juntas militares. Las formas de resolver conflictos, diferencias o provocaciones son muy distintas a las que existen cuando son democracias las que imperan en ambos países. Eran situaciones muy excepcionales y cuesta trasladar esas dinámicas a la actualidad.

Después de siete años de investigación, ¿esta historia ya puede reconstruirse en sus aspectos fundamentales o todavía podría aparecer algo capaz de cambiar nuestra comprensión de lo ocurrido?

―Quedan documentos por desclasificarse en Inglaterra, pocos, pero quedan. Por ejemplo, actualmente tampoco se puede acceder a las carpetas de la Embajada de Chile en Buenos Aires de 1982. Todavía tiene que pasar tiempo para solicitar ese acceso. Pero, según lo que hemos revisado hasta el momento, que son muchos documentos, es difícil que aparezca una revelación que cambie el curso de la historia. Lo que probablemente entreguen los nuevos documentos serán mayores precisiones, algunas de mayor o menor complejidad, pero es muy difícil que aparezca algo que nos haga pensar completamente distinto respecto de cómo ocurrieron las cosas.

Lea la edición completa en el siguiente link.

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