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La verdad bajo fuego con Almudena Ariza: “La imparcialidad en la guerra no nos obliga a fingir”
“No se puede ser neutral ante crímenes de guerra, torturas o violaciones de derechos humanos. Ahí no cabe la equidistancia”. Así de clara es la corresponsal Almudena Ariza, quien dará una conferencia en el Museo de la Memoria sobre el rostro de la guerra, la humanidad y el periodismo.
¿Hay un límite para la neutralidad? Esa es la pregunta que se hace Almudena Ariza cada vez que pisa un territorio en conflicto.
Almudena Ariza Núñez, periodista y corresponsal internacional de TVE (España) ha desarrollado una amplia experiencia en las guerras de Irak, Afganistán, Ucrania y Gaza. De estos conflictos surge una reflexión que cruza parte de su planteamiento. En la guerra no solo la vida está bajo fuego, también lo está la verdad.
Para ella, informar desde un conflicto no consiste únicamente en llegar al lugar de los hechos y contar lo que ocurre: implica además disputar el relato en medio de la desinformación, las presiones políticas y la dificultad creciente para distinguir entre hechos comprobables y propaganda. “Si no estamos informados, somos más manipulables”, advierte. En Ucrania, incluso, pudo constatar que esa disputa adquirió otra dimensión con la negación de hechos documentados.
Ariza reflexiona que cubrir conflictos armados va más allá de una recopilación de datos y dar cuenta de las estrategias militares. La corresponsal insiste en que una guerra no puede reducirse a un balance de muertos y heridos: detrás de cada número hay una vida, una familia, una historia. El desafío ético consiste en contar el daño sin deshumanizar a nadie ni convertir a grupos enteros en enemigos sin rostro. “La empatía no sustituye al rigor”, afirma.
En esta entrevista, Almudena Ariza agrega otra capa a la discusión. Si bien defiende la imparcialidad como método, es categórica en afirmar que la neutralidad no aplica cuando se está frente a crímenes de guerra, genocidios y violaciones de los derechos humanos.
La corresponsal internacional conversará el jueves 1 de octubre en el Museo de la Memoria. La conferencia “Periodismo y derechos humanos: el límite de la neutralidad” será un espacio de reflexión sobre el rol de los medios, la objetividad y la neutralidad frente a conflictos bélicos y humanitarios.

Durante ataque entre las Coreas.
-Después de haber cubierto guerras y crisis humanitarias en distintos lugares del mundo, ¿qué cree que suele perderse cuando un conflicto se cuenta únicamente desde la estrategia militar, los mapas de avance territorial o los datos de víctimas?
-Se pierde la vida de las personas afectadas. Cuando he ido a cubrir una guerra, lo que más me ha importado han sido las historias de quienes sufren sus consecuencias: cómo vivían antes, qué han perdido, qué les preocupa y cómo intentan seguir adelante. Por eso es tan importante estar en el lugar de los hechos: escuchar a la gente y contar sus historias de cerca. Eso no significa que la estrategia militar o los mapas no sean relevantes; también ayudan a explicar una guerra. Pero, en mi caso, lo que busco y lo que más me conmueve es lo que les ocurre a las personas. Esas historias no deberían quedar sepultadas por el recuento de víctimas.
-Usted ha insistido en que detrás de cada víctima hay una historia humana. Cuando la cobertura está dominada por el balance de muertos y heridos, ¿cómo consigue que las personas vuelvan a aparecer en el relato?
-Hay que preguntarse quién hay detrás del titular e investigar su historia. Devolverle un nombre a cada víctima y contar quién era, cómo vivía, qué hacía, a quién quería, qué sueños tenía. Cada persona tenía una vida propia, y esa vida no puede desaparecer detrás de un balance de muertos y heridos.
A principios de noviembre publico mi primer libro, una novela gráfica que he hecho junto al ilustrador Fermín Solís. Se llama Vidas con nombre y habla precisamente de eso: recupera historias que corrían el riesgo de quedar perdidas y cuenta qué les pasó a sus protagonistas, entre ellos, víctimas gazatíes, niños y jóvenes.
Cuando conocemos esas historias, la tragedia deja de ser algo lejano. Podemos acercarnos al dolor de quienes han perdido a alguien y entender mejor la dimensión de lo ocurrido. También es una forma de ponernos en el lugar de las víctimas y de contar lo que una guerra les ha arrebatado.
-En Gaza ha señalado que una de sus mayores frustraciones fue no poder entrar a la Franja durante una parte importante del conflicto. ¿Cómo cambia la manera de percibir la realidad cuando no se está físicamente en el lugar del conflicto?
-Cambia todo. Israel impidió deliberadamente la entrada de periodistas internacionales a Gaza. No quiso que hubiera testigos independientes que pudieran contar desde dentro lo que estaba pasando. Eso hizo mucho más difícil nuestra tarea y nos obligó a trabajar con la información que llegaba desde allí.
Lo más descorazonador es que no hubo un reclamo firme de la comunidad internacional para exigir que la prensa pudiera entrar. Eso dice mucho de lo poco que parece importar que los periodistas estén en el lugar de los hechos y puedan informar con libertad. Y no habla bien de la solidez de las democracias actuales.
-En el proyecto “Vivir y morir en Gaza” usted recurrió a testimonios de médicos, periodistas locales y personas que estaban viviendo la guerra desde dentro. ¿Cómo se transforma el relato de una guerra cuando quienes cuentan lo que ocurre no son observadores externos, sino protagonistas directos del sufrimiento?
-Se transforma por completo. Los periodistas locales han seguido contando lo que ocurría mientras ponían su vida en juego. Más de 200 han perdido la vida en Gaza. Nosotros no hemos podido entrar para contar la guerra desde dentro; ellos lo han hecho aun sabiendo el peligro que corrían. Sus testimonios son impagables. También lo son médicos y las familias que han vivido todo esto en primera persona. Ojalá ese material ayude algún día a demostrar los crímenes de guerra cometidos en Gaza y los que se siguen cometiendo.
A quienes estamos fuera nos corresponde escuchar sus voces, comprobar la información y hacer que sus testimonios lleguen lo más lejos posible. Gracias a ellos hemos podido conocer historias que, de otro modo, habrían quedado ocultas.

Cobertura en Ucrania con equipo de prensa
-En alguna de sus últimas entrevistas, usted ha señalado que en Gaza cada palabra del periodista es cuestionada y que existe una enorme presión política sobre la cobertura. ¿Cómo enfrenta un corresponsal esa tensión cuando informar sobre un hecho puede ser interpretado inmediatamente como tomar posición por uno u otro lado del conflicto?
-Hay muchos intereses en que no se cuente lo que está ocurriendo en Gaza y Cisjordania. Cuando los periodistas denunciamos el genocidio que Israel está cometiendo en Gaza y contamos lo que sucede en los territorios palestinos ocupados, se intenta desacreditarnos, silenciarnos o incluso borrarnos del debate. A veces basta con que informes de lo que ocurre para que te tachen de terrorista. Es una forma de desviar la atención y de ocultar la verdad.
Frente a eso, el periodista tiene que seguir haciendo su trabajo con rigor y honestidad: verificar lo que cuenta, explicar de dónde viene la información y no dejarse intimidar. Informar sobre hechos documentados no es tomar partido por un gobierno o un grupo armado. Es contar lo que pasa, aunque haya quien prefiera que no se sepa.
-En sus coberturas en Ucrania ha aparecido otra preocupación común a los conflictos bélicos de hoy: la dificultad para defender hechos verificables en medio de campañas de desinformación. ¿Siente que hoy no solo es importante contar lo que ocurre, sino también defender la existencia misma de los hechos?
-Sí. Y creo que también tenemos que preguntarnos cómo se pone freno a la mentira y a los bulos. Igual que nos fijamos en los ingredientes de lo que comemos y en las advertencias de las etiquetas, estaría bien que pudiéramos saber con claridad qué medios hacen periodismo de calidad y cuáles difunden información falsa. Habría que pensar en mecanismos para reconocer el trabajo riguroso, para que mentir y desinformar tenga consecuencias.
Mientras tanto, cada redacción debe tomarse en serio la verificación. Los periodistas tenemos que investigar más, contrastar mejor y ser más exigentes con nuestro propio trabajo. El periodismo riguroso hace mucha falta.
-En escenarios de guerra suele aparecer la exigencia de neutralidad absoluta de parte de los medios. Desde su experiencia, ¿cómo se compatibiliza la búsqueda de imparcialidad con la obligación ética de mostrar el sufrimiento de quienes están siendo afectados por un conflicto? ¿El trabajo periodístico puede ser imparcial en una guerra?
-El periodista debe ser imparcial en el método: comprobar los hechos, escuchar distintas fuentes, dar contexto y corregir los errores. Pero no puede limitarse a decir: “A dice que llueve y B dice que no llueve”. Tiene que abrir la ventana, mirar y contar si llueve.
No se puede ser neutral ante crímenes de guerra, torturas o violaciones de derechos humanos. Ahí no cabe la equidistancia. Y eso no nos exime de nada: al contrario, exige más rigor, honestidad y una búsqueda constante de la verdad. Hay que nombrar los hechos cuando están documentados y exigir responsabilidades. La imparcialidad no obliga a fingir que todas las partes tienen la misma razón.

Entrevista a una familia
-Usted ha hablado de la importancia de evitar la deshumanización del adversario y recordar que detrás de las cifras hay personas. Después de tantos años cubriendo guerras, ¿cuál cree que es hoy la principal responsabilidad ética cuando la verdad y la humanidad están en disputa?
-No olvidar que estamos hablando de personas. Hay que contar el daño y señalar responsabilidades cuando los hechos lo permiten, pero sin deshumanizar a nadie ni convertir a grupos enteros en enemigos sin rostro. También hay que resistir la tentación de usar el dolor de las personas para confirmar lo que ya pensamos. La empatía no sustituye al rigor; nos recuerda por qué importa tanto contar las cosas bien y qué puede ocurrir cuando dejamos de ver a los demás como seres humanos.
-Después de haber cubierto conflictos como Afganistán, Ucrania y Gaza, donde la información también se ha convertido en un campo de batalla, ¿cree que la verdad misma está bajo fuego?
-Sí. Decir que la verdad está bajo fuego significa que cada vez cuesta más distinguir qué es cierto y qué no. La gente está muy confundida, y los bulos y la desinformación se difunden incluso desde los propios gobiernos y las instituciones públicas, muchas veces con un interés político. Hemos visto al propio presidente Trump difundir bulos y mentiras. En ese contexto, el trabajo de los medios se vuelve mucho más difícil.
Pero tenemos que seguir defendiendo un periodismo confiable, riguroso y honesto. Investigar, verificar y contar con claridad lo que sabemos y lo que todavía no podemos confirmar. Ese trabajo está en la esencia del periodismo y sostiene a las democracias: si no estamos bien informados, somos mucho más manipulables.
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