Pensar como la ciencia
¡Buenas tardes, estimados y estimadas tripulantes de este Universo Paralelo!
La palabra “divulgación” en “divulgación científica” ha hecho mucho daño. Está allí solo para recordarnos que la ciencia es algo enorme, objetivo, impersonal, fuera del alcance de quienes no son expertos en alguna de sus áreas.
- ¿Por qué cuando hablamos de ciencia con públicos amplios hay que pedir permiso con una etiqueta? ¿Acaso alguien habla de divulgación jurídica, filosófica o económica? Quizás en ocasiones, pero convengamos que es junto a la ciencia donde esta palabra aparece más a menudo.
Desde Galileo y Newton la física encontró en las matemáticas uno de sus mejores aliados. A partir de ahí, hacer y entender física implicó tener un dominio matemático, lo que ha alejado a quienes no la practican. Esto no es para nada natural. El físico Eugene Wigner lo dijo mejor que nadie en su legendaria conferencia “La irrazonable eficacia de las matemáticas en las ciencias naturales”.
Es un gran misterio el que existan ciertos fenómenos que se resistan a la prosa, la forma más difundida de comunicación. Por eso están allí la poesía y las matemáticas, necesarias para describir estados emocionales y realidades naturales, respectivamente.
Esto no significa que la ciencia no requiera la prosa. De hecho, si bien el lenguaje técnico es necesario en ciencia – como lo es en cualquier disciplina en nuestros días – no es siempre de ayuda. A veces se utiliza simplemente para confundir. La física – y la ciencia – exigen buena prosa, porque no son solo matemáticas. Muchos profesionales se escudan en tecnicismos cuando no entienden los fundamentos de una teoría.
El éxito de las ciencias naturales, asociado al lenguaje técnico, y el prestigio que esto significó hizo que algunas personas encontraran en el uso de formalismo matemático una manera de impostar creaciones intelectuales vacías, o de adornar productos de dudosa calidad, algo que nos acompaña hasta hoy en lo más profundo de la academia.
- Quizás de allí que la “divulgación” sea la forma de prevenir al lector de que aquello que digo no es lo real. De pavonearme de que yo también puedo hablar sin que se me entienda una sola palabra.
Me niego a eso. Truman Capote habla de derecho en A sangre fría, un libro que nadie tildaría de divulgación judicial. Del mismo modo nosotros hablamos de ciencia.
Porque todos pueden y deben hablar de ciencia, porque las grandes preguntas no requieren tecnicismo alguno y porque esas preguntas no pueden solo quedar en manos de científicos. Después de todo, como todo científico sabe, la ciencia no consiste en construir buenas respuestas, sino, fundamentalmente, en hacerse buenas preguntas.
- Las ideas más profundas de la ciencia se concibieron antes de cualquier cálculo. Fueron intuiciones, creaciones libres de nuestras mentes. Sus grandes motivaciones fueron humanas, estéticas, a veces sociales y políticas.
En los 80, la serie Cosmos de Carl Sagan impactó profundamente en mi generación. El subtítulo define todo esto de manera perfecta: “Un viaje personal”. La ciencia no como árida e impersonal, como un viaje acogedor, personal. La ciencia es demasiado importante como para que te quedes fuera. Olvídate de la divulgación científica. Ven a hablar de ciencia. Es a lo que te invitamos en este Universo Paralelo.
En esta edición participan conocidos de la casa: Fabiola Arévalo, doctora en Física; Cristóbal Galbán, doctor en biogeoquímica; Camilo Sánchez, geólogo y académico de la Escuela de Geología de la Universidad Mayor; Sofía Vargas, doctora en Ciencias; Ignacio Retamal, doctor en Ciencias y la periodista Francisca Munita.
- Gracias por acompañarnos en este número de Universo Paralelo. Comenta y comparte este link. Y si este newsletter te llegó gracias a alguien que cree que la ciencia también debe formar parte de la conversación cotidiana, inscríbete aquí y sigamos cultivando la curiosidad y el pensamiento crítico.
CUANDO LA INTUICIÓN FALLA

Crédito: Imagen generada por IA.
¿Cuánto más grande es un billón que un millón? Nuestra intuición responde “muchísimo”, pero esa respuesta se queda corta. Si tuviera una máquina del tiempo y viajara un millón de segundos atrás, eso es 11 días y medio, podría haber ido a comprar pan y volver. Pero si viajara un billón de segundos hacia el pasado, es decir un millón de millones, aparecería hace unos 31 mil 700 años y no encontraría pan porque aún no había comenzado la agricultura. Nos cuesta manejar bien los números grandes. Estamos acostumbrados a movernos entre minutos, kilómetros o algunos años, no entre millones de años o cientos de miles de kilómetros por hora.
- Acostumbrados a nuestras escalas cotidianas, es difícil distinguir bien entre escalas enormes. Cuando pensamos en “el pasado”, tendemos a comprimir miles, millones e incluso cientos de millones de años en una única categoría difusa: “hace mucho tiempo”. En ese contexto, no resulta extraño que Los Picapiedra nos parezca natural, aunque se enseñe en el colegio que los dinosaurios desaparecieron decenas de millones de años antes de que aparecieran los seres humanos. Pueden comprobar en este enlace como se vería su ciudad hace millones de años atrás.
Este tipo de ejemplos no son simples curiosidades, sino que revelan una dificultad mucho más profunda: comprender la ciencia no siempre depende de memorizar datos, sino de construir intuiciones que se parezcan a la realidad. En esa línea, una reciente editorial de Nature plantea que un gran desafío de la comunicación científica quizás no sea convencer a una sociedad que, en su mayoría, declara confiar en la ciencia, sino ayudar a comprender fenómenos que contradicen nuestra experiencia cotidiana.
- Tomemos ahora las velocidades. Un tornado puede desplazarse sobre el terreno a unos 20 km/h, una velocidad similar a la de una bicicleta. Sin embargo, el aire que gira en su interior puede superar los 300 km/h, comparable a un tren de alta velocidad y aproximadamente a un tercio de la velocidad de un avión comercial. Así como un millón y un billón de segundos parecen pertenecer a la misma categoría de “muchísimo tiempo”, 20 y 300 km/h podrían parecer simplemente “muy rápido”. Son dos velocidades del mismo fenómeno, pero describen aspectos completamente distintos.
Quizás por eso el desafío de la comunicación científica es mayor de lo que solemos pensar. No basta con entregar información correcta. Hay conceptos científicos que simplemente no caben en nuestra experiencia cotidiana. Nadie vive millones de años, nadie experimenta velocidades de cientos de kilómetros por hora ni recorre distancias astronómicas.
Por eso comunicar ciencia implica algo más que entregar datos: también exige encontrar comparaciones que nos permitan imaginar ese mundo. No es un desafío exclusivo de un país en particular. Como muestra la reciente discusión publicada en Nature, también forma parte del debate internacional sobre cómo comunicar ciencia en una sociedad que en general, con algunos matices, confía en ella, pero que sigue enfrentando dificultades para imaginar fenómenos que escapan a la experiencia cotidiana.
LA UNIVERSIDAD COMO COMUNICADORA DE CIENCIA

Crédito: Imagen generada por IA.
Existe una percepción bastante extendida de que las universidades viven encerradas en su propia torre de marfil: publicando artículos científicos, obteniendo proyectos de investigación y formando estudiantes dentro de los límites de una disciplina. En parte esa imagen es cierta. Esa es una parte fundamental de la misión universitaria. Pero no es toda.
Las universidades también tienen una responsabilidad con la sociedad que las financia, las sostiene y, en definitiva, les da sentido. Esa responsabilidad incluye comunicar ciencia.
- Y aquí suele producirse una confusión importante. Con demasiada frecuencia, la comunicación de la ciencia se interpreta como una estrategia de marketing para atraer futuros estudiantes o mejorar el posicionamiento institucional. Por supuesto, una universidad que comunica bien puede fortalecer su imagen, pero ese no debería ser el objetivo principal. La comunicación científica no existe para vender carreras ni para captar matrículas; existe para cumplir una función pública. Una universidad no solo forma profesionales y produce conocimiento: también debe contribuir a que la sociedad comprenda mejor el mundo en el que vive.
Con frecuencia se considera que la divulgación científica es un gasto superfluo o una actividad secundaria frente a la investigación o la docencia. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Comunicar ciencia no significa simplificar el conocimiento hasta convertirlo en entretenimiento. Significa despertar curiosidad, mostrar por qué vale la pena hacerse preguntas y transmitir la forma en que se construye el conocimiento científico.
Las actividades de divulgación tradicionales cumplen un papel muy importante. Llevar escolares a un laboratorio para extraer ADN de una frutilla es una experiencia memorable y probablemente despierte vocaciones. Pero existe otra dimensión mucho menos explorada y quizás incluso más necesaria: ¿Cómo piensa un científico? ¿Cómo enfrenta la incertidumbre? ¿Cómo analiza un problema? ¿Cómo distingue una opinión de una evidencia? ¿Cómo observa la realidad?
Esa forma de pensar también merece ser comunicada.
- Por eso la comunicación científica no puede limitarse a visitas guiadas, talleres o ferias de ciencia. También debe ocupar espacios en los medios de comunicación masivos. Es allí donde la sociedad construye buena parte de su visión del mundo.
Sin embargo, el espacio dedicado a la ciencia en los medios parece reducirse cada vez más. Recuerdo que el verano pasado, mientras leía un diario, noté que la sección de Ciencia había perdido protagonismo dentro del conjunto de contenidos, desplazada por temas más ligeros como tendencias digitales o incluso artículos sobre aplicaciones de citas. Esa tendencia refleja cómo la ciencia ha ido perdiendo un espacio propio dentro de la conversación pública.
- Y ese es un problema. Hace incluso que discusiones que se dan en medios, como la evidencia del cambio climático, sean puestas en duda por autoridades públicas. También permite que en espacios de amplia difusión se presenten afirmaciones históricas o políticas sin el mínimo rigor metodológico, como si todas las opiniones tuvieran el mismo peso que la evidencia. El problema no es únicamente político o ideológico; es la falta de pensamiento crítico.
Cuando la ciencia desaparece del debate cotidiano, no solo pierde visibilidad. También pierde capacidad para influir en la forma en que una sociedad toma decisiones, comprende los riesgos ambientales, evalúa políticas públicas o simplemente desarrolla pensamiento crítico.
- Las universidades no deberían aceptar pasivamente esa pérdida de espacios. Deben disputar esos lugares. No para hacer publicidad institucional ni para aumentar indicadores de visibilidad, sino porque la sociedad necesita escuchar voces que expliquen el conocimiento desde la evidencia y el pensamiento crítico.
Comunicar ciencia no es únicamente contar descubrimientos. Es mostrar cómo se llega a ellos. Es enseñar que la duda no es una debilidad, sino el motor del conocimiento. Es transmitir que cambiar de opinión frente a nueva evidencia no es inconsistencia, sino precisamente la esencia del método científico.
Quizás esa sea hoy una de las contribuciones más importantes que una universidad puede hacer a la sociedad: no solo generar conocimiento, también ayudar a construir una ciudadanía capaz de pensar científicamente.
NOTICIAS: LA SEMANA EN CIENCIA

Paradójicamente, el fuego también puede salvar bosques. En la imagen, secuoyas gigantes tras el incendio de 2021 en California. Crédito: Daniel Jeffcoach.
Esta semana recibimos excelentes noticias en el ámbito médico, con avances que podrían tener un enorme impacto en la salud humana. A ellas se suman descubrimientos tan sorprendentes como un agujero negro “devorador” de estrellas, el uso del fuego para prevenir incendios forestales, un hallazgo que vincula la física cuántica con una mayor eficiencia energética y los prometedores efectos que podrían tener los llamados “hongos alucinógenos” en nuestro cerebro.
- Reviven potente antibiótico que las bacterias habían derrotado
Científicos lograron devolverle la eficacia a la vancomicina, un antibiótico que algunas bacterias resistentes ya habían aprendido a esquivar. En lugar de crear un nuevo medicamento, la combinaron con una pequeña molécula que bloquea una enzima clave usada por estos microorganismos para defenderse. El resultado permitió eliminar nuevamente cepas resistentes y abre una prometedora estrategia para recuperar antibióticos que parecían haber quedado obsoletos.
Dato curioso: la vancomicina se utiliza desde hace casi 70 años y sigue siendo uno de los antibióticos de última línea para tratar infecciones graves.
Publicado el 22 de julio de 2026. Conoce MÁS.
- Descubren un agujero negro “errante” que destruye una estrella
Un agujero negro supermasivo fue observado mientras despedazaba una estrella en las afueras de una galaxia, lejos de su centro, donde normalmente se encuentran estos gigantes cósmicos. El hallazgo, realizado con el observatorio Swift de la NASA, podría cambiar la forma en que los astrónomos buscan agujeros negros errantes y ayudar a descubrir muchos más ocultos en el universo.
Dato curioso: durante el evento, la estrella llegó a brillar con una intensidad equivalente a unos 10 mil millones de soles antes de desaparecer.
Publicado el 27 de julio de 2026. Conoce MÁS.
- El fuego que terminó salvando al bosque
Un estudio reveló que las quemas controladas salvaron miles de árboles gigantes de secuoyas durante los incendios extremos de 2020 y 2021. Tras analizar más de 26 mil árboles, los investigadores descubrieron que los ejemplares sometidos a este manejo tuvieron casi cuatro veces más probabilidades de sobrevivir. En total, las quemas evitaron la muerte de cerca de mil 900 secuoyas y confirmaron el valor de esta estrategia frente a incendios cada vez más intensos.
Dato curioso: las secuoyas gigantes pueden vivir más de tres mil años y alcanzar un peso similar al de unas 15 ballenas azules.
Publicado el 22 de julio de 2026. Conoce MÁS.
- El gen que ayuda al cerebro a envejecer mejor
Investigadores descubrieron por qué las personas con la variante genética APOE2 tienen menor riesgo de desarrollar Alzheimer. El estudio reveló que este gen ayuda a las neuronas a proteger y reparar su ADN, reduciendo el daño que se acumula con la edad. El hallazgo entrega nuevas pistas para desarrollar futuras terapias inspiradas en este mecanismo natural de protección.
Dato curioso: de las tres variantes más comunes de este gen, APOE4 es la que se asocia al mayor riesgo de Alzheimer.
Publicado el 24 de julio de 2026. Conoce MÁS.
ÓRBITAS PARALELAS
Un efecto cuántico podría hacer más eficientes las energías del futuro
Científicos descubrieron un mecanismo cuántico en el que un protón se desplaza brevemente para acelerar el traspaso de energía entre nanopartículas y moléculas. Este fenómeno mejora la velocidad y eficiencia del proceso, y podría ayudar a desarrollar celdas solares, láseres y nuevos materiales capaces de aprovechar mejor la energía.
Más información.
Una dosis de psilocibina deja huellas en el cerebro hasta por un mes
Un estudio reveló que una sola dosis de psilocibina, el compuesto presente en los llamados “hongos mágicos”, puede producir cambios medibles en la actividad y estructura del cerebro que persisten hasta un mes. Los participantes también mostraron mayor flexibilidad mental y una sensación de bienestar asociada a estos cambios.
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LA IMAGEN DE LA SEMANA

Crédito: Universidad de Chile.
CIENCIA CALLEJERA
Durante años, conocimos la ciencia gracias a la televisión. Programas como La Tierra en que Vivimos, Al Sur del Mundo, El Mundo de Beakman, Maravillozoo o El Mundo del Profesor Rosa acercaron el conocimiento a los televidentes de forma cotidiana, transformando el aprendizaje en una experiencia familiar y colectiva. Incluso la ficción ha contribuido a este fenómeno. Series como The Big Bang Theory despertaron un mayor interés por las ciencias físicas, al punto de que el Consejo de Financiación de la Educación Superior de Inglaterra (HEFCE) reportó un aumento en la matrícula de carreras asociadas tras su emisión.
Detrás de estos ejemplos existe una idea común: el conocimiento científico también adquiere valor cuando logra salir de los laboratorios y dialogar con la ciudadanía.
- En este punto resulta útil distinguir dos conceptos que suelen confundirse. Para la Dra. Victoria Espinosa (2010), la comunicación científica busca difundir resultados y avances entre especialistas de una misma disciplina. La divulgación científica, en cambio, tiene como propósito acercar ese conocimiento al público general mediante un lenguaje accesible, permitiendo que la sociedad participe de manera informada en los debates científicos. En este proceso intervienen investigadores, periodistas, educadores, artistas y comunicadores (Murgel y Liliana, 2025).
La Imagen de la Semana muestra precisamente una forma distinta de hacer divulgación. Se trata del mural Volcanes de Chile, desarrollado en 2017 por el Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes (CEGA) de la Universidad de Chile durante la construcción de la Línea 3 del Metro de Santiago. Geólogas, geólogos y muralistas transformaron el cierre perimetral de la obra en un espacio educativo abierto, utilizando el arte urbano para explicar la geología del territorio chileno y el potencial de la energía geotérmica.
La iniciativa demuestra que la divulgación no necesariamente ocurre en museos, aulas o documentales. También puede aparecer en una estación de metro, en un mural, en una plaza o en cualquier espacio donde las personas desarrollan su vida cotidiana. Cuando la ciencia se integra al paisaje urbano deja de ser un conocimiento reservado para especialistas y comienza a formar parte de la conversación pública, de manera cercana y democrática.
- La UNESCO ha señalado que la comunicación científica constituye un proceso cultural que influye directamente en la calidad de la democracia. En una sociedad donde las decisiones sobre cambio climático, energía, salud o biodiversidad dependen cada vez más de la evidencia científica, acercar ese conocimiento a la ciudadanía deja de ser una actividad complementaria para transformarse en una responsabilidad compartida.
Quizás por eso la divulgación científica no consiste únicamente en explicar conceptos complejos. Consiste, sobre todo, en crear espacios donde la ciencia pueda encontrarse con las personas. Porque el conocimiento no transforma la sociedad mientras permanece encerrado en un artículo científico. Comienza a hacerlo cuando aparece en una conversación, en una sala de clases o semana a semana en Universo Paralelo.
BREVES PARALELAS

Crédito: Foto de Engin Akyurt.
¿DE QUÉ HABLAN LOS LIBROS DE CIENCIA EN CHILE?
Hoy no es extraño encontrar en las librerías una sección dedicada a la “divulgación científica”, algo difícil de imaginar hace 15 años. Pero ¿qué libros encontramos?
- Según un informe publicado en 2023 por Paulo González y su equipo muestra que seis de cada diez libros se concentran en las ciencias naturales. La biología, la astronomía, la física, la flora, la fauna y el cambio climático ocupan un lugar central. El estudio también señala que la oferta se concentra en libros ilustrados dirigidos a niñas, niños y jóvenes, cuyo propósito es explicar conceptos científicos y despertar la curiosidad.
Sin embargo, el estudio de González y colaboradores muestra que, con frecuencia, estos libros presentan el conocimiento científico como una colección de datos y respuestas ya resueltas.
- Vale la pena, entonces, preguntarse: ¿Estamos comunicando sobre el proceso de hacer ciencia o solo estamos publicando y consumiendo libros sobre sus resultados? ¿Dónde quedan las preguntas, los errores y las controversias? ¿Dónde están las personas que construyen ese conocimiento?
Comunicar ciencia también implica mostrar que la ciencia cambia, que es un proceso continuo, que se construye colectivamente y que no está separada de la sociedad. El desafío actual ya no es solo publicar más libros de ciencia, sino también ampliar las disciplinas, las voces y las formas de contarla.
LAS EMOCIONES TAMBIÉN COMUNICAN CIENCIA
Un reciente artículo publicado en la revista Journal of Science Communication titulado “Navigating the waves of emotion in science communication”, cuestiona la idea de que las emociones sean necesariamente una amenaza para la objetividad científica, creencia que ha imperado en la sociedad moderna.
- El texto muestra que emociones como el miedo, el humor o la esperanza pueden influir tanto en quienes comunican ciencia como en quienes reciben los mensajes. Pueden despertar interés y motivar acciones. La propuesta central de Rainer Bromme y Dorothe Kienhueses no es ocultar las emociones, sino reconocerlas y reflexionar sobre sus efectos. Expresadas de forma coherente, pueden ayudar a construir una relación más honesta, cercana y cooperativa entre la ciencia y la sociedad.
Otro artículo publicado en esa misma revista muestra la importancia de emocionar a través de las historias. Cuando leemos o escuchamos un relato no somos completamente pasivos. Imaginamos, nos identificamos con personajes, anticipamos desenlaces y conectamos lo narrado con nuestras propias experiencias. Comunicar ciencia no es solo entregar información correcta y contar solo los finales de la historia. Las historias pueden facilitar la comprensión, la memoria y la empatía.
RECOMENDACIÓN: RECIENTES Y LOS PIONEROS DEL PALENA

Crédito: Aysen Films.
Asistí al estreno de Recientes, documental de Aysén Films dirigido por Rodrigo Polić, que cuenta con más de una década de difusión científica a cargo de la productora regional. La obra examina la colonización de Bajo Palena a mediados del siglo XX desde la arqueología, una disciplina que rara vez asociamos con un pasado tan próximo.
- Su primer mérito: recordar que la arqueología no se agota en lo antiguo, también interroga lo reciente. El proyecto proviene de la tesis de magíster del antropólogo Diego Galleani, que estudia la materialidad de las viviendas pioneras, qué se construyó, con qué y cómo, y el diálogo de esas casas con el río, el bosque y quienes las habitaron. Ese registro se suma al testimonio directo de los pioneros de la ribera del Palena como fuente primaria.
Los autores condensan el propósito en una fórmula: entender el pasado para vivir sabiamente el futuro. Un documental no cambiará el curso de una cuenca, pero cumple tres funciones concretas: educa sobre un proceso escasamente documentado, fija una memoria que hasta ahora circulaba solo de forma oral y propone una interpretación de nuestra historia en la que el método científico y el lenguaje audiovisual trabajan juntos.
El proyecto se realizó con equipos de Aysén e incluye una banda sonora propia. Ciencia regional, contada desde donde ocurrió.
Retransmisiones: miércoles 29 de julio, 5 y 12 de agosto, 21:00 hrs., Aysén–Magallanes (20:00 resto de Chile), por Santa María TV (Canal 49) y en radiosantamaria.cl.
Y esto es todo en esta edición de Universo Paralelo. Ya sabes, si tienes comentarios, recomendaciones, fotos, temas que aportar, puedes escribirme a universoparalelo@elmostrador.cl. Gracias por ser parte de este Universo Paralelo.
- Mis agradecimientos al equipo editorial que me apoya en este proyecto: Fabiola Arévalo, Francisco Crespo, Francisca Munita, Ignacio Retamal, Camilo Sánchez y Sofía Vargas, y a todo el equipo de El Mostrador.
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