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Experta Pilar Muñoz y el Tratado de Altamar: Valparaíso se juega “su identidad como ciudad oceánica”
La académica de la Universidad de Valparaíso Pilar Muñoz aborda los beneficios que tendría para la ciudad y Chile albergar la secretaría técnica del Tratado de Altamar de la ONU, cuya sede se definirá en enero y por la que también compiten Bélgica y China.
La semana pasada, el Presidente José Antonio Kast viajó a Nueva York para realizar su primera intervención en la 81° Asamblea General de la ONU. La agenda de Cancillería estaba enfocada en fortalecer la seguridad. Durante el viaje se conoció la adhesión formal de Chile al Escudo de las Américas, iniciativa promovida por Estados Unidos para enfrentar al crimen organizado transnacional. Pero el ministro de Relaciones Exteriores, Francisco Pérez Mackenna, también iba con otro objetivo entre manos: levantar la candidatura de Valparaíso como sede del nuevo organismo de Naciones Unidas para el cuidado de los océanos.
Este medio consultó a Cancillería acerca de cómo les había ido con ese asunto: si consiguieron el respaldo de otros Estados parte del Acuerdo sobre la Conservación y Uso Sostenible de la Biodiversidad Marina más allá de las Jurisdicciones Nacionales (BBNJ), para que nuestra capital regional albergue la secretaría técnica del Tratado. Sin embargo, respondieron que las negociaciones eran reservadas. La definición de la sede –por la cual también compiten Bélgica y China–- será zanjada en enero. Y antes de que eso suceda, quisimos conversar con la experta en sostenibilidad oceánica y académica de la Facultad de Ciencias del Mar de la UV, Pilar Muñoz Muga, sobre los impactos que traería para la ciudad y al país ser sede de este acuerdo.
―¿Qué impacto tendría para Valparaíso albergar la secretaría técnica del Tratado de Altamar?
―Representaría una oportunidad para fortalecer la proyección internacional de Valparaíso y consolidar su vinculación con la gobernanza oceánica. Nuestra ciudad posee una identidad profundamente marítima y una importante tradición académica y científica vinculada al estudio del océano. La presencia de esta institución permitiría generar nuevas oportunidades de colaboración entre universidades, centros de investigación, organismos internacionales y actores de la sociedad civil, posicionando a Valparaíso como un espacio de encuentro para el diálogo y la cooperación internacional en torno a la conservación marina.
―¿Cuál sería el mayor beneficio?
―Desde la perspectiva de la cultura oceánica, considero que uno de los impactos más importantes sería acercar a la ciudadanía a los grandes desafíos que enfrenta el océano. El Acuerdo BBNJ nos recuerda que el océano constituye un sistema interconectado y que su protección no puede limitarse a las fronteras de los países. Lo que ocurre en altamar, también tiene consecuencias para los ecosistemas costeros, la biodiversidad y las comunidades que dependen de ellos.
―¿Qué se juega Valparaíso con esta postulación?
―Esta es una oportunidad para que Valparaíso fortalezca su identidad como ciudad oceánica, impulsando iniciativas de educación, divulgación científica y participación ciudadana que permitan comprender por qué es fundamental proteger también aquellos espacios marinos que se encuentran más allá de nuestra jurisdicción nacional.
―¿Qué aporte significaría a nivel país?
―La eventual instalación de la Secretaría podría contribuir a materializar los objetivos de la Política Oceánica Nacional y de la Estrategia Nacional de Cultura Oceánica, promoviendo una sociedad que no solo reconozca la importancia del mar, sino que también comprenda nuestra responsabilidad colectiva en su conservación.
―¿Qué oportunidades concretas abriría a la investigación científica chilena?
―Desde el punto de vista científico, el Acuerdo BBNJ abre oportunidades de cooperación internacional en ámbitos fundamentales para comprender y proteger la biodiversidad de alta mar. Sus cuatro pilares abordan los recursos genéticos marinos y la distribución justa y equitativa de sus beneficios, las herramientas de gestión basadas en áreas –incluidas las áreas marinas protegidas–, las evaluaciones de impacto ambiental, y el fortalecimiento de capacidades y la transferencia de tecnología marina.
―¿Y a nivel regional?
―Para Chile y América Latina, esto podría traducirse en nuevas oportunidades para desarrollar investigaciones conjuntas sobre biodiversidad marina, conectividad ecológica, ecosistemas profundos, cambio climático y conservación de especies migratorias, así como para fortalecer el acceso a tecnologías de observación oceánica, información científica y formación especializada. La exploración de la altamar requiere infraestructura que no está disponible de manera equitativa. Por ello, el fortalecimiento de capacidades y la transferencia de tecnología contemplados en el acuerdo son fundamentales para ampliar la participación de la comunidad científica latinoamericana en el estudio y la conservación del océano.
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