Opinión
Santiago y la ventana abierta para liderar el turismo sudamericano
Santiago está a un paso de convertirse en la gran capital turística de Sudamérica. Tiene la escala, la oferta, la conectividad y la demanda internacional para lograrlo. Lo que falta –y no es menor– son las decisiones de política pública y la coordinación institucional que transformen esa ventaja potencial en liderazgo efectivo. Y esa ventana no estará abierta para siempre.
Chile cerró 2025 con más de 6 millones de turistas extranjeros, la mejor cifra desde 2017. Una parte sustancial de ese flujo ingresó por el Aeropuerto Arturo Merino Benítez, principal puerta de entrada del país y uno de los activos estratégicos más relevantes para el desarrollo turístico nacional. Ese dato confirma algo evidente: Santiago no solo recibe visitantes, también concentra la primera impresión que miles de personas se llevan de Chile.
La capital ha avanzado con fuerza en los segmentos vacacional, corporativo y de eventos. Hoy cuenta con infraestructura hotelera consolidada, barrios gastronómicos con reconocimiento internacional, una agenda cultural creciente, conectividad aérea y terrestre, y una red de servicios turísticos profesionalizada.
Pocas ciudades del continente pueden ofrecer, además, la posibilidad de desayunar en una gran urbe cosmopolita, almorzar en una viña de nivel mundial y esquiar por la tarde en centros de montaña ubicados a poco más de una hora. A eso se suma una potente oferta de enoturismo, turismo de naturaleza, patrimonio histórico y escapadas hacia la costa central. Esa combinación convierte a Santiago en una ciudad singular y altamente competitiva.
En esa línea, la Política Regional de Turismo Sostenible impulsada por el Gobierno de Santiago es una señal positiva. Este tipo de instrumentos son fundamentales porque permiten ordenar prioridades, coordinar actores públicos y privados, proyectar inversiones y establecer una visión compartida de largo plazo. Pero su valor real dependerá de la capacidad de traducirla en ejecución: metas medibles, plazos claros y presupuesto.
Pero ninguna oportunidad se concreta sola. Santiago arrastra deudas que hoy están limitando su competitividad y que requieren respuestas concretas. La primera es la seguridad. Ningún destino urbano puede consolidarse si los visitantes perciben riesgos en espacios públicos, barrios turísticos o sistemas de transporte: es la variable que más rápido destruye una reputación que toma años construir.
El segundo desafío es la integración de circuitos turísticos. Santiago necesita conectar mejor sus atractivos urbanos, culturales, gastronómicos y naturales mediante rutas claras, señalética moderna, información digital y transporte eficiente. La experiencia del visitante debe ser simple, fluida y de calidad.
Además hay dos frentes que no pueden seguir postergándose. Uno es la gestión y los accesos a los centros de montaña, donde la congestión en temporada alta es ya un problema reputacional. El otro es la gobernanza del aeropuerto de Santiago, puerta de entrada y salida de buena parte de nuestros visitantes y cuya experiencia sigue siendo desigual.
Santiago tiene los atributos, la escala y el potencial para ser la gran capital turística de Sudamérica. Lo que está en juego no es una aspiración gremial: es una decisión estratégica con impacto directo en empleo, inversión y proyección internacional. La ventana está abierta. Lo que falta no son atributos: es decisión.
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