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IA generativa y derechos de autor: el uso no consentido del trabajo creativo CULTURA|OPINIÓN Crédito: Archivo

IA generativa y derechos de autor: el uso no consentido del trabajo creativo

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Es necesario avanzar hacia propuestas concretas, por ejemplo, la creación de licencias colectivas obligatorias que permitan a las empresas de IA utilizar obras protegidas a cambio de una compensación justa distribuida entre los titulares de derechos.


El Mostrador Fuente Preferida

En un artículo publicado el 27 de mayo en El Mostrador (“Derechos de autor, polémico artículo y la promesa de la IA”) he planteado algunas reflexiones que ameritan una continuación.

Las Inteligencias Artificiales (IA) Generativas requieren ser alimentadas con obras humanas para generar correlaciones de datos mediante complejos algoritmos de aprendizaje. Así, a partir de ese conocimiento estructurado es que pueden generar sus respuestas a nuestras consultas; no es por arte de magia, ni como resultado de un proceso de razonamiento comparable al nuestro. Esa capacidad no proviene de una existencia biológica, donde el aprendizaje resulta de un largo y continuo esfuerzo de conceptualización, asimilación del lenguaje, prueba y error. Es una forma muy diferente de conceptualizar, almacenar y utilizar el saber.

Esencial resulta reconocer que la acción de las IA generativas resulta de su alimentación con obras de alta calidad del intelecto humano a lo largo de milenios. Esta alimentación no ha sido -como regla general- consentida por los titulares de obras con derechos de autor vigentes. Se ha realizado de manera mayormente subrepticia, oculta, no transparente, sin siquiera otorgar los créditos correspondientes; menos aún pagando las compensaciones que corresponderían por los derechos de autor involucrados.

El caso Anthropic ilustra paradigmáticamente esta situación: en agosto de 2024, un grupo de autores —entre ellos Andrea Bartz, Charles Graeber y Kirk Wallace Johnson— presentó una demanda colectiva ante el Tribunal de Distrito del Norte de California, alegando que la empresa había descargado millones de libros desde sitios de descarga pirata como LibGen y PiLiMi, sin consentimiento y sin pago alguno, para entrenar a su modelo de inteligencia artificial Claude. En septiembre de 2025, Anthropic acordó pagar al menos 1.500 millones de dólares para resolver el litigio, lo que constituyó el primer acuerdo colectivo de este tipo en Estados Unidos y sentó un hito en la protección de los derechos de autor frente al avance de la IA generativa.

De otra parte, es preciso reconocer ciertos hechos básicos. Las IA no son dioses infalibles, entidades sobrenaturalmente omniscientes, oráculos certeros; son máquinas, sistemas computacionales propiedad de grandes empresas —en algunos casos con facturación superior a la de muchos países— que disponen de recursos financieros y legales enormes, frente a los cuales los recursos de los autores son -en la práctica- insignificantes, impotentes. Compañías cuyo objetivo es llevar a cabo enormes negocios, no beneficiar a la humanidad toda ni a los creadores, sino a sus accionistas.

Los creadores humanos debemos actuar a través de amplias agrupaciones para reunir fuerza para hacer frente a esos poderes omnímodos. Las gigantes tecnológicas avanzan con gran celeridad, sin dejar tiempo a los gobiernos y las entidades defensoras de los derechos de autor para estudiar las regulaciones y leyes necesarias para manejar el mercado.

Las IA generativas han sido nutridas con el trabajo creativo de millones de creadores a lo largo de milenios: escritores, cineastas, filósofos, artistas, periodistas, científicos, músicos, pensadores, profesores. Se han alimentado de estos conocimientos de altísima calidad sin permiso, sin reconocimiento y sin las debidas compensaciones a los titulares de derechos. Teniendo en cuenta que la fuente de esta sabiduría es colectiva, también debieran serlo los beneficios de las grandes gigantes tecnológicas de las IA, aquellas que dominan el mercado mundial. Hay quienes se están enriqueciendo con este despojo en descampado.

Recientemente, hemos enfrentado esta situación a través de la proposición del artículo 8 en la ley miscelánea de reconstrucción nacional propuesta por el gobierno, que fue rechazada por una mayoría transversal en la Cámara de Diputados, gracias a la movilización y presión de los representantes de los diversos grupos de interés de entidades defensoras de los derechos autorales.

En esta propuesta legal se establecía una escandalosa y permisiva excepción a los derechos de autor que beneficiaba a las gigantes tecnológicas, autorizándolas a utilizar las creaciones autorales sin pedir permiso, sin reconocer el origen y menos aún pagar los correspondientes derechos. Por cierto, que esta propuesta es la lógica resultante de un lobby de las gigantes tecnológicas para obtener una suerte de patente de corso para utilizar impunemente las obras de los autores para alimentar sus productos tecnológicos, destruyendo sus derechos.

Sin embargo, es posible que este artículo 8, a todas luces nefasto para el respeto a la propiedad intelectual y la creatividad humana, pudiera ser repuesto por el gobierno en la discusión del Senado, o en algún otro proyecto de ley más adelante. Es posible imaginar en acción para resucitar el mencionado artículo -o algo similar- a los lobbistas de estas poderosas compañías transnacionales.

Frente a este panorama, la defensa de los derechos de autor no puede remitirse solo a la resistencia. Es necesario avanzar hacia propuestas concretas, por ejemplo, la creación de licencias colectivas obligatorias que permitan a las empresas de IA utilizar obras protegidas a cambio de una compensación justa distribuida entre los titulares de derechos; o la exigencia de transparencia sobre qué obras se han utilizado para entrenar cada modelo. Chile tiene la oportunidad de aplicar una legislación equilibrada que proteja la creatividad humana y que aliente la innovación. El rechazo del artículo 8 fue una victoria, pero el debate legislativo debe continuar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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