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Los ejes del discurso de Kast para sostener el poder: ampliar la base sin diluir el proyecto PAÍS Foto: AgenciaUNO

Los ejes del discurso de Kast para sostener el poder: ampliar la base sin diluir el proyecto

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El discurso en el Foro Madrid expuso la apuesta presidencial por convertir una mayoría electoral heterogénea en una coalición de largo aliento, aun a costa de tensionar al flanco libertario, que ve en esa apertura el riesgo de abandonar la “batalla cultural”.


Resumen
Síntesis generada con OpenAI
El Presidente Kast parte de una premisa incómoda para los propios: la mayoría que lo llevó a La Moneda no es cautiva y una próxima victoria puede ser apenas “circunstancial” si no hay resultados. Su apuesta por colaborar con antiguos adversarios y gobernar “para todos” tensiona al flanco libertario, que ve en ese giro el riesgo de abandonar la “batalla cultural”.
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José Antonio Kast llegó al Foro Madrid con una paradoja sobre los hombros: estaba en una de las tribunas más ideológicas de la derecha internacional, pero gobierna un país donde la aritmética parlamentaria lo obliga a conseguir apoyos bastante más allá de quienes aplaudían en San Carlos de Apoquindo.

Y su discurso de clausura pareció hacerse cargo precisamente de esa tensión.

El Presidente no renegó de su identidad. Celebró haber derrotado electoralmente a la izquierda, reivindicó la Carta de Madrid, proyectó el avance de las “ideas de la libertad” hasta Managua y La Habana y terminó recurriendo a Jaime Guzmán. Pero, entre medio, trazó una frontera entre ganar desde la derecha y gobernar desde la derecha.

La síntesis fue una de sus frases más reveladoras: “Ampliarse no es renunciar”.

Detrás de ella apareció una suerte de hoja de ruta para convertir la victoria de 2025 en algo más que un episodio electoral: dejar de vivir pendiente de la izquierda, resolver las urgencias sociales, impedir el cuoteo del Estado, ensanchar la base política y demostrar con resultados que su proyecto puede sobrevivir más allá de Kast.

No es un giro doctrinario hacia el centro ni una reconciliación con la izquierda. El propio Kast advirtió que esta “podría volver” si su administración fracasa. Es algo más pragmático: una estrategia para sostener el poder sin diluir el proyecto que lo conquistó.

La izquierda deja de ser el adversario suficiente

El primer desplazamiento fue de jerarquía.

Kast recordó que su sector trabajó para “derrotar a la izquierda” y celebró los 7,2 millones de votos con que llegó a La Moneda. Pero acto seguido puso un límite a esa épica.

Los chilenos a mí no me eligieron para derrotar a la izquierda”, dijo. Lo eligieron, enumeró, para enfrentar el crimen organizado, la pobreza, la corrupción y el desempleo.

Más adelante volvió sobre la misma idea y la convirtió directamente en una de las tres conductas que podrían llevar a su sector nuevamente a la derrota: “quedarnos pegados en la disputa con la izquierda”.

“La izquierda, la izquierda, la izquierda genera aplausos, ordena los partidos, pero nuestro adversario es mucho más grande que la izquierda”, sostuvo antes de apuntar a seguridad, empleo, familia, vivienda y el sueño de la casa propia.

No es una precisión menor después de lo ocurrido durante la misma jornada. Horas antes, Javier Milei había levantado precisamente el estandarte contrario: reivindicó la “batalla cultural”, habló de “zurdos mugrosos” y llamó a quitar “el cáncer de la izquierda” de las instituciones. Incluso dentro de Chile Vamos hubo distancia: en diálogo con Teletrece el senador RN Andrés Longton calificó la forma del argentino de “poco republicana”, porque termina “polarizando más el debate”, y valoró que Kast optara por un mensaje más “unificador” y “convocante”.

Kast no desautorizó a Milei. Cambió el objeto de la batalla: para un candidato, el adversario podía ser la izquierda; para un Presidente, dijo en los hechos, el adversario pasa a ser aquello que la ciudadanía espera que resuelva.

El diputado republicano Benjamín Moreno leyó el mensaje de esa manera. “A todas luces se quedó pegado el sector con la izquierda”, señaló a El Mostrador, agregando que ahora la disputa debe plantearse entre el Gobierno, quienes quieran cooperar con él y “los problemas de los chilenos”.

Luis Sánchez, también republicano, llevó esa apertura todavía más lejos. Dijo a este medio que el llamado alcanza “incluso al Frente Amplio, incluso al Partido Comunista, a la centroizquierda”, siempre que exista disposición a trabajar en seguridad y oportunidades.

Ahí aparece un dato político que trasciende al Foro Madrid: Kast necesita efectivamente esos puentes.

Su reforma constitucional de seguridad acaba de ser desacelerada debido a la falta de votos suficientes. La Moneda bajó la urgencia para abrir al menos un mes de negociación en la Comisión de Constitución del Senado y deberá convencer a una oposición que tiene mayoría en esa instancia. El Gobierno, además, ya se abrió a modificar aspectos sustantivos del diseño original.

En ese contexto, “no quedarse pegado” a la izquierda no es solamente una reflexión filosófica. También es gobernabilidad.

Ganar no basta: el fantasma de una mayoría prestada

El segundo eje fue todavía más crudo para los propios: Kast no considera consolidada la mayoría que lo llevó a La Moneda.

“Sí, podríamos ganar una próxima elección, pero sería circunstancial”, advirtió.

Su interpretación es que buena parte del electorado que terminó apoyándolo no pertenece estructuralmente a la derecha republicana. Llegó, dijo, cansado de las promesas incumplidas, los operadores políticos, la burocracia y la corrupción.

Por eso relativizó incluso el triunfo presidencial.

“Ganar una elección es un tremendo logro, pero no es un fin en sí mismo”, sostuvo.

El problema que identifica Kast es sencillo: si la nueva derecha reproduce aquello que denunció desde la oposición o no mejora concretamente la vida cotidiana, la mayoría se desarma tan rápido como se construyó.

“En estos tres años, si no hacemos las cosas como corresponde, nos van a pasar la cuenta. Y la izquierda podría volver”, advirtió.

Es probablemente la parte menos triunfalista de un discurso pronunciado en una cita organizada precisamente para celebrar el avance regional de las derechas.

Kast llegó al punto de advertir contra otras dos vías hacia la derrota: acomodarse en el poder y cuotear el Estado.

“El día que nos acomodemos (…) ese día es el inicio del fin”, sostuvo. Y sobre el reparto de cargos fue igual de directo: si hacen lo mismo que quienes los precedieron, “van a decir: son igual a los que sacamos”.

“Ampliarse no es renunciar”

De ahí emerge el núcleo estratégico de la intervención.

Kast reconoció que su mayoría necesita ensancharse, pero ofreció a su base una garantía: apertura no significa dilución.

“Implica abrirse, no diluirse”, dijo. “Implica mirar más allá de la comodidad de encontrarnos entre nosotros”.

Y después lanzó la fórmula: “Ampliarse no es renunciar”.

El ejemplo elegido fue su propio gabinete. Recordó que algunos nombramientos provocaron sorpresa entre adherentes republicanos y reprodujo la reacción que escuchó entonces: “No, pero ese no es nuestro”.

Su respuesta fue presidencial: “Eso es gobernar. Porque es gobernar para todos los chilenos y con todos los chilenos”.

La diputada republicana Chiara Barchiesi coincide con esa lectura. A El Mostrador afirmó que “la mayoría de la gente no responde a lógicas de derecha o izquierda” y que un Gobierno, por esa razón, debe gobernar “para todo el país”. Sobre Milei y Kast, admitió estilos “marcadamente distintos”, aunque defendió la cooperación entre ambos gobiernos.

El mensaje encierra además una apuesta por la conducción presidencial. Kast no plantea diluir Republicanos dentro de una gran coalición amorfa. Plantea incorporar sensibilidades distintas manteniendo el control sobre la orientación del Gobierno.

En otras palabras: ensanchar la mayoría sin entregar el timón.

El flanco libertario: ¿apertura o abandono de la batalla cultural?

Esa definición ya encontró resistencia por la derecha.

El choque venía incubándose antes del Foro. Johannes Kaiser había acusado a Kast de considerar más importante “no decepcionar a la extrema izquierda” que cumplir, según él, compromisos sobre indultos a uniformados. Su hermana, la senadora Vanessa Kaiser, fue más lejos: “no quieren dar la batalla cultural”, dijo en alusión al Gobierno, cuestionando decisiones en materias como indultos, aborto y Agenda 2030.

Después del discurso, la diputada PNL Paulina Muñoz convirtió esa tensión en una discrepancia explícita con Kast.

“Si para el Presidente defender con fuerza las ideas que nos distinguen (…) es caer en una pugna constante, entonces no estoy de acuerdo con él, porque para mí eso se llama batalla cultural”, sostuvo a El Mostrador.

Para Muñoz, el sector tiene precisamente que aprender a librar esa disputa y no volver a entregar “las mentes jóvenes a la izquierda adoctrinadora e ideologizada”.

La diferencia es sustantiva.

Kast intenta separar campaña y Gobierno. El PNL advierte que hacer esa separación puede significar abandonar terreno ideológico. Para el Presidente, obsesionarse con la izquierda puede terminar distrayendo al Gobierno de las demandas que debe resolver; para los libertarios, dejar de enfrentarla culturalmente puede permitirle recuperar precisamente el terreno desde el cual disputar nuevamente el poder.

Eso transforma el discurso del Foro en algo más que una moderación estilística frente a Milei. Es también una discusión incipiente sobre qué derecha debe conducir el ciclo abierto con la derrota electoral de la izquierda.

Apropiarse de la cuestión social

El cuarto movimiento de Kast consiste en disputar una bandera históricamente asociada a sus adversarios: la cuestión social.

El Presidente habló de vivienda, salarios, seguridad de los barrios, educación y movilidad social. Y lo hizo desde una interpretación ideológicamente coherente con su proyecto: propiedad, esfuerzo, inversión y crecimiento.

“El sueño de la casa propia” apareció como símbolo.

Para Kast, cuando una persona deja de creer que mediante educación, trabajo y esfuerzo puede adquirir una vivienda o progresar, no se deteriora solamente su situación material: se rompe la legitimidad del sistema de incentivos que la derecha pretende defender.

De ahí su afirmación de que “nuestra causa no es la causa de los privilegiados”.

“Nuestra causa es precisamente la de los más necesitados”, sostuvo.

El argumento intenta quitarle a la izquierda el monopolio discursivo sobre vulnerabilidad y desigualdad: la derecha, según Kast, debe demostrar que crecimiento y libertad económica son instrumentos de política social.

Mercado, pero con resultados

Ese razonamiento conduce al quinto eje: la libertad económica tiene que probar que funciona.

Kast reivindicó la reducción tributaria impulsada por su Gobierno y los cambios destinados a destrabar proyectos de inversión. No los presentó únicamente como victorias doctrinarias, sino como una cadena causal: inversión, crecimiento, empleo y mejores condiciones de vida.

“Si en Chile no hay más inversión, no va a haber crecimiento, y si no hay crecimiento, no hay trabajo”, sostuvo.

Ahí vuelve a aparecer una de las frases centrales del discurso: “tener razón es solo el punto de partida, no es un logro”.

El Mandatario dijo que sus primeros meses en La Moneda le enseñaron “la distancia entre tener razón y resolver un problema”. Puso incluso el control fronterizo como ejemplo: “Las fronteras no se cierran con un tweet”, sino con zanjas, drones, muros, vigilancia y decisiones estatales.

La crítica alcanza indirectamente a una política construida alrededor de redes sociales, consignas y viralización. Kast reivindicó la ideología, pero subordinada a la ejecución.

Jaime Guzmán como permiso para ampliar

La referencia a Jaime Guzmán hacia el cierre tampoco fue ornamental.

Kast recordó al fundador de la UDI y le atribuyó una idea: que su sector no debe preocuparse prioritariamente de las votaciones, sino de “los corazones de las personas”.

“Más que ganar votaciones es ganar corazones, y el punto es mantenerlos ahí”, añadió.

La evocación cumple una función política: Kast busca anclar la ampliación en la propia tradición histórica de la derecha, evitando que sea leída como renuncia doctrinaria.

No está diciendo a sus bases que abandonen las ideas que permitieron construir el proyecto republicano. Les está diciendo que esas ideas deben conquistar personas que originalmente estuvieron fuera de él.

De ahí que pueda, en un mismo discurso, afirmar que ha cultivado “mucho más el respeto por el que piensa distinto”, agradecer la colaboración de quienes trabajaron para que no fuera Presidente y, minutos después, proyectar que algún día el avance de su sector llegue a Managua y La Habana.

La paradoja exterior

El último eje deja una contradicción todavía abierta.

Kast quiso presentarse como un Presidente institucional, capaz de trabajar con adversarios y cuidar la democracia chilena, mientras algunos de los discursos que lo antecedieron en el Foro Madrid operaron en una frecuencia completamente distinta.

Milei cargó frontalmente contra la izquierda; el embajador estadounidense Brandon Judd afirmó durante el encuentro que implementar la denominada doctrina Donroe se hace “muy fácil” con una administración como la de Kast, frase que abrió otro flanco desde la oposición.

El subjefe de la bancada PC, Marcos Barraza, anunció que pedirá explicaciones al Presidente y al canciller por considerar esas palabras “altamente injerencistas”. A su juicio, “Chile no puede ser parte de una política militar y una política de relaciones exteriores definida por Estados Unidos”.

La diputada Irací Hassler (PC) cuestionó la presencia de Milei y apuntó directamente a Kast: “Extraño patriotismo el de los políticos del Partido Republicano: aplauden a un presidente extranjero que viene a denostar a chilenos y chilenas”. Agregó que su “batalla cultural” consiste, a su juicio, en “desprestigiar a nuestro país y validar discursos de odio contra quienes piensan distinto”, y remató: “¿El presidente Kast va a seguir validándolo?”

En la misma línea, el diputado Gustavo Gatica (Ind.-PC) acusó a Kast de permitir que Milei llegara a Chile a “insultarnos en nuestra propia casa” y a “reivindicar una dictadura que asesinó y torturó a compatriotas”. Además, volvió a emplazarlo por la controversia con Argentina en torno al Estrecho de Magallanes: “cuando Argentina pone en duda nuestra soberanía sobre el Estrecho de Magallanes, Kast decide no exigirle a Milei que firme el nuevo decreto”.

Es decir, para parte de la oposición, el tono más republicano de Kast no neutraliza el costo político de haber participado en una instancia marcada por discursos y liderazgos que consideran confrontacionales.

Pero tampoco fue casual que escogiera precisamente ese escenario para hacerlo.

Frente a una audiencia que esperaba celebrar el avance de la derecha, Kast introdujo una advertencia: ganar no basta, gobernar no es tuitear y convertir a la izquierda en el único enemigo puede terminar facilitando su regreso.

La tesis presidencial puede resumirse en una ecuación que cruza todo el discurso: mantener la identidad, ampliar la mayoría y entregar resultados.

Porque Kast parece haber identificado el principal peligro de su propio triunfo: que la derecha confunda haber conquistado La Moneda con haber conquistado definitivamente a los electores que se la prestaron.

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