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Contando Chile: Región del Maule, voces que vienen de lo profundo

Contando Chile: Región del Maule, voces que vienen de lo profundo

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Miguel Laborde
Por : Miguel Laborde Escritor y director de la Revista Universitaria UC
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Desde su intenso mestizaje colonial hasta una tradición marcada por poetas, cantoras, navegantes y figuras públicas, esta crónica recorre la identidad del Maule y las raíces de una cultura regional que, pese a décadas de centralismo, busca recuperar la fuerza de su patrimonio y su voz propia.


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“Para saber quién es canta el canario”. Así dice un refrán popular. Y pareciera que en Maule se cumple, en esta región de voces potentes que así logró descubrirse y darse a conocer; con voces que vienen desde lo profundo.

En Maule, más que en otras regiones –salvo su hermana, Ñuble–, germinó una sabiduría mestiza digna de ser reconocida como la encarnación del Chile Profundo.

Por desgracia, su vitalidad disminuyó en la República, aunque ahora, en las últimas décadas, han aparecido algunos brotes verdes. Maule tiene un territorio extenso, del tamaño de Bélgica. Merecía tener su propia aventura, una historia original.

Esa clara identidad, tan definida, le viene del año 1600, aproximadamente. Por ese entonces, el mayor estratega militar mapuche de todos los tiempos, Pelentaro, lideró la llamada “Destrucción de las 7 ciudades del sur”. Murieron cerca de 1.300 españoles y miles tuvieron que buscar refugio al norte del Biobío; se fijó La Frontera y comenzó la interminable Guerra de Arauco.

Aquí en el Maule se produjo una sociedad muy compleja, con tantos refugiados, además de diez pueblos de indios, españoles desertores de la Guerra de Arauco, oficiales en retiro de la misma guerra, indios libres, todo con una densidad inesperada. El mestizaje, ahí, se volvió intenso.

Se fundieron sangres, lenguas, gastronomías, costumbres. No había ciudades todavía, así es que la mezcla se produjo en el campo, en el mundo rural, lejos de Santiago y Concepción, donde las familias del poder imponían su ley.

Maule, en cambio, tuvo algo de territorio libre. Mucho le ayudó la costa, sus astilleros y muelles, con barcos que navegaron el Pacífico en competencia con Guayaquil, gesta iniciada por Juan Jufré, “el padre de la industria chilena”. Armador y viñatero, también impulsó el primer polo textil de la región, origen de una tradición vigente.

Maule vivía en la ribera de sus ríos. Por ellos bajaban las lanchas maulinas, lentas, guiadas por los célebres bogadores. Una vez en la costa, cualquier joven campesino podía embarcarse y salir al mundo. Tenía así, la región, un aire propio.

Buenos suelos, los maulinos. A eso se sumó el clima, de soles luminosos y noches frescas, lo que les dará sabores intensos a sus productos –hoy de exportación–, en especial a sus vinos que siguen siendo un bastión de la economía regional.

Ese goce pleno de la vida, llevado a la ciencia, es obra del maulino Juan Ignacio Molina, cuya obra sobre la evolución, de interés mundial y anterior a la de Darwin, plantea que Chile es “el país más bello, más saludable y más templado de la América Meridional”, al que ve protegido por desiertos, hielos, una cordillera y el Pacífico.

Junto con la descripción de la flora y la fauna, describe a sus habitantes y, a diferencia de muchos entonces –siglo XVIII–, celebra las características del pueblo mapuche y critica la violencia de la Conquista. Como “vocero” del mestizaje en el Nuevo Mundo –que varios europeos, científicos, descalificaban–, puso en valor a toda la América hispana.

Raymond Monvoisin, el pintor francés que llevó a Chile a las artes visuales a mediados del XIX, se encantó con Maule. Lo vio como una suerte de Arcadia, una tierra fértil y alegre, de gente saludable. Entre fiestas agrícolas y religiosas, el calendario se vivía de una festividad en otra, con gran protagonismo de poetas a lo humano y lo divino, cantoras, refraneros, payadores, los que también tenían lugar en cada bautizo, matrimonio o funeral.

Esa poesía, esos cancioneros, esos refranes, enseñaban a vivir y transmitían valores, de coraje y lealtad, de confianza y serenidad. Un enorme patrimonio inmaterial que Margot Loyola, con su marido Osvaldo Cádiz, así como Valentina Hernández –“La Maulina”–, buscaron rescatar en el siglo XX. Es un arte de saber vivir, un bien estar en el mundo, que caracteriza a un maulino que sabe sacar la voz y expresar su ser interior. Eso del chileno de baja autoestima, que habla con diminutivos, con circunloquios, no es muy maulino.

“Para saber quién es canta el canario”, dice un sabio refrán campesino. Por lo mismo, se habla de “Maule, tierra de poetas”. Pablo Neruda y Pablo de Rokha son de primera línea, pero hay muchos más, como Jorge González Bastías, voz de la región que fue reconocido dándole su nombre a un poblado con estación de ferrocarril. En estos vates hay amor a la tierra, a la vida, a la humanidad y, por lo mismo, son críticos sociales sin pelos en la lengua.

En el siglo XIX, Talca, Curicó, Linares, le restaron importancia al campo. Se volvieron orgullosas, citadinas y, para desgracia regional, los jóvenes más educados comenzaron a irse a las grandes ciudades. La industrialización resultó débil.

Con los jóvenes se fue lejos un capital humano, una energía necesaria. Es curioso que dos de ellos, los líderes que modernizan a Chile en la primera mitad del siglo XX, los que impulsan un Estado fuerte y profesional, y una cultura laica e industrial, sean maulinos: Arturo Alessandri Palma y Carlos Ibáñez del Campo. Tampoco hablaban con diminutivos, también tenían esa fuerza interior propia de la región. En la segunda mitad del siglo chocarán otras dos figuras de autoridad, Augusto Pinochet –nacido en Valparaíso, pero de secular familia maulina–, contra el cardenal Raúl Silva Henríquez, otro hijo de esta región.

Fue un joven maulino, que también migró a Santiago, el actor y director Óscar “Cuervo” Castro, el que sacó la voz en campos de detención tras el golpe de 1973; en Tres Álamos, en Melinka, armó grupos que conservarían su salud mental actuando en sus talleres. Liberado, su teatro/café de París fue por años un punto de encuentro de los exiliados en Europa; algo del Chile profundo en Francia, país que lo distinguirá con la Orden de la Legión de Honor. Por hacer oír su voz…

La Universidad Católica de Maule –con el Instituto de Estudios Interdisciplinarios en Ciencia y Sociedad–, y la Universidad de Talca –con el Instituto de Estudios Humanísticos Abate Juan Ignacio Molina, con Juan Román entre sus fundadores–, son referentes ahora; gracias a ellas, los jóvenes pueden tener estudios superiores en la región. Ellas, además, han sido centros de estudios y propuestas de desarrollo afines a las características de la región.

La recuperación del Teatro Regional del Maule, uno de los mejores del país en provincia, bien gestionado, es un fenómeno también positivo, así como el Festival Internacional de Poesía de Curicó, que busca mantener viva la tradición regional de Maule como “tierra de poetas”.

A todo el país le interesa la recuperación de esta rica cultura mestiza, tan afincada en la región y con una relación tan honda con la naturaleza. Porque esa identidad maulina, como proyecto colectivo y social, es excepcional en medio del complejo escenario de las identidades chilenas. Tiene algo de primera piedra, de hito fundacional, de modelo y referente para el resto del país.

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