Carta de amor a los bares de Santiago
¿Qué hace que un bar o un restorán sea un buen lugar para ir a comer solo? La pregunta es más difícil de lo que parece a primera vista. De partida, no es lo mismo que un restorán sea bueno para ir a almorzar solo que para ir a cenar solo, y, obviamente, que a uno le guste sin más un restorán no implica que le vaya a gustar para ir solo. Como dirían los economistas, es una condición necesaria, pero no suficiente.
Dentro de mis locales favoritos de Santiago están, en Providencia, el Normandie, Los Canallas, la nueva sucursal de El Hoyo en Barrio Italia, el Ciudadano y el Lomit’s, y en el Centro soy asiduo a La Diana, La Serrana, el Bar Unión, Espacio Gárgola, el Bierstube, el Bar 202, el Don Rodrigo y el Costa Bright. Todos ellos me gustan y a todos iría feliz acompañado pero no en todos me sentiría cómodo yendo por mi cuenta.
Lo primero es decir que al ir a comer solo uno no se quiere sentir solo. Vamos a comer solos para salir de la casa, para despejarnos, para ver algo distinto pero no porque queramos estar solos, en ese caso nos quedamos encerrados en el baño. En segundo lugar, para no sentirse solos en un local éste no puede estar ni demasiado vacío, con focos encima de uno, ni demasiado lleno, donde no hay ningún foco sobre uno pero uno cree que sí. Otro aspecto que ayuda es que en el lugar no seamos el único solitario. Esto implica dos cosas: Por un lado, que entre dos se acompañan en su soledad, y por el otro significa que este local tiene esa aura, esa esencia difícil de asir que lo convierte en un buen local para ir sin nadie, y nosotros no somos los únicos que lo hemos percibido.
Es bueno contar con una lista personal de los sitios en los que uno sabe que se sentirá a gusto comiendo o tomándose algo solo, en los que te irás a la segura. Porque nada peor que querer salir a airearse un jueves por la noche y sentirse fuera de lugar, volviendo a casa más enrollado de lo que saliste. De viaje esto es casi imposible de lograr ya que no solemos achuntarle a la primera con este tipo de tesoros, que ya empiezan a desvelar lo esquivos que pueden ser. O hay que tener el ojo demasiado afinado o caminar mucho y tener suerte para llegar justo a ese restorán que reúne las condiciones. Por experiencia personal lo más probable es que terminemos comprando un Kebab de la calle o comida para llevar en el primer chino que pillemos.
Pero, ¿qué condiciones son estas? Ya hemos mencionado algunas, las más evidentes, pero hay algo más, algo difícil de encajar en un checklist. De los lugares citados más arriba, para mí el Normandie está bien para ir a almorzar por mi cuenta pero no a comer. El almuerzo puede pasar por algo ejecutivo, pero no pasa lo mismo en la noche. Sería triste que llegue el hombre del bandoneón a tocar la Edith Piaf y darse cuenta que uno es el único que no está enamorándose de su cita. A Los Canallas y al Lomit’s no me metería solo por nada; demasiadas probabilidades de encontrarse a alguien conocido que de seguro no estará solo, y sería incómodo rechazar o aceptar la invitación a unirse a su mesa. El Ciudadano y el Hoyo —con su aire de fonda permanente— podrían funcionar, pero el ambiente es muy fiestero y un comensal solitario desentonaría. Si yo fuera el dueño de uno de esos sitios lo prohibiría.
Lo mismo me pasa en La Diana o en Espacio Gárgola, mientras que la Serrana, sin ser fiestera, busca ser una “experiencia”, un panorama. Uno se pone de acuerdo con alguien o invita a salir a alguien y se va juntos a esta pizzería de la calle Serrano. Como otros de la lista, no busca ser un boliche cotidiano, un lugar sencillo donde uno simplemente busca ir a comer el plato del día acompañado de una copa de vino y poder descansar la mirada y los oídos en la gente que te rodea.
El Bar 202, también conocido como “las mesitas”, que para mí gusto cuenta con una de las mejores esquinas de Lastarria, alejada del tráfago de la calle principal, es una muy buena opción para pasar a tomarse una cerveza, cruzar unas palabras con la amable Karen y comer sus tostadas con tomate, sobre todo en las calurosas tardes de verano cuando los edificios de alrededor hacen sombra, pero no da para quedarse mucho rato ahí solo, es algo de paso.
Ahora sí, pasando a los bares donde sí me gusta ir solo, habría que decir que el Costa Bright está bien, pero se tiene que estar en una nota algo decadente. Recuerdo que durante años vi a un señor mayor con traje gris raído sentado en la esquina de la barra. Una noche melancólica me intenté sentar allí, pero la dueña —una china con la mejor lista de música de spotify, una mezcla ecléctica imposible que ya se la quisiera Tarantino—, me dijo, o me dio a entender que no podía, que ese puesto estaba reservado, de manera permanente.
Siguiendo con los lugares con barra, el Bierstube, a unas cuadras de ahí y casi frente a la fuente que inspira su estética germánica, es otra buena opción. Es mejor ir acompañado, sobre todo si afuera hace frío y uno va y cuelga su abrigo en los percheros comunes y se sienta apretujado en sus cubículos de madera entre un grupo de amigos a tomar cerveza. Pero la barra salva a los solitarios, donde no es infrecuente encontrarse al dueño listo para conversar.
También en Lastarria pero frente al Santa Lucía está el Don Rodrigo, bar y hotel que al sibarita despistado fácilmente se le podría colar como uno de los mejores lugares de Santiago para ir acompañado, pero no en soledad, por ser muy animado, tipo El Ciudadano o La Diana. Su piano suele congregar parroquianos de talento que felices de compartir una canción con uno, pero al menos yo, aunque ya lo quisiera, no tengo la desenvoltura para meterme en eso sin la seguridad de un acompañante que me aplauda independiente del ridículo. Pero en esos casos el Don Rodrigo no abandona; te invita a subir a su último piso, al comedor del Hotel, donde también hay un piano pero esta vez capitaneado por elegante pianista de salón, quien, con su música de acompañamiento más la impersonalidad propia de los hoteles te hacen sentir que todo está, estuvo y estará, bien.
Por último, mi recomendación sin condiciones va para el Bar Unión, o la Unión Chica. Cuya pura historia amerita, o exige incluso—como acto republicano—, una ritual visita periódica; solo o acompañado, ya que ahí el protagonista no es uno, y la subjetividad individual pasa a segundo plano. Entrar, acostumbrar la vista a su luz tenue, contemplar su alta barra orquestada por barmans de oficio atendiendo a camaradas de años, y de pronto verse a uno reflejado en los espejos de sus paredes junto a ellos, entre ellos, entre obreros, oficinistas, poetas y abogados; o subir al salón del fondo —que quiere ser sobrio pero no lo logra, porque demasiada Historia se lo impiden—, a uno no sólo lo hace sentirse acompañado, lo hacen sentirse parte de algo más grande, parte de una comunidad de sentido, de símbolos y maneras en las que se rompen las fronteras del yo y uno se funde, se mezcla y se hace parte de un Bar en el que hay cabida para todos, pero no para la soledad.
Vivir en una ciudad de siete millones de habitantes ocupados, ajetreados, corriendo de lado a lado, donde se puede conocer a cientos o miles de personas pero no poder o no saber cómo coordinar de manera natural, no forzada, una ida a comer espontánea, o mejor aún pasando a tocar el timbre a cualquier amigo diciéndole “vamos al bar de la esquina”; vivir en una ciudad así, tan intensa como impersonal, tan llena de posibilidades y donde uno siente que tiene tan pocas; vivir en una ciudad así, digo, y contar con bares como el Costa Bright, el Don Rodrigo, el Bierstube o el Bar Unión son un regalo. Ahí nos vemos.
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