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La izquierda y la derecha unidas… no llegan al 50%

por 26 julio, 2012

En este debate político los partidos parecen estancados y cada nueva encuesta los lanza en discusiones más rabiosas. Están tan ocupados en ella que a pocos –en verdad a nadie que yo sepa–, se le ha ocurrido alimentar la discusión con datos más amplios, que vayan más allá de las meras predicciones presidenciales. Si lo hicieran verían que el punto en cuestión es menos relevante de lo que se piensa, o quizás relevante en una forma distinta. Según la encuesta CEP por ejemplo –la más reputada del país–, casi un 50% de la población no se identifica ni con la izquierda ni con la derecha y tampoco – esto es lo interesante– con el centro.
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Como todos los partidos políticos están mal evaluados, y las proyecciones electorales se ven cada vez más estrechas, es natural que comiencen las desesperadas movidas de los partidos para arrebatarle al rival esa pequeña parte del electorado que hará la diferencia. Esto es particularmente claro en la Concertación, donde se observa sin duda con desconcierto cómo el proyecto político que han encabezado con relativo éxito en los últimos 20 años —y que sin duda tiene vocación de mayoría en un país todavía pobre y altamente desigual—, comienza a escapárseles de las manos sin que logren entender muy bien por qué. De hecho, aunque parezca increíble, si no fuera por la figura de Bachelet, la centroizquierda no tendría prácticamente ninguna posibilidad de regresar al poder.

En este trance complejo, la primera, sino la única idea que ocupa la mente de los políticos es desplazarse en alguna dirección en el clásico eje izquierda-derecha, para capturar más votos. No voy a calificar la capacidad mental de nuestros políticos, pero, cualesquiera que esta sea, es evidente que esta idea la copa casi por completo. El problema es en qué dirección desplazarse, y este dilema sí que suscita una reflexión más ardua. Osvaldo Andrade, por ejemplo, así como Girardi y muchos otros, están seguros de que el movimiento tiene que ser hacia la izquierda. Las demandas de los movimientos sociales —en particular el estudiantil—, los abusos de las empresas y, sobre todo, la desigualdad indócil y agudizada, parecen prestar fundamento incontrarrestable a esta opción.

Pero Ignacio Walker, con la aversión característica de los democratacristianos hacia la izquierda más radical, piensa precisamente lo contrario, es decir que el desplazamiento debe ser más bien hacia el electorado de centro. Hay que reconocer que tiene argumentos de peso para ello. Si el movimiento requerido fuera hacia la izquierda, plantea Walker, ¿entonces por qué el Partido Comunista bordea siempre apenas el 5%? Y, sobre todo ¿por qué ganó Piñera? Más aún, en la dura disputa contra Golborne o Allamand el 2014, parece evidente que la elección se definirá en los votos de centro, no de la izquierda.

El supuesto discurso de izquierda se vincula con cuestiones que son en realidad de sentido común, y no deberían pertenecer a ningún ideario político específico. Toda la lucha contra los abusos de las empresas, por ejemplo, los escándalos de colusión, los privilegios bancarios o los monopolios, no se asocian en verdad con un ideario estrictamente de izquierda. Por el contrario, la idea de que los mercados funcionen bien, que se fomente la libre competencia, y se transparente la información deberían ser incluso ideas de la derecha.

En este debate político los partidos parecen estancados y cada nueva encuesta los lanza en discusiones más rabiosas. Están tan ocupados en ella que a pocos –en verdad a nadie que yo sepa–, se le ha ocurrido alimentar la discusión con datos más amplios, que vayan más allá de las meras predicciones presidenciales. Si lo hicieran verían que el punto en cuestión es menos relevante de lo que se piensa, o quizás relevante en una forma distinta. Según la encuesta CEP por ejemplo –la más reputada del país–, casi un 50% de la población no se identifica ni con la izquierda ni con la derecha y tampoco –esto es lo interesante– con el centro.

Esto es muy distinto a no identificarse con ningún partido político en particular, equivale más bien a decir, yo no soy de la zona norte de Chile, tampoco de la zona sur, y tampoco de la zona central. La mitad del electorado simplemente no se identifica con esta “geografía política”. Para este 50% de los ciudadanos, simplemente no tiene importancia si la Concertación se mueve más a la izquierda o más al centro, es decir, la discusión misma que desvela a nuestra elite política les resulta indiferente, inefectiva.

La pérdida gradual de importancia del clásico eje político izquierda-derecha comenzó en Chile al principio de la década de los ’90, cuando el porcentaje de gente que no se identificaba con ninguno, aumentó de alrededor de un 15% a más de un 30%. La pérdida más sustantiva ha sido del polo de la izquierda, que en dos décadas ha bajado su nivel de identificación de un 40% a un 20%. Esta merma no es para nada sorprendente, se inscribe de hecho en una crisis de identidad de la izquierda a nivel mundial, que se relaciona con una incapacidad de rearticular un discurso convincente después del término de la Guerra Fría y el aparente “triunfo” del capitalismo.

En efecto, actualmente ¿qué significa ser de izquierda en Chile? Resulta curioso, pero esta pregunta parece interesar mucho menos a los políticos que el famoso giro hacia la izquierda o hacia el centro. Discuten, hacen pactos y amenazan divisiones, pero nadie sabe muy bien qué es aquello por lo que están  discutiendo. Muchas veces el pretendido giro a la izquierda se relaciona simplemente con el uso de cierta terminología o eslóganes elocuentes, que reviven cierta nostalgia del pasado, pero que tienen escaso valor ideológico en la actualidad, argumentos del tipo “los patrones necesitan a los trabajadores, pero los trabajadores no necesitan a los patrones” (cosa que –para bien o para mal–, es falsa).

En otros casos el supuesto discurso de izquierda se vincula con cuestiones que son en realidad de sentido común, y no deberían pertenecer a ningún ideario político específico. Toda la lucha contra los abusos de las empresas, por ejemplo, los escándalos de colusión, los privilegios bancarios o los monopolios, no se asocian en verdad con un ideario estrictamente de izquierda. Por el contrario, la idea de que los mercados funcionen bien, que se fomente la libre competencia, y se transparente la información deberían ser incluso ideas de la derecha. En Chile a veces cuesta verlo, a causa de la obscena vinculación entre los partidos de derecha y los grandes empresarios, lo que lleva a veces a recubrir con un supuesto tinte ideológico liberal acciones que en el fondo no son más que el privilegio descarado de ciertos grupos de poder económico. Pero esto es falso, e incluso puede ser contraproducente que la izquierda tome como banderas ideológicas cuestiones básicas de la economía de mercado que todos los sectores políticos debieran defender.

En términos más generales, la misma lucha contra “el mercado” o lo que se denomina a veces —de manera casi mística—, “el sistema”, resulta bastante poco fundamentada, casi simbólica. Al menos no es de extrañar que no convenza a los electores, cuando la enorme mayoría de ellos participa de éste y su mayor esperanza de prosperar es precisamente que el mercado se lo permita. ¿Qué significa entonces estar en contra del sistema? ¿Cambiarlo por completo? ¿Hacer que funcione mejor? ¿Regularlo? ¿Con qué objetivo? ¿Qué va ganar la gente con eso, en términos concretos? El ideario de izquierda tiene en verdad respuestas muy vagas para este tipo de preguntas, o bien exclusivamente contingentes, pero que no llegan a configurar un discurso político consistente.

En este escenario, los elementos propiamente ideológicos de la izquierda (y por contraste también los de la derecha) se han diluido casi por completo, se relacionan ahora  con una especie de moralismo vago, muchas veces de carácter filocristiano, que apela a un sistema más generoso o más solidario, pero sin una visión histórica clara, ni menos un curso o viabilidad política. En sus puntos más altos, como en el ya célebre discurso del Presidente Mujica ante la ONU, apelan a un cambio más bien psicológico, una especie de nuevo humanismo, por no decir de nuevo ser humano, pero en la mayor parte de los casos no llega ni siquiera a eso, se queda en la mera consigna, en la frase efectista en contra de los empresarios, o de los “ricos”, pero que no tiene en verdad ningún potencial propiamente político.

Para construir un discurso político que nuevamente fuera válido, sería mas conveniente que la izquierda aceptara sin reparos la acción del mercado en aquellas esferas que resulta apropiado, y se reorientara a definir qué significa ser de izquierda ahora, cómo se concibe el rol del Estado y de lo público, y cómo se articula un proyecto consensuado de país en una sociedad diversa, plural y globalizada. Se trata sin duda de una reflexión compleja, pero a la larga más efectiva, incluso en términos electorales, que la eterna —e insulsa— disputa por ser “más” o “menos” de izquierda, como si se tratara de una competencia.

Probablemente una reflexión de este tipo no redundará en una geografía política completamente nueva, pero al menos se conectará un poco mejor con la ciudadanía, y le dará a los políticos más elementos para decidir en qué sentido orientar sus esfuerzos.

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