Viajes
Los cafés, confiterías y bares que conservan la memoria de Buenos Aires
Mucho antes de convertirse en atractivos turísticos, los cafés fueron lugares de reunión, discusión política, literatura, tango y vida cotidiana. Desde 1998, Buenos Aires desarrolla una política específica para protegerlos. Hoy el catálogo oficial reúne 90 Bares Notables.
Hay ciudades que pueden recorrerse por sus monumentos y otras cuya historia también está guardada en lugares mucho más cotidianos. En Buenos Aires, una parte importante de esa memoria se encuentra junto a una barra de madera, entre mesas pequeñas, tazas de café, facturas, copetín y conversaciones sin apuro.
Los cafés forman parte del paisaje porteño mucho antes de convertirse en una atracción turística. Fueron oficinas improvisadas, refugios para leer el diario, salones literarios y puntos de encuentro para escritores, artistas, políticos, periodistas, vecinos y generaciones enteras que hicieron de sentarse a tomar un café una forma de habitar la ciudad.
La relación es antigua. El gobierno local sitúa antecedentes de esta cultura incluso antes de la Revolución de Mayo de 1810. El Café de Marco, frente a la Manzana de las Luces, fue frecuentado por figuras como Mariano Moreno, Manuel Belgrano y Juan José Castelli. Con el paso del tiempo, aquellos establecimientos dejaron de ser simplemente negocios gastronómicos para convertirse en escenarios de la vida urbana.
Algunos sobrevivieron al crecimiento de Buenos Aires y a sus sucesivas transformaciones. El Café Tortoni, fundado en 1858, recibió a figuras como Jorge Luis Borges, Federico García Lorca, Julio Cortázar, Carlos Gardel y Luigi Pirandello. Los 36 Billares abrió en 1894 sobre Avenida de Mayo y conserva sus mesas de billar centenarias. En Boedo, Café Margot ocupa desde comienzos del siglo XX una esquina vinculada a la identidad cultural del barrio.
Pero la mejor manera de comprender esta historia es ir a alguno de ellos. O varios.
Un café también puede ser una forma de viajar
En el centro porteño, esta tradición aparece con especial intensidad. Entre avenidas, edificios históricos y una ciudad que se mueve a toda velocidad, sobreviven espacios donde el tiempo parece detenerse.
En Avenida Corrientes está El Gato Negro, fundado en 1928. Basta cruzar la puerta para saber que estamos en un clásico del barrio. Muebles de madera tallada, vitrinas, lámparas de inspiración oriental y el aroma de las especias, el té y el café construyen una atmósfera que remite a otro Buenos Aires.
Su historia tiene además una particularidad: nunca fue solamente un café. Desde sus comienzos estuvo ligado a la venta de especias y productos importados, una identidad que todavía permanece. En sus mesas conviven clientes habituales, para quienes volver forma parte de la rutina, y visitantes atraídos precisamente por esa sensación de estar entrando en un lugar que se ha resistido al paso del tiempo.
Quizás lo más interesante sea imaginar todo lo que ocurrió alrededor de esas mesas. Conversaciones que duraron horas, encuentros repetidos durante años y clientes que probablemente ocuparon el mismo lugar hasta convertirlo en parte de su propia geografía personal.
A pocas cuadras aparece Los Galgos, inaugurado en 1930. La barra, los espejos, la madera y los revestimientos originales conservan la estética de los antiguos bares porteños, pero el lugar no intenta convertirse en una pieza de museo.
Ahí está precisamente su encanto. Los Galgos demuestra que conservar un espacio no significa congelarlo. El bar mantiene su identidad mientras incorpora una propuesta gastronómica contemporánea y continúa funcionando como un lugar de encuentro. El diseño cuenta una historia, pero la experiencia sigue siendo esencialmente cotidiana: sentarse, comer, tomar algo y quedarse un rato.
En Almagro, Las Violetas propone otra experiencia. Fundada en 1884, es una de las confiterías más elegantes de Buenos Aires, reconocible por sus grandes vitrales, columnas, boiseries y arquitectura de inspiración europea.
Pero su tradición no se queda en los salones. Una parte importante de la experiencia está también en el mostrador, donde la pastelería, tortas, dulces y otros productos clásicos se pueden comprar para llevar. Es una escena que conecta el pasado con una costumbre muy vigente: entrar a la confitería no necesariamente para sentarse a tomar el té, sino para llevarse a casa algo de esa tradición.
Dentro del salón, en cambio, el ritual es otro. Tortas, pastelería tradicional, sándwiches y el té de la tarde convierten la visita en una experiencia que combina gastronomía y patrimonio. Familias, vecinos y visitantes ocupan las mesas mientras los vitrales transforman una pausa aparentemente sencilla en un viaje al Buenos Aires de otra época.
Otro de los nombres ligados a la memoria porteña es La Giralda, cuyo histórico local de Avenida Corrientes, a pasos del Obelisco, es famoso por servir -según dicen- el mejor chocolate caliente con churros de la ciudad.
Abrió sus puertas en 1930 fundado por el español Francisco Garrido, quien lo nombró en honor a la famosa torre de Sevilla. Allí sobrevive la cafetería como punto de encuentro y una pausa en medio del movimiento de la ciudad, conservando su estilo de cápsula del tiempo con mobiliario original, paredes blancas con azulejos, una larga barra de madera, espejos grabados y vitrinas.
La marca, sin embargo, también ha comenzado a expandirse fuera de ese espacio histórico, con una nueva sede en el Mercado San Nicolás. Mientras el local de Corrientes carga con el valor patrimonial y la memoria de décadas, el nuevo espacio lleva esa identidad hacia una Buenos Aires que continúa cambiando.
El patrimonio en una mesa
Lo que une a estos establecimientos no es únicamente su antigüedad. Hay arquitectura, mobiliario, historia y personajes, pero también la continuidad de quienes los frecuentan.
Jubilados, vecinos, familias que han convertido una visita en una tradición. En estos cafés, la memoria no está solamente en las paredes, sino en las costumbres.
Esa dimensión explica la existencia del programa Bares Notables, una política creada en Buenos Aires en 1998 para proteger establecimientos considerados relevantes por su valor histórico, arquitectónico, cultural, social o urbanístico. El catálogo reúne actualmente 90 cafés, bares, billares y confiterías distribuidos por distintos barrios porteños.
La definición de notable no quedó restringida a la antigüedad, ya que también considera su relación con actividades culturales, su arquitectura, su importancia urbana y el vínculo con la comunidad local. Y es que un café puede ser patrimonial no solo porque conserva una fachada antigua o cuenta con unos vitrales excepcionales, sino porque todavía cumple una función dentro del barrio.