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PAÍS

La necesidad tiene cara de hereje o el giro en 180 grados de Piñera: de los cómplices pasivos al relativismo pinochetista

por 28 diciembre, 2018

El diseño definido en las oficinas de Apoquindo 3000, previo al regreso a La Moneda en marzo, buscaba resaltar el discurso de la unidad nacional y el consenso, apoyado en la figura del ex Presidente Patricio Aylwin y en el que –aseguraban– no cabían apreciaciones de la extrema derecha, encarnadas en José Antonio Kast. Pero la contextualización de los hechos ocurridos en dictadura y la relativización de lo que la figura de Augusto Pinochet proyecta, echaron por la borda dichas intenciones y, con ello, esa imagen que Piñera ha defendido tanto por años: la de hombre de centro que no dudó en votar por el NO en el plebiscito de 1988.
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Lejano en extremo parece ese 2013, cuando el entonces Presidente Sebastián Piñera –en el marco de los cuarenta años del golpe miltar– sacó al pizarrón a los “cómplices pasivos”, todos aquellos civiles de su propio sector que hicieron la vista gorda ante las violaciones de los Derechos Dumanos ocurridas en dictadura y de las que estaban al tanto. Una jugada que le valió la crítica de buena parte de la derecha que aún no le perdona sus palabras, las que trajeron aparejada la decisión del cierre del Penal Cordillera y, luego, el suicidio el ex director de la CNI, Odlanier Mena, quien en una carta de despedida lo culpó directamente.

El diseño definido en las oficinas de Apoquindo 3000, previo al regreso a La Moneda en marzo, buscaba resaltar el discurso de la unidad nacional y el consenso, apoyado en la figura del ex Presidente Patricio Aylwin, y en el que –aseguraban– no cabían apreciaciones de la extrema derecha, encarnadas en José Antonio Kast. Pero la contextualización de los hechos ocurridos en dictadura y la relativización de lo que la figura de Augusto Pinochet proyecta, echaron por la borda dichas intenciones y, con ello, esa imagen que Piñera ha defendido tanto por años: la de hombre de centro que no dudó en votar por el NO en el plebiscito de 1988.

Las declaraciones de Piñera en el matinal de Canal 13 el miércoles 26, dieron cuenta –una vez más– de la ambivalencia actual de su discurso en esta materia, que lo lleva a intentar quedar bien con dios y con el diablo en un debate que no aguanta la indefinición. Si bien en un momento –de los 100 minutos que estuvo en pantalla– el Presidente replicó la línea marcada desde Evópoli, de rechazar cualquier exaltación de la figura de Augusto Pinochet, al decir que Chile Vamos tiene límites y que estos son la defensa de la democracia y el rechazo a la violación de los Derechos Humanos, tampoco dudó en afirmar que “haber apoyado al gobierno militar no es pecado ni es delito”.

Pero esta línea discursiva del Mandatario no es de hace solo unas semanas y da claras cuentas de que la necesidad tiene cara de hereje.

En su primer Gobierno, a Piñera se le acusó de mirar con demasiada nostalgia a la Concertación, a diferencia de los últimos meses de la actual administración, donde la "derecha sin complejos" fue la bajada comunicacional en Chile Vamos.

Hoy, en esta segunda administración, la relativización y la contextualización en materia de DD.HH comenzó con la salida, en agosto, de Mauricio Rojas desde el Ministerio de las Culturas, cuando el Presidente llamó a analizar por qué se debilitó la democracia previa al golpe, para finalizar con “tampoco compartimos la intención de ciertos sectores que pretenden imponer una verdad única y que no tienen ninguna tolerancia ni respeto por la libertad de expresión”.

El miércoles en el matinal de Canal 13 Piñera fue confrontado, se le puso entre la espada y la pared, que explicara de qué lado estaba, si de esa derecha de su ex ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, esa de tintes liberales que condena sin contexto alguno las violaciones a los DD.HH o la de los sectores más duros de Chile Vamos, que relativiza a la dictadura e incluso da cabida a quienes defienden hoy el pinochetismo. El Mandatario se inclinó por la segunda, una respuesta que confirmó que su intención original de sentar las bases de una derecha menos conservadora, más liberal, desprendida de la herencia de la dictadura, fracasó antes de concluir su primer año en La Moneda.

La conmemoración de los 45 años del golpe de Estado tampoco fue la excepción y aquel día quedó registrada la frase “la democracia no terminó de muerte súbita”. Finalmente, en el discurso de la conmemoración del triunfo del NO, evitó pronunciar la palabra dictadura y, haciendo caso a las presiones de la UDI, no sacó a relucir “su medallita de oro”, vale decir, el recuerdo de su voto en oposición a la continuidad del dictador.

El miércoles en el matinal de Canal 13 Piñera fue confrontado, se le puso entre la espada y la pared, que explicara de qué lado estaba, si de esa derecha de su ex ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, esa de tintes liberales que condena sin contexto alguno las violaciones a los DD.HH o la de los sectores más duros de Chile Vamos, que relativiza a la dictadura e incluso da cabida a quienes defienden hoy el pinochetismo. El Mandatario se inclinó por la segunda, una respuesta que confirmó que su intención original de sentar las bases de una derecha menos conservadora, más liberal, desprendida de la herencia de la dictadura, fracasó antes de concluir su primer año en La Moneda.

Para el director del Centro de Análisis Político de la Universidad de Talca, Mauricio Morales, Piñera falló al no condenar por segunda vez y de manera mucho más elocuente los aires pinochetistas, porque eso implica defender un régimen no democrático. “Esto no es una cuestión solo de la discusión en torno a la libertad de expresión, acá hay una valoración del tipo de régimen político (…). Si Piñera cierra con una derecha dudosa respecto de si la democracia es el mejor régimen para Chile, el plan habrá fracasado, dando paso a una polarización interna, guerra civil y escisión”, sentenció.

Por el contrario, el doctor en Ciencias Políticas Cristóbal Bellolio estimó que Piñera no podía hacer otra cosa, tomando en cuenta que –dijo– conduce una coalición llena de pinochetistas: "Yo creo que el mensaje que da es, básicamente, aquellos que crean que un gobierno como el de Pinochet debiese ser una especie de hoja de ruta tal como lo está proponiendo JAK, esas personas no tienen cabida en la coalición; ahora, si crees que fue un buen gobierno, por una evaluación histórica o trabajaste en él, en ese sentido, no es pecado”.

En tanto, el director de la Escuela de Publicidad de la Universidad Diego Portales, Cristián Leporati, recalcó que “los términos valóricos y morales son súper relevantes, porque finalmente un líder político como un Presiente de la República, de alguna forma tiene que tener un nivel discursivo y retórico que nunca se aleje de lo correcto, porque cuando uno relativiza los términos morales o valóricos de la sociedad, finalmente lo que está haciendo en el fondo es empezar a dejar espacio para que otros elementos empiecen a levantarse y da posibilidad de que algunos extremos surjan”.

Nuevamente el círculo de hierro

La performance de Piñera no tuvo necesariamente una buena acogida en su sector, hubo voces disidentes que le reprocharon que se haya expuesto así en un tema que, además de no estar zanjado ni cuajado en la coalición, solo lo perjudica al ponerse al frente del debate.

Desde Evópoli, un diputado explicó que la salida a escena de Piñera en este tema se debió “nuevamente a la incapacidad de su círculo de hierro” para cerrar dicho flanco, aludiendo al titular del Interior, Andrés Chadwick, y la vocera Cecilia Pérez. Fue la mnistra de la Segegob la que instaló el cuestionado término de la virtud de la diversidad en la que cabría el pinochetismo, desde el patio de La Moneda como telón de fondo, lo que el Jefe de Estado trató, sin lograrlo, de morigerar.

Aunque en La Moneda lo niegan, lo cierto es que la presencia permanente en el mapa de la figura de José Antonio Kast, el intento de la UDI de apegarse al electo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, y el aplaudido discurso en el Consejo General de RN ante la reivindicación de la figura de Pinochet, sin dudas que han obligado al Gobierno a tener que considerar a una extrema derecha a la hora de la toma de decisiones. Aunque les costó, desde el propio oficialismo reconocieron que “la negativa a firmar el pacto de migraciones de la ONU es una de las más claras señales” de cómo el Gobierno no puede hacer vista gorda a la fuerza de una derecha más extrema. Una que, si bien tiene poca representatividad, reconocen en dicho sector que los tira con fuerza.

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