Publicidad
El poético discurso del arquitecto Smiljan Radić al recibir el Premio Pritzker CULTURA Créditos: Premio Pritzker

El poético discurso del arquitecto Smiljan Radić al recibir el Premio Pritzker

Publicidad

Esta semana en Ciudad de México se realizó la ceremonia oficial del Premio Pritzker, conocido como el “Nobel” de la arquitectura, Radic dio un emotivo discurso donde agradeció una serie de obras que lo inspiran a crear.


El chileno Smiljan Radić asistió esta semana a la ceremonia del Premio Pritzker, conocido como el Nobel de la Aquitectura. La ceremonia se llevó a cabo en el Castillo de Chapultepec en Ciudad de México, convirtiéndose en la primera ciudad en Latinoamérica en ser la sede de este galardón por segunda vez, la primera, en 1991 y de nuevo este 2026.

Entre el jurado estaba también el arquitecto chileno y ganador del Pritzker Alejandro Aravena, quien señaló a la revista mexicana AD: “Al final esos son bálsamos de energía y de sentido. Si nos ponemos de acuerdo y dialogamos en contextos de escasez”.

Desde Pritzker destacaron que Radić “rechaza un lenguaje arquitectónico repetible; en su lugar, cada proyecto se aborda como una indagación singular, fundamentada en principios básicos e informada por una historia no continua. El contexto, el uso y la conciencia antropológica tienen prioridad. El sitio se entiende no solo en términos físicos, sino también como una convergencia de historia, práctica social y circunstancia política”.

Entre sus trabajos más reconocidos en Chile se encuentran el Teatro Regional del Biobío, la renovación del Museo Chileno de Arte Precolombino de Santiago de Chile, el Centro Cívico de Concepción y el centro NAVE en Santiago de Chile.

Tras recibir el premio, Smiljan Radić dio un poético discurso que fue publicado por la revista AD: 

Quiero agradecer a la luz oscura que habita el salón del Palacio de la Asamblea en Chandigarh.

A su techo teñido por el humo de fogatas primitivas que Le Corbusier parecía buscar en sus dibujos.

Gracias al interior de la legendaria iglesia de San Salvatore, en Rialto, con sus cúpulas alineadas como si fueran una fábrica de enormes focos de luz.

Gracias al dibujo de una pequeña embarcación en la isla de Limuy, grabado con líneas delicadas sobre una tabla de madera en la iglesia de Detif y descubierto en 1997.

Gracias al eco de ese dibujo —una barca vista desde la popa— grafiteado sobre el marco de piedra del Ospedale, en Venecia, y también a su fachada, con sus leones en falsa perspectiva.

Y frente a ellos, gracias a la escultura ecuestre de Bartolomeo Colleoni, de Verrocchio, tantas veces dibujada, elevada hacia el cielo.

No muy lejos de ahí, el Cristo marchito de la Pietà de Bellini, suspendido en el crepúsculo de la iglesia de San Giovanni e Paolo.

Gracias por todo, Venecia.

Gracias a la suave pendiente de los adoquines en los lavaderos públicos construidos por Juan de Herrera en Ocaña, que visité en 1991 arrastrado por la obsesión de un amigo matemático.

Gracias a los pesados muros de piedra negra que cruzan las tierras volcánicas de Rapa Nui, saltando sobre los moáis caídos, arrastrados tierra adentro desde la costa rocosa por antiguos tsunamis.

Gracias a los ojos de los moáis, perdidos entre los pastizales removidos por manadas de caballos hambrientos.

Gracias a los montones de piedra que descienden por las laderas de la isla de Brač, en Croacia, desde donde mi abuelo partió rumbo a Chile en 1919.

A esas cicatrices sobre la roca, tensas como la piel de un burro.

A sus higueras retorcidas y olivos que sobreviven entre ruinas insignificantes.

Gracias a la extraña construcción levantada por el poeta Vladimir Nazor en honor a sus tres hermanas, en esa misma isla.

Gracias a su apariencia anómala y excéntrica frente al mar tibio, donde solíamos leer El marinero, de Pessoa.

Tiene una planta triangular y un estilo griego.

Gracias a los corrales rodeados de cactus para contener burros y cabras en el desierto chileno.

Gracias a las tumbas amarillas de madera fosilizada en el desierto de Atacama.

Esos pequeños refugios para los muertos —como cunas de bebé o catres golpeados de soldados en marcha— se acumulan en un cementerio cercano al lugar donde mi abuelo fue a trabajar después de huir de una Croacia hambrienta, al fin del mundo.

Gracias al aire fosilizado del desierto.

Gracias a los vidrios incrustados sobre las fachadas de ladrillo de la iglesia de San Pedro en Klippan, de Sigurd Lewerentz; gracias a esas aperturas infectadas por la penumbra que permanece en los interiores.

Gracias al Museo de la Catedral de Hedmark, en Hamar, con el diseño austero de Sverre Fehn.

A los tambores de columnas caídas del Templo de Poseidón en Cabo Sunión. A la escalera porticada de la Acrópolis de Lindos.

A la rampa del templo en la isla de Egina; a sus grandes escalones, donde pudimos comer un picnic y dormir un rato en 1995.

Y a las columnas dóricas del Templo de Atenea, casi asfixiadas por los gruesos muros medievales en la fachada lateral del Duomo de Siracusa.

A la vista del mar Egeo, durante el invierno nevado de 1991, desde los frágiles balcones de madera suspendidos en las alturas del monasterio de Simonopetra.

Y al ermitaño peruano que enfermó repentinamente en su cueva húmeda y a quien nunca pude visitar durante aquellos días en blanco y negro del Monte Athos.

Gracias a Seis noches en la Acrópolis, de George Seferis, leído en la sombría Creta donde trabajé en 1994.

Gracias a los monasterios de Meteora, en Tesalia, suspendidos sobre las huellas de antiguos glaciares.

Gracias a la hermosa resonancia del Acueducto Água de Prata alrededor del extraordinario conjunto habitacional de Álvaro Siza, en Évora, en 1991.

Gracias a la masa de ladrillo y piedra con forma de tortuga de la Rocca de Francesco di Giorgio, en Sassocorvaro.

A sus fortalezas dibujadas “a fil di ferro”; al ladrillo plegado y doblado sobre los muros y pisos de la Rocca di Mondavio.

Gracias a las nieblas que ascienden hacia los arcos “romanos” de la Basílica de Sant’Andrea, en Mantua, de Leon Battista Alberti, descritas por Aldo Rossi.

Gracias a la gracia y gravedad de los granitos del pórtico del Panteón.

Gracias al recuerdo de las grandes vasijas, redondas como peces globo, sumergidas en las aguas turbias de una alberca a ras de suelo en la entrada de la Casa Luis Barragán, en Ciudad de México, en 1998.

Gracias a la alegre y cruda austeridad del SESC Pompéia, de Lina Bo Bardi, en 2013; y al aire húmedo que recorría libremente los techos de la Facultad de Arquitectura de João Vilanova Artigas, en São Paulo.

Gracias al lento balanceo del Teatro del Mondo, de Aldo Rossi; a sus crujidos, anclados para siempre en la memoria de Punta della Dogana.

Al llanto y la tristeza escuchados en el Cementerio San Cataldo.

A la lectura de Autobiografía científica, de Rossi, el mejor tratado de arquitectura de nuestro tiempo.

Gracias a People Meet in Architecture, de Kazuyo Sejima, en la Bienal de Arquitectura de Venecia de 2010, tan importante para nuestra generación.

A su Terminal de Ferry de Naoshima, ligera como un espejismo.

Al interior del Museo de Arte de Teshima, de Ryue Nishizawa: un manto abandonado sobre las colinas, donde escuchamos por primera vez el grito lejano de un pelícano atravesando las dos “orejas” abiertas en el concreto blanco.

Gracias a los elegantes palomares de la isla de Tinos, en 1995, y a las palomas rellenas de pequeñas lentejas que comeríamos después en Padua.

Gracias a la lógica arcaica de la Tower of Numbers, de Peter Wilson, en Rotterdam.

Y un poco más allá, a los hermosos malos hábitos que aprendimos de la Kunsthal de Rem Koolhaas.

Gracias a la comida compartida con los nómadas en las afueras de Jaisalmer y a las sombras bajo las telas de yute a orillas del río Ganges.

A la alegría de las tiendas de campaña que llevábamos en India en 1996.

Gracias a los pobres circos chilenos, viajando ligeros, incansablemente, año tras año.

A la nostalgia del documental The Small Circus, de Joris Ivens, en el Valparaíso de 1963.

Gracias al pequeño circo tembloroso de Calder.

A los santuarios abandonados al borde de los caminos de Chile.

A la fuerza de las ideas en New Babylon, de Constant.

A sus espacios totales.

A los plásticos inflados de la contracultura de finales de los sesenta.

A sus experimentos baratos.

Gracias al libro Victims, del arquitecto John Hejduk, donde las desapariciones sugieren antiguas existencias y la tinta es la memoria de algo olvidado.

Gracias al aire horrorizado de nuestro tiempo.

Gracias a la delicada casa con suelo de tierra de Kazuo Shinohara, visitada en 2022.

Y a la Casa Tanikawa, con su sombra extendida sobre una suave pendiente.

Gracias al interior de la cueva de Oya, en Utsunomiya.

Al silencio del agua en la cisterna de Santa Sofía, en Constantinopla.

Gracias a la luz y la fe injertadas con fuerza en la mezquita de Córdoba, encajadas entre sus columnas.

A una noche fría en el convento de La Tourette, en 2018.

Gracias a una suave cama de madera suspendida sobre largos pilotes, separada de una naturaleza sospechosamente amable, en la reciente Indonesia.

Gracias a las bóvedas esbeltas de la Casa de los Bichos, de Miguel Eyquem, en Santiago de Chile. A esa arquitectura libre de grasa.

Gracias a la excéntrica casa de estilo egipcio en la playa de Tanumé, sobre la costa chilena cubierta de trigo.

A la profunda cripta de la Gran Pirámide de Guiza, en el Cairo de 1992, adornada con un cielo azul cobalto salpicado de estrellas amarillas.

Gracias a la pesada pierna casi desprendida del gigante San Cristóbal pintado por Mantegna en la Capilla Ovetari de Padua.

A las flores perdidas en 1991 en el Cretto di Burri.

Muy cerca del pequeño teatro sin vida de Francesco Venezia.

Muchas gracias a los papeles dejados en una pequeña caja de madera, con dibujos y mensajes de estudiantes de arquitectura, en la tumba del querido gigante Enric Miralles, en el Cementerio de Igualada.

Gracias al aire sólido que todavía está por venir.

Inscríbete en el Newsletter Cultívate de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para contarte lo más interesante del mundo de la cultura, ciencia y tecnología.

Publicidad