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Una película de Aldo Garay

Cultura - El Mostrador

Crítica de cine: “El hombre nuevo”, en busca del origen perdido

por 9 julio, 2016

Crítica de cine: “El hombre nuevo”, en busca del origen perdido
Este largometraje documental uruguayo (de cuya producción estuvo a cargo el actor Daniel Hendler, junto a los chilenos de Lupe Films), explora sobre las posibilidades audiovisuales, propias en este caso de registro, que ofrece la biografía de Stephania, un travesti que desea cambiar de sexo, antiguo militante sandinista, y ex miembro de la guerrilla nicaragüense. Como si se tratase de un diario de vida fílmico, la cámara del director sigue el recorrido emocional de la ahora “estacionadora” de autos -quien a veces se prostituye-, a través de su historia en dos países, el adoptivo rioplatense, y ese otro, centroamericano, donde nació.
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“¿Viste? Acaso en este momento esa mujer ande por los cielos, arriba de nuestras cabezas, de la ciudad”.
Juan Carlos Onetti, en Cuando entonces

Montevideo es el clon de una urbe detenida en el tiempo. El viento que sopla, el sol del verano, la irradiación del mar que se refleja en la cara de las personas, y encima de las casas. Y Stephania aparca los coches en una callecita, y su pelo largo, oxigenado, conversa, dialoga, con el aliento del océano. La quietud del lente de Aldo Garay, acompañado por la música de Daniel Yafalián (una composición bellísima), ayudan en la creación de esa atmósfera, de una forma de encuadrar esa fracción, única e irrepetible, de la realidad.

El hombre nuevo (2015), ya en su título, se debate entre dos escatologías: la marxista y la cristiana, un poco para advertir, el cambio radical por venir: la necesidad de ser engendrado, nuevamente, a través de una revolución en la “fisonomía” del cuerpo, de la memoria, de la identidad, del alma, del espíritu. El comienzo del documental es brillante cinematográficamente, y Stephania, sus días, su vida, ella misma en la sencillez material de su hogar, mientras se prepara un huevo frito, y habla a la cámara de su niñez, adolescencia, trabajo (“estacionadora de autos”), y que ocasionalmente se prostituye, son un ejemplo de la manera perfecta en que se debe situar a un personaje, en conexión e interacción con el espacio físico y cotidiano que le rodea. Y la música de Daniel Yafalián, aporta y espolea los sentidos, revela con su fuerza artística, el misterio de este ex guerrillero y combatiente sandinista, devenido en mujer solitaria, abrumada, desorientada, a decir verdad.

Roberto Bolaño habría pagado por escribir este relato. El de una búsqueda audiovisual que se diluye, sin embargo, cuando renuncia a centrarse exclusivamente en Stephania, para empezar a preguntarle a sus vecinos y luego parientes en Managua, la capital de Nicaragua, los significados de sus actos, reconstruir los pasos que la llevaron a abandonar una identidad, y después (re) construir otra, con la intención de ser él/ella misma.

Cuando el largometraje transcurre en la sintonía del “documental”, el asunto se dirime entre lo genial y lo excepcional, pero, al abandonar los fueros de ese género, e internarse por la dinámica de las entrevistas y las salidas a terreno a fin de buscar testigos, declarantes y testimonios de “Roberto”, el hombre que antecedió en el cambio de piel a Stephania, la intensidad, el plan audiovisual, entonces, dilapida naturalidad, fluidez, lenguaje y sello propios: finalmente, El hombre nuevo, se divide en esas dos partes, la uruguaya y la nicaragüense, y la primera es infinitamente superior, comparándola con la segunda. Bajo cualquier parámetro de análisis.

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En efecto, esa mitad inicial, habla de quién es hoy Stephania: y la simbiosis y la yuxtaposición de distintos planos y centímetros de acercamiento, la instalan como la única protagonista de ese largo documental, uno que flirtea con los códigos estéticos de la ficción: el personaje que recurre a una consulta médica para preguntar sobre un posible cambio de sexo, y que posteriormente se prostituye, queda la duda, si en la pesquisa del dinero fácil para subsistir, o en la tentación del placer, de la satisfacción del deseo que carcome el cuerpo ya cuarentón, o tal vez, ilusa, en la espera del encuentro amoroso.

Garay es un director reconocidamente talentoso, y en su “careo” de la cotidianidad de ese/esa nicaragüense extraviada, perdido/da en Montevideo (donde pasó la adolescencia con una familia adoptiva, luego de abandonar Managua, por los estragos de la Guerra Civil, de la década de 1980), un diagnóstico es rotundo e incontestable: la soledad de Stephania, sin parientes que la acojan, sin amigos, sin redes ni circuitos sociales, sin lazos que le enseñen un camino de estabilidad verídico, y pleno de expectativas y de horizontes de futuro.

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Tamaña historia y argumento, el de este largometraje documental, insisto: y el viaje y el regreso a Centroamérica, hacen que la dramaticidad del principio, contada en el dominio y las herramientas de una plasticidad y de una estética, cautivantes (una cámara dúctil, que parece estar en el rodaje de una inquietante ficción), se detengan, se paralicen, en aras de indagar informaciones, contrastar hechos y obtener cuñas e intercalar imágenes de archivos, que devuelven a Roberto, a un niño irreconocible, viril, amenazante y con un discurso político e ideológico sin volteretas, concesiones ni temores, puño izquierdo en alto.

Es cierto, se requieren con desesperación las señas de identidad, y el reencuentro con la familia, previo a esa operación que transformará a Stephania, “para siempre”. Aunque mejores opciones, habían, de mostrar eso y aquello: el camino de las entrevistas, pese a insistir en la presencia omnisciente del protagonista, genera inmovilidad cinematográfica, estancamiento audiovisual, y monotonía fílmica. Ese elenco espontáneo y desconocido, nunca funciona en idéntica altura y nivel interpretativo, que el único y exclusivo rol estelar. La cámara se detiene, intenta poco, se mueve nada, se desplaza nulo.

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Y el pasado revolucionario palidece al lado de ese travesti excéntrico, anacoreta rebelde, que transita por los frontis de las casas de fachada continua de Montevideo, a fin de ganarse el pan, quizás de tropezarse con alguien distinto a su sombra, a sus pérdidas, despojos, tristezas, catalizadas ahora, mediante el consuelo y la ayuda de la religión. Un contraste en el que Garay insiste como motivo: el fervor religioso, en reemplazo de la militancia política y radical.

Los minutos finales recuperan, no obstante, la brillantez, el aire y el abalorio estético de las secuencias inaugurales: la música intrigante de Daniel Yafalián, Stephania aparcando coches, y después, en la noche, coqueta, enfundada en una minifalda, a la espera, en el descanso y habitante de la posibilidad, que ofrecen las caricias, y mejor aún, si son bien pagadas, remuneradas. El hombre nuevo es un largometraje documental que tiene momentos geniales, su banda sonora y su personaje principal están sacados de un thriller de Welles y de Hitchcock, pero en su conjunto, la obra, la pieza, el título, navega por una indecisión de estrategia nunca resuelto a cabalidad: cómo relatamos la vida nicaragüense de Roberto/Stephania, sin caer en el barro cinético, plástico y dramático, de unas entrevistas realizadas a personas comunes y corrientes, frente a ese lapso de creatividad audiovisual sin límites, ni parangón, de los inicios decididos. Un lugar sin límites, respondería el gran José Donoso.

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