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Semana del Clima en NY: la basura como política climática

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Héctor Cossio López
Por : Héctor Cossio López Editor General de El Mostrador
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Santiago y la Patagonia fueron incorporados a una iniciativa internacional de Distritos Cero Residuos que busca reducir las emisiones de metano mediante la valorización de residuos orgánicos, infraestructura compartida y coordinación entre municipios, inversión y sistemas de gestión.


Resumen
Síntesis generada con OpenAI
Chile genera 8,1 millones de toneladas de residuos al año, de los cuales cerca del 58% son orgánicos y menos del 1% se recicla. Para enfrentar las emisiones de metano asociadas a su descomposición, Santiago y la Patagonia se sumaron al programa Distritos Cero Residuos, que promueve compostaje, generación de energía, reutilización e infraestructura compartida. La iniciativa busca obtener resultados medibles antes de la COP31 y desarrollar modelos replicables.
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Cada día, antes de que la ciudad despierte del todo, miles de camiones empiezan a recoger lo que Santiago dejó atrás. Bolsas, restos de comida, envases, cartones y todo aquello que ya no queremos, terminan siguiendo una ruta conocida: la recolección, el traslado y, finalmente, el relleno sanitario. Lo que ocurre después parece lejano. Pero no lo es. Cuando los residuos orgánicos se descomponen sin suficiente oxígeno generan metano, un potente gas de efecto invernadero. Y en Chile, la basura ya es la principal fuente de este gas.

Ese es el problema que busca abordar una iniciativa internacional que acaba de incorporar a Santiago y la Patagonia a sus primeros Distritos Cero Residuos. El programa, lanzado durante la Semana del Clima de Nueva York por la Zero Waste Foundation junto al Global Methane Hub, propone algo distinto a una campaña de reciclaje: convertir territorios delimitados en espacios donde municipios, infraestructura, sistemas de residuos, inversión y medición funcionen coordinadamente. La idea es llevar la discusión desde el compromiso climático global hasta el lugar donde finalmente se decide qué hacer con una bolsa de basura.

La urgencia está, sobre todo, en los residuos orgánicos.

  • Chile genera unos 8,1 millones de toneladas al año y cerca del 58% corresponde a materia orgánica, pero menos del 1% se recicla. Buena parte termina en rellenos sanitarios, donde puede generar metano. Al mismo tiempo, los municipios enfrentan un déficit de unos US$ 340 millones anuales asociado a la gestión de residuos. El problema climático, entonces, también es un problema de recursos: se entierran materiales que todavía pueden convertirse en compost, fertilizantes, energía o nuevos insumos.

“Reducir el metano es la forma más rápida que tenemos para frenar el calentamiento global, y reducir las emisiones de residuos orgánicos que terminan en vertederos y rellenos sanitarios es fundamental en este objetivo”, señaló Marcelo Mena, CEO del Global Methane Hub y exministro del Medio Ambiente. El modelo de Distritos Cero Residuos busca precisamente crear la escala necesaria para hacerlo: sistemas compartidos de compostaje y digestión anaeróbica, centros de reutilización y lavado, reparación, logística inversa y otras soluciones que difícilmente pueden sostenerse si cada municipio las enfrenta por separado.

La apuesta tiene además una dimensión económica. Separar los orgánicos significa recuperar nutrientes y producir compost; capturar el biogás permite generar energía; reparar y reutilizar evita fabricar y comprar nuevamente productos que todavía tienen vida útil. La iniciativa plantea que los gobiernos locales necesitan herramientas y financiamiento para hacer esa transición y que el sector privado puede complementar los recursos públicos. En otras palabras, la basura deja de ser aquello que hay que sacar de la ciudad para convertirse en un flujo de materiales que todavía tiene valor.

Santiago y la Patagonia serán ahora parte de ese experimento. El objetivo es que los distritos produzcan resultados medibles antes de la COP31, que permitan saber cuánto residuo puede desviarse de los rellenos, cuánto metano puede evitarse y qué modelos pueden replicarse. La pregunta, en el fondo, es bastante cotidiana: qué hacemos con aquello que cada mañana dejamos fuera de nuestra puerta. La respuesta puede terminar teniendo mucho más que ver con el clima de lo que hasta ahora hemos querido reconocer.

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