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Daniel Greve: “The World’s 50 Best Vineyards puede marcar un antes y un después para Chile” Turismo

Daniel Greve: “The World’s 50 Best Vineyards puede marcar un antes y un después para Chile”

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Loreto Santibáñez
Por : Loreto Santibáñez Editora de Agenda País, Revista Jengibre y Braga.
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Tras casi tres años de gestiones, Santiago será la primera ciudad de América Latina en recibir The World’s 50 Best Vineyards. Para Daniel Greve, chairman regional de 50 Best, el evento será una vitrina única para consolidar a Chile como referente internacional del enoturismo y la gastronomía.


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A mediados del próximo noviembre, Santiago se convertirá en el principal punto de encuentro del enoturismo mundial. Propietarios de algunas de las viñas más prestigiosas del planeta, periodistas especializados, compradores, sommeliers, operadores turísticos y referentes de la gastronomía llegarán a Chile para participar en The World’s 50 Best Vineyards, el ranking más influyente del sector.

Será la primera vez que la ceremonia se realice en América Latina, un reconocimiento que, para Daniel Greve, director regional de 50 Best para Latinoamérica, representa mucho más que la organización de un evento internacional. A su juicio, es la oportunidad para mostrar que Chile no sólo produce vinos de clase mundial, sino que también cuenta con una gastronomía madura, una infraestructura competitiva y una oferta turística capaz de competir con los grandes destinos del planeta.

En conversación  con Revista Jengibre de El Mostrador, abordó el largo proceso de negociación, las razones que llevaron a elegir a Santiago y el impacto que espera para la industria y la imagen país.

¿Desde cuándo comenzaron las conversaciones para traer The World’s 50 Best Vineyards a Chile?

Mucha gente piensa que esto surgió hace unos meses, pero la verdad es que detrás hay casi tres años de trabajo. La primera idea, de hecho, era distinta. Nosotros queríamos traer a Chile la ceremonia de Latin America’s 50 Best Restaurants. En ese momento comenzamos a conversar con Max Raide y con Rodolfo Guzmán para construir una propuesta que convenciera al directorio internacional de 50 Best.

Las primeras conversaciones ocurrieron durante la ceremonia realizada en Río de Janeiro. Desde mi rol dentro de la organización fui planteando la posibilidad desde el interior, mientras Max articulaba las conversaciones entre el sector público y privado y Rodolfo aportaba toda la credibilidad que representa para la gastronomía chilena.

Había mucho interés, pero también entendíamos que un proyecto de esta magnitud necesitaba tiempo, respaldo institucional y una estrategia de largo plazo.

¿Cómo fue el proceso de negociación?

Fue un trabajo de mucha paciencia. Nos enfrentamos a distintas coyunturas políticas que hacían difícil avanzar. Hubo elecciones de gobernador y queríamos involucrar a Claudio Orrego, por lo que decidimos esperar. Después vino el proceso presidencial y nuevamente entendimos que no era el momento adecuado para cerrar un acuerdo de esta naturaleza.

Cuando apareció la posibilidad de traer The World’s 50 Best Vineyards, vimos que incluso podía ser una oportunidad mayor. Estamos hablando de un evento mundial, no regional. Eso cambia completamente la dimensión del proyecto y la visibilidad que entrega.

Durante este año trabajamos prácticamente todas las semanas junto a Max Raide y al equipo del Gobierno Regional. Fueron muchas reuniones, ajustes, negociaciones y planificación hasta llegar finalmente a la firma.

Para nosotros fue un enorme logro porque será la primera vez que este evento se realiza en América Latina. Antes estuvo en La Rioja, en España, y en Australia. Que ahora llegue a Santiago demuestra la confianza que existe en Chile.

¿Qué terminó convenciendo a la organización de elegir Santiago?

Muchas veces se piensa que la decisión responde únicamente a la calidad del vino, pero en realidad son varios factores que se complementan.

Por supuesto, Chile es uno de los grandes productores del mundo y, junto con Argentina, lidera claramente la vitivinicultura latinoamericana tanto por calidad como por volumen y prestigio internacional.

Pero además existe una ventaja que pocos países pueden ofrecer, que es la logística. Santiago tiene una característica extraordinaria. Muy pocas capitales del mundo permiten salir de un hotel en Providencia, Vitacura o el centro de la ciudad y estar treinta o cuarenta minutos después recorriendo un viñedo.

Tenemos Peñalolén, Pirque, Alto Jahuel, Buin, Macul y otros sectores muy cercanos que permiten combinar perfectamente ciudad y campo en una misma jornada.

Eso significa que un visitante puede desayunar en un hotel urbano, recorrer una viña, almorzar entre viñedos, regresar para una conferencia internacional y terminar el día cenando en uno de los mejores restaurantes del país.

Ese nivel de conectividad es un atributo enorme desde el punto de vista del turismo.

“No es solo una premiación, es una vitrina mundial”

The World’s 50 Best Vineyards es el ranking internacional más prestigioso dedicado al enoturismo. Creado en 2019 por el grupo británico William Reed —el mismo que organiza The World’s 50 Best Restaurants y The World’s 50 Best Bars—, reconoce a las 50 viñas que ofrecen las mejores experiencias para los visitantes a nivel mundial.

A diferencia de otros premios centrados exclusivamente en la calidad del vino, este listado evalúa la experiencia integral que ofrece cada viña. Entre los aspectos considerados figuran la calidad de las visitas guiadas, la arquitectura, el paisaje, la hospitalidad, la gastronomía, la oferta hotelera, la sostenibilidad, las actividades culturales y la capacidad de conectar a los visitantes con la identidad del territorio.

Los ganadores son seleccionados por una academia internacional compuesta por más de 700 expertos en vino y turismo, entre ellos sommeliers, periodistas especializados, profesionales de la industria y viajeros con amplia trayectoria en enoturismo, distribuidos en distintas regiones del mundo.

¿Qué representa para Chile ser sede de este encuentro?

Lo primero es entender que esto no consiste únicamente en entregar un ranking. Durante toda una semana llegan periodistas especializados, compradores, sommeliers, dueños de viñas, operadores turísticos, inversionistas, comunicadores y líderes de opinión provenientes de distintos continentes.

Son personas que influyen directamente en las decisiones de viaje y también en las tendencias del mercado internacional. Muchos de ellos nunca han estado en Chile. Por lo tanto, el país tendrá una oportunidad irrepetible para generar una primera impresión.

Y esa impresión no dependerá solamente de los vinos. Dependerá de la ciudad, de los hoteles, del servicio, de la gastronomía, del patrimonio, de la cultura, de la infraestructura, de la seguridad y de la experiencia completa.

¿Puede este evento transformar el turismo del vino chileno?

Estoy convencido de que sí. Creo que puede marcar un antes y un después. El vino funciona como un gran embajador. Muchas veces digo que es nuestro rompehielos frente al mundo. Una persona puede venir inicialmente motivada por conocer una viña, pero termina descubriendo la cocina chilena, los productos del mar, el aceite de oliva, el pisco, el gin nacional, nuestros paisajes y nuestra cultura.

El vino abre conversaciones. Y esas conversaciones generan nuevas oportunidades para muchas otras industrias. Por eso este evento beneficia muchísimo más que al sector vitivinícola.

Una vitrina para la gastronomía

La edición 2026 tendrá un carácter histórico, ya que Santiago será la primera ciudad de América Latina en albergar el evento, consolidando a Chile como uno de los principales referentes del turismo del vino en el hemisferio sur. Pero el enoturismo de alto nivel hoy se entiende como una experiencia gastronómica integral.

Chile ha pasado de ser un país reconocido por la calidad de sus productos a convertirse en un destino gastronómico con identidad propia. No es casual que en las actividades paralelas participen chefs, cenas colaborativas y experiencias culinarias, porque la organización entiende que el vino no puede separarse de la mesa.

¿Qué papel juega la gastronomía dentro del enoturismo?

Es absolutamente fundamental. Siempre digo que no existe buena cocina sin vino y tampoco existe un gran vino sin una buena sobremesa. El vino nació para compartirse. Forma parte de la conversación, del encuentro y de la cultura. Por eso la gastronomía no puede entenderse como un complemento del enoturismo; es uno de sus pilares.

Quienes visiten Chile recorrerán viñas, pero también conocerán restaurantes, mercados, cocineros, productores, pescadores y agricultores. Van a descubrir ingredientes que hablan de nuestra identidad. Y eso hace mucho más potente la experiencia.

La cocina chilena también ha ganado prestigio internacional. ¿Cómo dialoga con el vino en la construcción de una marca país?

Hoy Chile vive uno de los mejores momentos de su historia gastronómica. Tenemos restaurantes que están desarrollando propuestas con identidad, investigación y un enorme respeto por el territorio.

Eso también podrá verse durante esta semana. Muchos visitantes conocerán restaurantes como Boragó, Casa Las Cujas, Ambrosía, La Calma, Pulpería Santa Elvira, Demencia, Demo Magnolia, Yum Cha y otros proyectos que están mostrando una cocina profundamente chilena, pero al mismo tiempo contemporánea.

Cuando vino y gastronomía trabajan juntos, el relato del país adquiere mucha más fuerza.

“El verdadero legado viene después”

La llegada de The World’s 50 Best Vineyards también pone a prueba la capacidad de articulación del país. Los grandes eventos internacionales no generan impacto únicamente por el número de asistentes o la cobertura mediática, sino por la forma en que un destino logra aprovechar una poderosa vitrina para proyectar una imagen coherente del país.

Esa articulación convierte un evento de pocos días en una herramienta de posicionamiento que puede extender sus efectos durante años. Más que promocionar una viña o un restaurante, el desafío consiste en mostrar un ecosistema.

¿Qué impacto económico espera?

Hay un impacto inmediato. Durante esos días Chile concentrará la atención del mundo del vino. Eso significa hoteles llenos, restaurantes funcionando a máxima capacidad, transporte, servicios y actividad económica. Pero lo más importante ocurre después.

La cobertura internacional, las publicaciones en medios especializados y las redes sociales generan un efecto que permanece durante años. Más personas comienzan a considerar a Chile como un destino turístico. Más personas buscan nuestros vinos. Más personas descubren otros productos nacionales. Ese efecto multiplicador es probablemente el mayor valor del evento.

¿Puede ser el inicio de una nueva etapa para Chile como sede de grandes encuentros internacionales?

Yo espero que sí. Llevo casi una década trabajando con 50 Best y siempre he tratado de que ocurran cosas relevantes en Sudamérica. Me interesa que Argentina siga creciendo, que Uruguay continúe desarrollándose, que Paraguay y Bolivia también encuentren espacios para mostrarse.

Pero Chile tenía una oportunidad extraordinaria y supo aprovecharla. Estoy convencido de que este evento dejará una huella importante. No impulsa solamente a una viña o a un restaurante. Fortalece el turismo, la gastronomía, la agricultura, las exportaciones, el comercio y la imagen internacional del país.

En definitiva, ayuda a que Chile sea visto de una manera distinta. Y esa es una inversión cuyo retorno probablemente seguirá viéndose mucho después de que termine la ceremonia.

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