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Dos científicas chilenas llevan los límites de la vida desde el fondo del océano hasta el espacio Juego Limpio El Mostrador

Dos científicas chilenas llevan los límites de la vida desde el fondo del océano hasta el espacio

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Héctor Cossio López
Por : Héctor Cossio López Editor General de El Mostrador
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Valeria Cortés y Jenny Blamey fueron reconocidas por investigaciones chilenas que exploran los límites de la vida en ambientes extremos: desde la biodiversidad, geología y procesos de la Fosa de Atacama hasta microorganismos expuestos a las condiciones del espacio.


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Hay dos lugares que parecen estar en extremos opuestos: una fosa oceánica a casi 8 mil metros bajo el Pacífico y el exterior de la Estación Espacial Internacional. Sin embargo, ambos son hoy laboratorios para una misma pregunta: hasta dónde puede llegar la vida y cómo responde cuando las condiciones dejan de parecerse a las de la superficie terrestre.

Dos científicas chilenas acaban de ser reconocidas por investigaciones que exploran precisamente esas fronteras: la geofísica marina Valeria Cortés, por su trabajo en la Fosa de Atacama, y la microbióloga Jenny Blamey, por una investigación que lleva microorganismos extremófilos al espacio.

  • Cortés fue distinguida en la categoría Postdoctorado del Premio For Women in Science 2026, otorgado por L’Oréal Chile y Unesco, en colaboración con ANID. La investigadora del Instituto Milenio de Oceanografía (IMO) estudia la geología submarina, la deformación de la corteza y la acumulación de energía sísmica en la Fosa de Atacama, una de las zonas de mayor peligro sísmico de Chile. En enero de este año se convirtió, además, en la primera mujer en descender hasta los 7.680 metros de profundidad de la fosa, durante la expedición científica conjunta entre China y Chile.
  • Pero el descenso no fue solamente un hito personal. La expedición JCATE desplegó estaciones para estudiar simultáneamente biodiversidad hadal, procesos tectónicos, microbiología de ambientes extremos, transporte de carbono y ecosistemas quimiosintéticos. El IMO describe la campaña como uno de los conjuntos de datos más completos obtenidos hasta ahora en la Fosa de Atacama. Es decir, bajo la zona donde se encuentran las placas de Nazca y Sudamericana no hay únicamente una estructura geológica capaz de acumular y liberar enormes cantidades de energía: también existe un ecosistema profundo que recién comienza a ser comprendido.

Ese es uno de los aspectos que vuelve especialmente interesante el trabajo de Cortés para la conservación. A miles de metros de profundidad, en condiciones de presión extrema y ausencia de luz, se desarrollan comunidades biológicas cuya relación con la geología y con los procesos químicos del fondo marino todavía está siendo investigada.

La propia expedición buscó, entre otros objetivos, evidencias de cold seeps o filtraciones frías, ambientes donde microorganismos y otros organismos pueden sostener comunidades mediante procesos quimiosintéticos. La Fosa de Atacama aparece así como un laboratorio natural donde geología, riesgo sísmico, carbono y biodiversidad están conectados.

El reconocimiento a Cortés llega mientras esos resultados comienzan a ser procesados. Ella ha planteado que el premio es también una plataforma para mostrar el trabajo que se desarrolla en Chile en geociencias y para fortalecer su labor de divulgación científica. El financiamiento asociado a la distinción podrá destinarse, entre otras cosas, a equipamiento para trabajo de campo y desarrollo profesional.

La otra frontera está a cientos de miles de kilómetros de distancia. Jenny Blamey, investigadora de la Universidad de Santiago, recibió una medalla en el Johnson Space Center de la NASA por su trayectoria y contribución a la investigación espacial y astrobiológica. El reconocimiento le fue entregado por Carolynn Conley, científica que ingresó a la NASA en 1969, participó en el equipo de apoyo de la misión Apolo y posteriormente se convirtió en la primera mujer en desempeñarse como Flight Activities Officer.

Blamey lidera POLARIS, un proyecto que estudia qué ocurre con microorganismos extremófilos cuando son expuestos al ambiente espacial. La misión involucra a la USACH y Fundación Biociencia junto con instituciones estadounidenses, entre ellas, NASA, el Space Test Program, la Academia de la Fuerza Aérea y la Oficina de Investigación Científica de la Fuerza Aérea. Los organismos seleccionados proceden de ambientes extremos y fueron enviados a la Estación Espacial Internacional para estudiar su respuesta a condiciones como radiación y microgravedad.

Hay una conexión inesperada entre ambas investigaciones. Cortés baja hasta uno de los ambientes más extremos del planeta para estudiar qué ocurre allí; Blamey toma microorganismos capaces de vivir en ambientes extremos y los envía fuera de la Tierra para comprobar hasta dónde pueden resistir. En ambos casos, Chile aporta conocimiento y organismos para estudiar una pregunta que trasciende sus fronteras: cuáles son los límites físicos, químicos y biológicos de la vida.

Y esa pregunta también tiene una dimensión ambiental. La Fosa de Atacama forma parte de un océano profundo que cumple funciones en el ciclo del carbono y alberga biodiversidad todavía poco conocida. POLARIS, por su parte, busca comprender los mecanismos que permiten a ciertos organismos sobrevivir en condiciones hostiles, conocimiento que puede ser relevante para futuras misiones espaciales de larga duración y para la comprensión de la habitabilidad.

Dos investigaciones aparentemente lejanas terminan encontrándose en un mismo territorio científico: los lugares donde la vida parece imposible son, precisamente, los que pueden ayudar a entender mejor cómo funciona y cuáles son sus límites. En el fondo de la Fosa de Atacama y en el espacio exterior, dos científicas chilenas están ayudando a ampliar ese mapa.

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