Región de Tarapacá: más que un desierto, una vanguardia
Tarapacá nunca fue solo desierto. Detrás de sus paisajes extremos existe una historia de pueblos, migraciones y riquezas que llegaron y partieron, dejando una identidad diversa que hoy vuelve a preguntarse por su futuro.
Su imagen lejana es la del desierto, pero de cerca aparecen oasis, termas, playas, tamarugos y el Altiplano. Lo mismo sucede con el paisaje humano, cuya diversidad no es una moda; así es la identidad de Tarapacá.
La globalización llegó con su mezcla de etnias, colores de piel, costumbres, restaurantes, todo, algo que en Tarapacá comenzó a suceder mucho antes, después de la Guerra del Pacífico y con el auge del salitre, el “oro blanco”. Pero Chile no estaba preparado para tanta diversidad; al revés, llevaba un siglo de esfuerzos por parecer homogéneo, de pura gente blanca.
Hace un siglo, todavía, nuestros consulados reclamaban a las productoras de cine en Estados Unidos si en alguna película ambientada en Chile aparecía gente de piel oscura. Nosotros no éramos así.
La Guerra del Pacífico cambió todo cuando en el Norte Grande apareció, ya ineludiblemente, el Otro, alguien que no era igual, como el peruano. Unas Ligas Patrióticas de chilenos fanáticos intentaron expulsar a los derrotados que no se fueron –para “blanquear” la zona–, pero la realidad se impuso. Había comunidades quechuas y aimaras, además de chinos que no podían ser expulsados; la mayoría había apoyado a Chile durante la guerra.
Entonces comenzó la fiebre del oro blanco, ese gran ciclo salitrero que se extendió entre 1880 y 1930 y que atrajo a numerosos europeos. Se formaron colonias de españoles, italianos y habitantes de la actual Croacia, además de grupos de empresarios ingleses y navieros alemanes en los puertos. La misma Fiesta de La Tirana, con su poderosa música resonando en el desierto, no ocultaba sus raíces indígenas y africanas, mientras en el elegante Teatro de Iquique se escuchaban varias lenguas europeas.
Como suele suceder en el desierto, todo desapareció con rapidez, tal como había llegado. Quedaron las ruinas del esplendor en lugares como Humberstone y Santa Laura, locomotoras abandonadas, teatros vacíos y un viento persistente que cubrió todo de polvo. En los cementerios, los muertos quedaron sin visitas.
Miles emigraron, abandonaron Tarapacá, extranjeros y lugareños. Como el cobre estaba en zonas aisladas y era de baja ley, no logró reemplazar al salitre; solo hacia fines del siglo XX se consiguió su desarrollo, lo que permitió el renacer de Tarapacá. Fue la pesca industrial –anchoveta, jurel, harinas y aceites de pescado– la que, entretanto, los salvó, con plantas instaladas en Iquique y Pisagua. Pero fue sobreexplotada y llegó a su fin.
Ahora, al cobre se suma la promesa del litio, la energía solar y el hidrógeno verde. Pero los tarapaqueños de siempre, los que nunca se han ido, recelan: ¿no será que la riqueza volverá a irse lejos? ¿Beneficiará realmente a unos pocos?
Se celebra el turismo de playas y el patrimonial. Es identitario, no es extractivista y genera empleos. Las restauraciones en Iquique, en las salitreras –algunas declaradas Patrimonio de la Humanidad–, o en las iglesias y poblados del Altiplano, son un gran capital cultural, aunque todavía insuficiente.
Existe una Ruta del Salitre, además de los cerca de 350 geoglifos de Pintados –uno de los mayores conjuntos del mundo– y el poblado de La Tirana. También están los pueblos de arquitectura patrimonial con ferias costumbristas, como Mamiña, con sus termas de aguas sagradas y terapéuticas; Matilla, Huara y Pozo Almonte, todos ellos con una enorme riqueza cultural en el interior de Iquique. El Oasis de Pica y Colchane, en el Altiplano, con sus tradiciones aimaras –hoy en riesgo por la presión migratoria y su cercanía a unos 70 pasos no habilitados–, forman parte de esa diversidad que constituye una riqueza.
Se necesitan recursos para su promoción y desarrollo. Los habitantes locales se quejan del centralismo, que ha acaparado tantos aportes provenientes de Tarapacá: ¿quién piensa en lo que será la región en el futuro si no hay nuevas riquezas que extraer? El problema está incluido en las Estrategias de Desarrollo Regional, incluso en la vigente (2023-2033), pero aún sin una salida clara.
Los tarapaqueños plantean que Israel y Egipto han logrado desarrollar agriculturas tecnificadas y eficientes en sus desiertos, y que el Corredor Bioceánico podría convertir a Iquique –con conexión hacia Brasil– en un puerto estratégico hacia Oceanía y Asia. Una oportunidad para abrirse a un futuro distinto.
La Universidad Arturo Prat –impulsada por personeros locales– y la Universidad de Tarapacá, sede Iquique, han sido referentes fundamentales a la hora de pensar la región. Para que los jóvenes no se vayan y para construir un imaginario tarapaqueño con identidad y futuro.
Entre otros, dos intelectuales han sido significativos: el doctor en Sociología Juan van Kessel, holandés, y el arqueólogo y doctor en Antropología Cultural Horacio Larraín Barros, coordinador regional del Centro del Desierto de la Universidad Católica. Bernardo Guerrero, discípulo del primero y doctorado en Holanda –fundador del Centro de Estudios Andinos–, forma parte de ese movimiento intelectual que no se reconoce en los modelos de desarrollo propuestos por las élites de la capital: CEPAL, Teoría de la Dependencia y Escuela de Chicago.
En gran parte, esto se debe a que esas corrientes no otorgan relevancia a dos dimensiones esenciales para Tarapacá: la relación con la naturaleza y la religión. Ambas, incluso, están entrelazadas en las cosmovisiones de los pueblos quechua y aimara.
La diversidad sigue en aumento. La Zona Franca de Iquique (ZOFRI), uno de los grandes motores comerciales de la región, ha atraído comerciantes de India y Pakistán, cuyas casas destacan en un barrio iquiqueño junto a la Mezquita Bilal. Además, son numerosos los inmigrantes provenientes de países sudamericanos.
¿Cómo se define ahora la identidad local? ¿Qué sentido tiene hoy el 21 de mayo? ¿O La Tirana? ¿O esa original mezcla de rebeldías políticas de la pampa con la devoción a la Virgen del Carmen?
Lo mismo ocurre con el “Tierra de campeones”, título que enorgullece a la región. Tarapacá, cuna del boxeo chileno, con un club de fútbol que ha obtenido la Copa Chile en dos oportunidades y con un desarrollo pionero en disciplinas como el bodyboard, el parapente y el surf, mantiene vigente esa denominación en toda clase de eventos.
Es un ejemplo de integración: no deja nada fuera. Ni su pasado incaico, ni su época virreinal, ni sus pastores aimaras que comparten vínculos con sus parientes de Perú y Bolivia, ni su historia peruana, ni los ciclos salitrero, pesquero o cuprífero. Con sus tensiones y dolores, sigue siendo una comunidad histórica que respeta su geografía y su historia.
Quien llega está invitado a participar en la construcción de su futuro, sea cual sea su etnia, nacionalidad o religión.
Los intelectuales locales demandan mayor autonomía. Después de todo, recuerdan, fue el salitre –riqueza fundamental durante medio siglo– el que permitió que Chile financiara su ingreso al mundo moderno durante la primera mitad del siglo XX. Y desde hace décadas, el cobre es el sueldo de Chile. No es poca cosa.