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La crisis de la izquierda Opinión Archivo

La crisis de la izquierda

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Agustín Squella
Por : Agustín Squella Filósofo, abogado y Premio Nacional de Ciencias Sociales. Ex miembro de la Convención Constituyente.
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Ni la inclusión de la palabra “centro” ni tampoco la adopción del término “progresismo” podrá salvar a nuestra izquierda democrática del despiste o vacío doctrinario en que ha caído, aunque es probable que electoralmente no le vaya mal en futuras elecciones.


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La crisis de la izquierda, un fenómeno claramente perceptible tanto a nivel global como nacional, no consiste en una radicalización de este sector político y menos aún en un desplazamiento hacia  la revolución o la vía armada. Estoy pensando en la izquierda democrática, y esto último tanto de palabra como de obra, y no en ese tipo de políticos izquierdistas que se dicen demócratas solo a la hora de las elecciones, como también los hay en la derecha, olvidándose de la democracia al momento de ejercer el poder, de conservarlo, de incrementarlo y de recuperarlo cuando se lo hubiere perdido.

La crisis de la izquierda democrática tampoco va a superarse cambiando esa palabra –“izquierda”- por  un tibio y deslavado “progresismo”, como tampoco bastará con empezar a llamarse “centro izquierda”, como ha ocurrido en varias latitudes y también en Chile. Con dicha expresión, que antepone la palabra “centro” a “izquierda”, se quiere indicar que se trataría de una izquierda moderada, incurriéndose así en el malentendido de que “derecha” e “izquierda” serían posiciones políticas fatalmente inmoderadas, en circunstancias de que la falta o ausencia de moderación es propia solo de la extrema derecha y de la ultra izquierda.

Pasándome ahora al otro lado, a la “centro derecha” chilena le ha ido bastante mal. Quiso ser una nueva derecha, o una derecha renovada, pero la mayoría de los partidarios y votantes de esta combinación se desplazaron también hacia la extrema derecha, representada por el Partido Republicano y por el  Partido Nacional Libertario. Según todos recordamos, hasta la UDI empezó a presentarse como “centro derecha”, en circunstancias de que siempre fue una colectividad de ultra derecha, formada disciplinadamente bajo el mando de Pinochet y los partidarios de este, precisamente para proteger el “legado” del dictador.

¿Habrán tenido la izquierda y la derecha un tan mal desempeño en el pasado como para tener que dejar de reconocerse como una u otra? Bueno, es un hecho que las derechas de nuestros regímenes dictatoriales en América Latina deben tener muy mala conciencia –partiendo por nuestro propio país-, y otro tanto puede decirse de las dictaduras comunistas que, dentro y fuera del continente, se hicieron llamar “socialismos reales”.

Al ser llamadas estas segundas dictaduras “socialismos reales”, la palabra “socialismo” quedó perjudicada, y lo mismo pasó con la palabra “liberal” cuando se la empleó como equivalente o sinónimo de “neoliberalismo”. Ambas corrieron la misma suerte, puesto que existían también los socialismos democráticos, mientras que no todo los liberales adhieren a la más pobre, discutible y exitosa de las versiones del liberalismo: el neoliberalismo. Los “socialismos reales” acabaron desdibujando bastante al socialismo democrático, al paso de que el neoliberalismo tuvo el mismo efecto en las huestes del liberalismo.

Sabemos que, aunque pocos, hay liberales no neoliberales, como ocurre, por ejemplo, con los militantes del Partido Liberal de Chile que impulsó el actual senador Vlado Mirosevic. También existen liberales de derecha, aunque otra vez escasos, que son y  se reconocen de derecha, pero sin que por ello abracen la doctrina neoliberal. Si me apuran, y aunque esta constituye toda una paradoja, también hay lo que hoy se llama “iliberales”, o sea, contrarios al liberalismo que abrazan fácilmente los postulados del neoliberalismo.

Tratándose en particular de nuestra izquierda  -y sigo pensado en aquella que es también claramente democrática-, convengo en que, electoralmente, que no doctrinariamente, le irá probablemente bien en el futuro próximo presentándose como “progresismo” o “centro izquierda”. En cambio, el Frente amplio y el PC continuarán postulándose como “izquierda” – sin más, a secas-, y lo único que cabe esperar es que el PC continúe dando pruebas de que es una colectividad democrática no solo en el momento de las elecciones y votaciones en el Congreso nacional, sino también a la hora de ejercer, conservar, incrementar y recuperar el poder democráticamente obtenido. La aprehensión con el PC, que es una colectividad internacional, proviene de la muy mala biografía que tuvo el comunismo, especialmente fuera de Chile, mientras que sus uniformes y disciplinados militantes locales continúan, hasta hoy, relativizando la impronta nada democrática de regímenes como los de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Del Frente Amplio, no tengo ese tipo de dudas, atendida la experiencia del gobierno de Gabriel Boric.

En el futuro podríamos volver a tener un gobierno como ese, o sea, de izquierda, apoyado incluso por el PC y eventualmente respaldado por el actual “progresismo, si bien bajo la condición de mantener el compromiso con la democracia como forma de gobierno aceptable para el país y, desde luego, con el que también se tiene con los derechos fundamentales, enfatizando en este caso caso un mayor desarrollo de los derechos sociales.

En cuanto al Partido de la Gente, continuará reclutando a los  populistas de siempre, no obstante la impronta errática y oportunista que ha tenido en el pasado y que conserva aún más claramente en el presente, haciendo alarde de que se trata de una colectividad que no es de derecha ni de izquierda, ni tampoco de centro derecha ni centro izquierda. Un partido que presume no solo de eso, sino de ser únicamente “de centro”, decidiendo cada vez, casuísticamente y según las ofertas que recibe en cada momento, si se inclina de un lado u otro de la díada derecha/izquierda, que sigue obstinadamente presente en nuestro país.

Con votantes que se consideran “despolitizados” por el solo hecho de no militar en ningún partido –ni siquiera en el de la Gente-, este último continuará recibiendo una parte significativa de las votaciones populares de nuevos electores jóvenes, autoproclamados como “independientes”, con lo cual solo quieren decir que no se consideran parte de nuestras elites institucionales.

En síntesis, ni la inclusión de la palabra “centro” ni tampoco la adopción del término “progresismo” podrá salvar a nuestra izquierda democrática del despiste o vacío doctrinario en que ha caído, aunque, como fue señalado antes, es probable que electoralmente no le vaya mal en futuras elecciones. Pero, ¿de qué se trata? ¿De intentar ganar con ideas claras y distintas o de licuar la palabra “izquierda” por mero oportunismo electoral?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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