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Chile y Argentina, dos modelos políticos en contra del coronavirus

por 24 abril, 2020

Chile y Argentina, dos modelos políticos en contra del coronavirus
El discurso político del presidente argentino Alberto Fernández frente al coronavirus, ha privilegiado con gran fuerza la idea de un ciudadano protagónico, y un Gobierno dialogante, que canaliza y coordina, no que dictamina y controla. Por lo mismo, el rol fundamental de la gobernanza ha sido explicar, persuadir, construir acuerdos. En Chile, en cambio, la forma en que se gestiona la estrategia de salud revela un pacto social quebrado, reemplazado por un autoritarismo verticalista, que no reconoce a la ciudadanía como un igual soberano, ni siquiera como un interlocutor. Lamentablemente, en Chile la pandemia no ha servido para reconstituir el pacto social quebrado, sino solo para revelar de manera más clara algunas de sus grietas y las tensiones que las producen.
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Después de un mes de cuarentena en todo el país, el presidente Alberto Fernández de Argentina (elegido en octubre del año pasado con el 48% de los votos), tiene entre el 70% y el 90% de respaldo, según las distintas encuestas. La cuarentena, y el manejo de Fernández en general de la crisis de salud, han rendido frutos políticos y en Argentina prima la sensación de que el país lo ha hecho mejor que el resto de Latinoamérica.

Por cierto, no se trata solo de las medidas implementadas, sino del discurso político en el cual se insertan. Y el discurso de Fernández frente al coronavirus ha sido extremadamente consistente y ha logrado sintonizar con lo que la sociedad argentina espera de su Gobierno. Un ejemplo paradigmático lo constituye la conferencia de prensa del 10 de abril, en la que anunció la extensión de la cuarentena por otras dos semanas 

Fernández habló por casi una hora, sin libreto, sin una batería de medidas específicas que anunciar, muchas veces olvidando cifras o datos o, abiertamente, improvisando. Desde una perspectiva “chilena” resulta inconcebible una puesta en escena de ese tipo y, sin duda, sería objeto de duras críticas. Pero en Argentina parece imperar un tipo de vínculo distinto entre la ciudadanía y la política y el recién electo Presidente lo aprovecha bien.

Fernández partió pidiendo disculpas por su atraso; sin impostación, parecía realmente incómodo de no haber podido cumplir con el horario fijado. Desde ese momento se marcó una relación de enorme horizontalidad con la audiencia (los periodistas) y por su intermedio, por supuesto, con los televidentes. El tono de toda su larga presentación fue ese: de gran humildad, tendiente a convencer más que imponer, preocupado del vínculo emocional más que de los anuncios concretos. Sin frases grandilocuentes, ni un esfuerzo por destacar los logros del Gobierno, atribuirse éxitos o proponer medidas, el discurso contrastaba fuertemente con lo que estamos acostumbrados a escuchar en Chile.

Fernández mostró unos gráficos chambones y los explicó coloquialmente, sin ninguna rigurosidad. En uno figuraba la evolución del número de muertos comparando Chile, Argentina y Brasil. Pero las cifras se presentaban en números absolutos, no en proporción a la población del país. Brasil, por supuesto, con 210 millones de habitantes, se disparaba, la curva parecía querer salirse del gráfico. Las tendencias de Argentina y Chile, empequeñecidas más abajo, mostraban una leve diferencia a favor de Chile. Fernández despachó esta incómoda evidencia con un didáctico “pero, bueno, Chile tiene un tercio de la población de Argentina, ¿de acuerdo?” (en realidad, está más cerca de la mitad). No se molestó en insistir que Brasil tenía cinco veces más y qué significaba esto para la interpretación del gráfico.

A nadie en la Casa Rosada se le ocurrió graficar un indicador proporcional a la población del país, por ejemplo, la tasa de muertos por millón de habitantes. Si lo hubieran hecho, se habría visto que, en efecto, la evolución de Argentina es mejor que la de Chile (2 contra 3, en esa fecha). Se hubiera apreciado también que la de Brasil era mayor (5), pero en ningún caso en la magnitud que dejaba sugerir el gráfico.

Nada de esto importaba mucho en todo caso, ningún periodista siquiera lo preguntó al final de la entrevista, así como tampoco exigieron demasiadas precisiones sobre medidas específicas, fechas, requerimientos de las restricciones y otros puntos sobre los que Fernández fue extremadamente ambiguo, por no decir abiertamente confuso.

Lo que importaba era el mensaje y el discurso político en el que se insertaba, y este era muy claro: la cuarentena tenía sentido, estaba rindiendo frutos y esto no era gracias al Gobierno, sino al esfuerzo conjunto de todos los argentinos.

El discurso político de Fernández frente al coronavirus ha privilegiado con gran fuerza la idea de un ciudadano protagónico y un Gobierno dialogante, que canaliza y coordina, no que dictamina y controla. Por lo mismo, el rol fundamental de la gobernanza ha sido explicar, persuadir, construir acuerdos. La ciudadanía no es vista como una masa que hay que contener, disciplinar, sino como un aliado con el cual construir en conjunto. De esta forma, el ejercicio del poder político –en el discurso de Fernández–, tiene que ver con definir el tipo de pacto de social que cada momento requiere, no en diseñar un conjunto de medidas técnicas más o menos eficientes. En un momento dijo textualmente: “Quiero que cada paso que demos de aquí en adelante, sea un acuerdo social, que todos estemos de acuerdo en asumir la cuota de responsabilidad que tenemos, de hacer lo que la autoridad sanitaria recomienda”.

Este discurso contrasta fuertemente con el de Chile, donde prima un modelo económico y político completamente distinto. En nuestro caso, el discurso ha tendido a ser sobre todo vertical, impositivo, hermético, exigente. En lo técnico se pueden haber conseguido logros (yo soy de la opinión de que esto es indudable), pero estos logros no se reconocen como fruto de un pacto o acuerdo con la ciudadanía sino como producto exclusivamente de la capacidad de previsión y gestión del Gobierno.

El diseño y la comunicación de las estrategias de contención del virus han sido consistentes con este discurso. Las decisiones no se acuerdan ni construyen en conjunto, ni siquiera se explican en verdad, simplemente se anuncian, se imponen y, luego, se vigilan. No hay un intento de persuadir, menos de consultar y convocar a los distintos representantes sociales para definir o matizar medidas. Por uno u otro motivo, muchos de los fundamentos de las decisiones se ocultan, o retienen, las críticas se descalifican.

La única explicación que permite comprender este tipo de gestión política tiene que ver con el modelo hacendal, el tradicional prototipo del patrón de fundo, que, lamentablemente, tan bien refleja el accionar de la derecha en el poder. El Gobierno no ve a la ciudadanía como un actor digno de reconocimiento, o un aliado, sino como una masa que es necesario disciplinar, potencialmente peligrosa.

Como es lógico esta actitud ha generado una enorme resistencia pública, agravada por la natural alarma que genera una pandemia. En este escenario de confrontación, el populismo es inevitable, y muchas figuras no han dudado en calzarse el traje de superhéroes morales. La discusión pública en torno a la crisis ha tendido a tomar la forma de la disputa moral entre buenos y malos, por no decir entre santos y demonios. En vez de servir para recrear algún tipo de espacio social, la pandemia ha servido para revelar una sociedad profundamente dividida.

La guinda de la torta ha sido la notificación por la prensa, a todos los funcionarios públicos, de que deberán empezar a volver al trabajo presencial. Ninguna instancia de conversación previa, ningún intento de diálogo, ninguna coordinación. La Mesa Social, que se constituyó para gestionar la crisis de forma un poco más participativa, ni siquiera había sido informada, con lo que se confirman las peores sospechas de que fue creada simplemente para dar una apariencia de diálogo democrático.

La única explicación que permite comprender este tipo de gestión política tiene que ver con el modelo hacendal, el tradicional prototipo del patrón de fundo, que, lamentablemente, tan bien refleja el accionar de la derecha en el poder. El Gobierno no ve a la ciudadanía como un actor digno de reconocimiento, o un aliado, sino como una masa que es necesario disciplinar, potencialmente peligrosa.

Esto es muy claro en el trato con los empleados públicos: no se lo concibe como un actor social con el cual se puede dialogar, definir una estrategia conjunta, sino como una figura subordinada, que simplemente debe obedecer. Tanto con los funcionarios como con la sociedad en general, se establece una relación vertical, basada en la exigencia, la sospecha, el castigo.

No pretendo defender con esto la estrategia de salud que ha seguido Argentina (de hecho, soy bastante crítico al respecto), pero el discurso político en el que se ha inscrito habla de una sociedad más madura, donde la ciudadanía y los distintos actores sociales son reconocidos como parte de un pacto social que está constantemente revisándose, articulándose.

En Chile, en cambio, la forma en que se gestiona la estrategia de salud revela un pacto social quebrado, reemplazado por un autoritarismo verticalista, que no reconoce a la ciudadanía como un igual soberano, ni siquiera como un interlocutor. Algunas decisiones técnicas pueden ser acertadas, otras erradas, pero el discurso político en el que se inscriben termina por debilitar la estrategia en su conjunto.

Lamentablemente, en Chile la pandemia no ha servido para reconstituir el pacto social quebrado, sino solo para revelar de manera más clara algunas de sus grietas y las tensiones que las producen.

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