Publicidad
Crítica de cine: “Mar”, la fatiga vital de los traumas afectivos El segundo largometraje de Dominga Sotomayor se proyecta exclusivamente en la sala UC

Crítica de cine: “Mar”, la fatiga vital de los traumas afectivos

Publicidad

Tras su paso por el último Ficvaldivia 2014 y la Berlinale del reciente mes de febrero, se estrena comercialmente en el país, el nuevo filme de la joven y exitosa directora nacional. Una obra en la cual -y pese a su corta edad (nació en 1985)-, la realizadora confirma que posee un estilo cinematográfico y una temática artística, privativas y reconocibles a su lente: una cámara que recrea íntimos y solitarios ambientes cotidianos, donde afloran la tensión y los reproches -ya sea al interior de una familia o de una pareja-, en espacios y lógicas emocionales, aparentemente quietas y sosegadas. Conformada por secuencias de una pictórica técnica fotográfica, y acertados roles protagónicos, la deficiente estructura narrativa de la trama, sin embargo, prohíben a este crédito de transformarse en algo más que un título de nivel aceptable.


“La podrida del ser / esta angustia de meramente existir / en un tiempo estancado que se va”.

Enrique Lihn, en Al bello aparecer de este lucero

mar1

Una idea que expresa los latidos del cine de Dominga Sotomayor Castillo (Santiago, 29 años), a mi humilde entender: el rodaje de bellas escenas en las que se demuestra cuán solo puede estar un ser humano, aún rodeado de otras personas, pese a que se encuentra unido a éstos, por lazos sanguíneos y emocionales.

Así, la ambición artística de la creadora chilena, no deja de estimularnos en el análisis: con una puesta en escena cada vez de mayores logros técnicos (Mar tiene cuadros de notable realización estética), y la consumación de tópicos audiovisuales -tan hondos y llamativos-, como la fuerza del viento y el movimiento del agua, dilatados en la cotidianidad de una playa o en el rincón acogedor, social y musical, de un camping de veraneo, junto a una piscina.

Ante la acusación de que se trata de una cinematografía en cuyo transcurso dramático no sucede nada, decimos que al contrario, aquí acontecen muchas y demasiadas cosas: miradas, gestos, diálogos y conversaciones, que traslucen un malestar oculto pero esencial; en una invitación por apreciar fílmicamente, situaciones narrativas que, requieren, empero, para su éxito –pienso yo- de respuestas y soluciones literarias que en esta película, carecen de una enunciación sólida y adecuada.

En un texto dedicado a otro filme chileno, Naomi Campbel, formulábamos un juicio parecido: el vislumbre de secuencias de alto estándar técnico, con desplazamientos de cámara virtuosos y perfectos, que subvaloraban, empero, un elemento audiovisual (el guión) tan importante como el de una buena “toma” fotográfica, y primordial al instante de dramatizar una cinta; por lo que, finalmente, resultaba esto: hermosos cuadros debidos al talento natural del realizador y del encargado o directora de arte pertinentes, aunque montados sin una estructura de relato “acabada” y por lo menos claramente coherente, en la oportunidad.

mar3

Porque en Mar (2014), y tal como se evidencia en la cinta de Camila José Donoso y de Nicolás Videla -a la que hacíamos referencia-, la gran complejidad argumental que se observa en ciertos pasajes del transcurso de la acción, parece más achacable al desparpajo y a la intuición de los roles actorales protagónicos, que a una estrategia artística consciente y maniobrada, por parte del realizador de turno. En este caso, se debe el logro: a los notables cometidos interpretativos, por instantes, de Lisandro Rodríguez y de Andrea Strenitz (quien encarna el papel de la “mamá”, de este último).

El segundo largometraje de ficción de Dominga Sotomayor, sin embargo, posee, como ya hemos afirmado, encuadres que fácilmente podrían confundirse con los lienzos de Edward Hopper, y hasta de su tío abuelo, el pintor y literato, Adolfo Couve Rioseco: Un plano general que exhibe a Martín (Lisandro Rodríguez) caminando por la playa, cabizbajo, y de fondo se extiende la arena casi vacía, un par de seres anónimos, y la garita del salvavidas: el sol es tímido, y corre el viento y el cielo se halla nublado.

Otra escena, al lado del océano: el protagonista, de 33 años, dialoga y conversa con un niño, acerca de que hipotéticamente su novia lo ha dejado, intentando confesarse con un menor, que no lo puede escuchar ni entender: estoy acompañado, tengo una pareja, pero me siento solo. Y el viento también habla, y la imagen lo “muestra” y provoca que el espectador, igualmente se sacuda con el delicado impacto. El aliento del agua, asimismo, revuelve el pelo y la barba del adulto joven, cuando éste brega y lucha por levantar el toldo que lo protegerá, junto a su novia, de los rayos estivales del astro diurno.

mar2

Estamos de noche, y la cámara de la cineasta, en un contrapicado, enfoca la bóveda nocturna y las nubes que se agolpan, bloqueando la luz de la luna, y amenazando, con el imperativo de una probable lluvia: el manejo y el control de los factores que componen el fotograma es nítido, perfecto, y queda guardado en la retina, y por detalles como ese, uno se explica los triunfos y los reconocimientos que ha obtenido Sotomayor en la órbita de los festivales internacionales: debe ser (uno y una) de las realizadores audiovisuales que en mayor grado domina, con una vocación espontánea, las destrezas necesarias que se requieren para “hacer” cine en Chile. Y eso, prescindiendo de un libreto obsesivamente urdido, que la acompañe en el afán creativo y en la aspiración estratégica.

Una descripción más, para cerrar la tesis: Primeras horas de un nuevo día, y Martín se sube al automóvil de su madre, agarra el volante de la máquina, y se dirige a un vertedero y descampado cercano: el lente lo sigue en un travelling casi existencial (la cámara se mueve, y las variantes psicológicas y emocionales del protagonista, también); y donde el contraste del foco con las luces del amanecer, produce un efecto casi onírico en los colores del encuadre. Conseguir aquello es difícil (se deben esperar el momento justo y las condiciones climáticas y ambientales adecuadas), y la breve, pero satisfactoria proeza de la directora (junto al gestor del departamento de fotografía, Nicolás Ibieta), nos trajo a la memoria admirativa, las destrezas del italiano Paolo Sorrentino, en los minutos finales de La gran belleza (2013).

Ahora, y pese a ese factor de improvisación dramática y argumental, llevada a cabo por Dominga Sotomayor y su equipo (donde figura como co-guionista la destacada intérprete nacional, Manuela Martelli Salamovich), es posible comprobar en el desarrollo de Mar, esos nudos temáticos que han hecho de su autora, un nombre conocido masivamente, pese a su juventud y a sus dos largometrajes de ficción, rodados hasta el momento: el de los fastidiosos traumas familiares, los que nunca permiten levantar el vuelo y la cabeza, mientras no se resuelvan completamente; la trampa de la placidez en que descansarían ciertas relaciones y vínculos afectivos, que ante el menor estímulo se resquebrajan y estarían a un segundo de estallar, de trizarse y de romperse para siempre, y sin compensaciones ni vueltas hacia atrás.

mar4

Esa lógica, se manifiesta acá, en el personaje de la “madre”, caracterizado por la rubia actriz Andrea Strenitz: su llegada al balneario rioplatense de Villa Gesell (costa atlántica de la Provincia de Buenos Aires, centro-este de la Argentina), y su conflictivo y contradictorio lazo emocional con Martín, desembocarán en esa incomodidad, en la comprobación de un amor-odio irrespirable, que sólo podrá lavarse huyendo de ahí, o bien mirando con ingenuidad, el agua eterna y estancada del mar

De esa manera, estancados y “podridos” en su disposición primordial hacia la existencia, los personajes de la realizadora chilena buscan en la lectura del horóscopo diario y a través de las minucias advertidas en las crónicas policiales de un medio impreso, el augurio y la ventana, que les señalen las coordenadas hacia la puerta de salida, de esa crisis vital y cotidiana, padecida en su larvada y torturada emocionalidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad